Rey de la Patagonia
Poeta adicto al portal
Así las manos, ciegas hoy, buscan insomnes
la paz de tu piel.
El fuego se convierte en hielo con la distancia
y no es posible contener ni el uno ni el otro
por mucho tiempo entre ellas.
Uno te quema y el otro se convierte en agua
Y al fin no queda nada.
Pero empecinadas tengo las manos, cicatrizadas
de olvido, atascadas de ausencia y obsesionadas
por tu espalda.
Ciegas y sin hambre de cuerdas de guitarra, solo
tu espalda, solo tu pelo, solo tus muslos otra
vez y tu piel y tus ganas.
Te llevaste lejos el terciopelo que tenía la noche y
el de los días amanecidos.
Te llevaste el aroma, collar de deseo
que rodeaba tu cuello, te llevaste
el temblor que sentía cuando
te acercabas, te llevaste
el espacio entre mis dedos
y tu cara.
Te llevaste la tarde acelerada cuando
corría a tus brazos y me dejaste mil
vueltas en la plaza, encogido de
hombros, fumándome el tiempo
y masticando el deseo,
contando perros vagos para gastar
la vida.
Si fuera solo la noche, consuelo tendría.
Los días como ríos furiosos me arrastran
hacia tus ojos.
Soy una caja
vacía llena de tu recuerdo,
llena de palabras gruesas de
la despedida.
Te llevaste lejos el terciopelo que tenía la noche,
mis manos no duermen en la espera,
contengo en fuego entre ellas
y se empeñan en juntar cicatrices de ausencia.