gonzaleja
Poeta asiduo al portal
Déjame que te diga lo que siento,
lo que dicta mi pecho a cada instante,
y mecida te llegue con el viento
mi intención, moderadamente andante,
y a la vez, alevosa y con descaro,
con la voz amorosa del amante
que por cruel, desmedido y por avaro,
toda entera te quiere y te ambiciona.
Mi tormento, te digo sin reparo,
lo que diera por ti de mi persona,
aunque nada quedara de mí mismo,
esta ausencia que amándote se encona,
me conduce, mujer, al egoísmo
y me altera la frente, pecho y pulso,
como un peso que tira hacia el abismo
indomable, lacónico y convulso,
que desborda mi amor y que me excede,
y mermando la fuerza y el impulso
ya nada en mí acontece ni sucede
sino aquello que tú me das por bueno:
¡aquello que tu trato me concede!,
y por tuyo defino como pleno,
que por verte tatuada en mi costado,
aun con mi propia sangre, iré sereno,
que tanto es el gozarte enamorado
que te diera mi vida y te la diera
sabiéndome rendido y destronado,
sabiendo que aunque nada ya valiera
al diablo por tenerte la entregara:
¡no valdría mujer lo que viviera,
ni sirviera en verdad lo que pensara!,
detenido tan sólo en mis dolores,
penando por amor lo que penara.
Si no me corresponden tus amores,
¿cómo tendré mi vida entretenida,
mis ojos, desbordados surtidores,
dónde se detendrían ya sin vida,
dramáticos clamando ante la fuente
de un último propósito suicida?
Sumido en mi dolor, convaleciente,
me endulza por momentos la tristeza
sabiendo que luchar contracorriente,
el amor por delante y la grandeza
de mi pecho abundante y de su flujo,
que incrementa si asoma la flaqueza
y me embriago, nostálgico a tu influjo.
Mi débil corazón, sucumbe al vino:
a tu voz que atesoro y su reflujo,
corazón que a tu lado compagino
con tu risa que guardo y su frescura,
cuando en el día sueño y lo culmino
con la esperanza mía y tu ternura,
venida de antiquísimo remoto
envuelta en el cordón de tu cintura
como un desenfrenado maremoto
que arrancando mis ojos y mis venas,
devoto en ti me hiciera, más devoto.
Conjugo mi alegría con mis penas,
a mi modo y manera, con sigilo,
haciéndolas entrambas tan amenas
que dieran la blancura del pabilo,
la fragancia más limpia y olorosa
ciñéndome a tus formas y a tu estilo.
Pero ya que a tu lado, caprichosa,
hoy la suerte me quiere y yo lo quiero,
no desdeñes la suerte caudalosa
negándole a la luz la luz del día
que aquí sigo apostado en el “te espero”,
conjugando "te amo" todavía,
"que te quiero" enterando al mundo entero.
lo que dicta mi pecho a cada instante,
y mecida te llegue con el viento
mi intención, moderadamente andante,
y a la vez, alevosa y con descaro,
con la voz amorosa del amante
que por cruel, desmedido y por avaro,
toda entera te quiere y te ambiciona.
Mi tormento, te digo sin reparo,
lo que diera por ti de mi persona,
aunque nada quedara de mí mismo,
esta ausencia que amándote se encona,
me conduce, mujer, al egoísmo
y me altera la frente, pecho y pulso,
como un peso que tira hacia el abismo
indomable, lacónico y convulso,
que desborda mi amor y que me excede,
y mermando la fuerza y el impulso
ya nada en mí acontece ni sucede
sino aquello que tú me das por bueno:
¡aquello que tu trato me concede!,
y por tuyo defino como pleno,
que por verte tatuada en mi costado,
aun con mi propia sangre, iré sereno,
que tanto es el gozarte enamorado
que te diera mi vida y te la diera
sabiéndome rendido y destronado,
sabiendo que aunque nada ya valiera
al diablo por tenerte la entregara:
¡no valdría mujer lo que viviera,
ni sirviera en verdad lo que pensara!,
detenido tan sólo en mis dolores,
penando por amor lo que penara.
Si no me corresponden tus amores,
¿cómo tendré mi vida entretenida,
mis ojos, desbordados surtidores,
dónde se detendrían ya sin vida,
dramáticos clamando ante la fuente
de un último propósito suicida?
Sumido en mi dolor, convaleciente,
me endulza por momentos la tristeza
sabiendo que luchar contracorriente,
el amor por delante y la grandeza
de mi pecho abundante y de su flujo,
que incrementa si asoma la flaqueza
y me embriago, nostálgico a tu influjo.
Mi débil corazón, sucumbe al vino:
a tu voz que atesoro y su reflujo,
corazón que a tu lado compagino
con tu risa que guardo y su frescura,
cuando en el día sueño y lo culmino
con la esperanza mía y tu ternura,
venida de antiquísimo remoto
envuelta en el cordón de tu cintura
como un desenfrenado maremoto
que arrancando mis ojos y mis venas,
devoto en ti me hiciera, más devoto.
Conjugo mi alegría con mis penas,
a mi modo y manera, con sigilo,
haciéndolas entrambas tan amenas
que dieran la blancura del pabilo,
la fragancia más limpia y olorosa
ciñéndome a tus formas y a tu estilo.
Pero ya que a tu lado, caprichosa,
hoy la suerte me quiere y yo lo quiero,
no desdeñes la suerte caudalosa
negándole a la luz la luz del día
que aquí sigo apostado en el “te espero”,
conjugando "te amo" todavía,
"que te quiero" enterando al mundo entero.
Última edición: