kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
TELEVISIÓN
Me abro la última cerveza que queda en el congelador
y atravieso el salón con la fatiga de un pastor jubilado.
Me acomodo en la silla de la terraza
plegando lentamente mis piernas
y con la mano izquierda bien apuntalada en el costado.
La espuma fresca del primer trago
se vierte por la arena de mi pecho desnudo,
y me reprocho murmurando que no estoy para desperdiciar
el poco oro líquido que resta del naufragio.
Últimamente todo me da igual. Todo me da igual
en esta madrugada de domingo.
Creo que ya va siendo hora de que asuma
mi tendencia natural a sentirme de más: Yo soy así…
Yo siempre quise ser así.
Yo siempre quise aprender a llorar.
Siento la ceremonia del otoño campanear
en las hojas doradas de mis sienes.
Poco a poco el zumbido sináptico de la historia
sintoniza la luz de mi lejana televisión.
Siempre se enciende cuando necesito recordar
por qué sigo apreciando tanto esta vida
a pesar de que mi pecho vomite amapolas.
La secuencia del televisor es siempre en blanco y negro.
Las imágenes se me muestran mudas y lentas.
Aparecen congeladas e incorruptibles,
como instantes diamantinos
que refutan la falacia del continuo de este mundo.
La vida son instantes y el tiempo una quimera.
Y me detengo ante las tumbas
y limpio sus lápidas
del musgo anaranjado de mi olvido.
Instante en un mercado de calle cubierto por lonas y chapas.
Una joven vietnamita observa a Mateo en la penumbra.
Su boca permanece levemente abierta
y su ceño mantiene la sutileza fruncida de quien se halla absorto
en el hallazgo natural de un gran misterio.
Aquel ángel sostiene, inmóvil, una caja de pescado,
profundamente ajena al «vorticismo» que la rodea.
Entretanto Mateo se rasca la barbilla
aparentando absoluta normalidad mientras examina
cómo un niño decapita con inaudita competencia
un balde entero de sapos vivos.
Sin aviso, de pronto, se cuelan, entre las negras lonas,
dos fajas procaces de luz blanca
tallando su escultura en los rostros
de aquellos dos muchachos de Bernini.
Mateo, levanta su mirada y ella rompe su hechizo
soltando de golpe la caja
mientras vuelve a su labor
como si nada hubiera sucedido…
Y me doy cuenta de que el mundo se altera para siempre
cada vez que un instante diviniza nuestras vidas.
Y me emociono y lloro
sin llorar.
Instante en el Asentamiento Portugués de Malaca.
Debe ser mediodía. Una plaza desierta junto al mar
que, por la noche, se llena de turistas y guirnaldas.
¡Depredadores y jodidos turistas!
Y yo lo soy también, claro,
pero disimulo mi turbio privilegio
igual que Mateo en aquel mercado.
En el centro de la plaza
un pandemonio brutal de cuervos
picotea los charcos vomitados del día anterior.
A lo lejos, escucho el rasgueado de una melodía.
Me acerco y un hombre me saluda alzando su guitarra.
Me acomodo a su lado. Es un viejo asombroso.
Su mirada parece contener el universo entero.
Se llama Niclas. Y me canta sus canciones.
Su voz timbrada por el dios sensible que lo habita
y el baile de sus dedos descarnados
me hacen comprender qué es lo que realmente vibra
en las profundidades atómicas del ser.
Niclas es feliz. Y no digo por que lo tenga «todo»,
porque no tiene «nada». Le falta una pierna
y media dentadura, y vive en una tienda de campaña;
pero le sobra la risa, y tiene sus canciones,
y estas nadie —absolutamente nadie—
se las podrá arrebatar jamás.
Y me alejo portando conmigo la cuña rebelde
de mi querido Niclas. Me giró una última vez
y se despide con su mano hecha un pañuelo
Mientras sigue cantando al proceloso océano
de su libertad.
Y me emociono y lloro
sin llorar.
Instante en el que dos mujeres trajeadas de blanco
y con sus manantiales de pelo negro al viento
cruzan al alimón un paso de cebra,
mientras un hombre sentado en una moto blanca
las mira con un hambre amenazante
oculto tras las sombras del porche comercial.
Blanco y negro. Instantes. ¡Instantes!
Miradas de aprecio y soberbia, de amor y de odio,
miradas prusianas y amables,
miradas malheridas, miradas inocentes,
¡miradas!, ¡instantes!, instantes de vida y de muerte,
de madre y de cielo.
Instantes en blanco y negro.
Instantes.
De pronto mi visión lejana se apaga.
Fundido a negro.
Y se derrama sobre mí
la catarata blanca de mi ser.
Y bajo el auspicio sideral de Júpiter
siento la vida atravesarme
saliendo de mí hacia mí, (des)cristalizando
el matérico milagro de las lágrimas.
Y las voy amontonando,
una a una,
en el cuenco de mis manos.
Y estiro mis brazos todo lo que puedo hacia el cielo
para que una bandada de palomas blancas
se lleve mis lágrimas prendidas en sus picos
y las devuelva a cada uno de los gloriosos instantes
que me permitieron ser
lo que soy.
Yo siempre quise ser lo que soy.
Yo siempre quise ser.
Yo siempre quise.
Yo siempre…
yo
Andreas
23 de septiembre de 2025
Me abro la última cerveza que queda en el congelador
y atravieso el salón con la fatiga de un pastor jubilado.
Me acomodo en la silla de la terraza
plegando lentamente mis piernas
y con la mano izquierda bien apuntalada en el costado.
La espuma fresca del primer trago
se vierte por la arena de mi pecho desnudo,
y me reprocho murmurando que no estoy para desperdiciar
el poco oro líquido que resta del naufragio.
Últimamente todo me da igual. Todo me da igual
en esta madrugada de domingo.
Creo que ya va siendo hora de que asuma
mi tendencia natural a sentirme de más: Yo soy así…
Yo siempre quise ser así.
Yo siempre quise aprender a llorar.
Siento la ceremonia del otoño campanear
en las hojas doradas de mis sienes.
Poco a poco el zumbido sináptico de la historia
sintoniza la luz de mi lejana televisión.
Siempre se enciende cuando necesito recordar
por qué sigo apreciando tanto esta vida
a pesar de que mi pecho vomite amapolas.
La secuencia del televisor es siempre en blanco y negro.
Las imágenes se me muestran mudas y lentas.
Aparecen congeladas e incorruptibles,
como instantes diamantinos
que refutan la falacia del continuo de este mundo.
La vida son instantes y el tiempo una quimera.
Y me detengo ante las tumbas
y limpio sus lápidas
del musgo anaranjado de mi olvido.
Instante en un mercado de calle cubierto por lonas y chapas.
Una joven vietnamita observa a Mateo en la penumbra.
Su boca permanece levemente abierta
y su ceño mantiene la sutileza fruncida de quien se halla absorto
en el hallazgo natural de un gran misterio.
Aquel ángel sostiene, inmóvil, una caja de pescado,
profundamente ajena al «vorticismo» que la rodea.
Entretanto Mateo se rasca la barbilla
aparentando absoluta normalidad mientras examina
cómo un niño decapita con inaudita competencia
un balde entero de sapos vivos.
Sin aviso, de pronto, se cuelan, entre las negras lonas,
dos fajas procaces de luz blanca
tallando su escultura en los rostros
de aquellos dos muchachos de Bernini.
Mateo, levanta su mirada y ella rompe su hechizo
soltando de golpe la caja
mientras vuelve a su labor
como si nada hubiera sucedido…
Y me doy cuenta de que el mundo se altera para siempre
cada vez que un instante diviniza nuestras vidas.
Y me emociono y lloro
sin llorar.
Instante en el Asentamiento Portugués de Malaca.
Debe ser mediodía. Una plaza desierta junto al mar
que, por la noche, se llena de turistas y guirnaldas.
¡Depredadores y jodidos turistas!
Y yo lo soy también, claro,
pero disimulo mi turbio privilegio
igual que Mateo en aquel mercado.
En el centro de la plaza
un pandemonio brutal de cuervos
picotea los charcos vomitados del día anterior.
A lo lejos, escucho el rasgueado de una melodía.
Me acerco y un hombre me saluda alzando su guitarra.
Me acomodo a su lado. Es un viejo asombroso.
Su mirada parece contener el universo entero.
Se llama Niclas. Y me canta sus canciones.
Su voz timbrada por el dios sensible que lo habita
y el baile de sus dedos descarnados
me hacen comprender qué es lo que realmente vibra
en las profundidades atómicas del ser.
Niclas es feliz. Y no digo por que lo tenga «todo»,
porque no tiene «nada». Le falta una pierna
y media dentadura, y vive en una tienda de campaña;
pero le sobra la risa, y tiene sus canciones,
y estas nadie —absolutamente nadie—
se las podrá arrebatar jamás.
Y me alejo portando conmigo la cuña rebelde
de mi querido Niclas. Me giró una última vez
y se despide con su mano hecha un pañuelo
Mientras sigue cantando al proceloso océano
de su libertad.
Y me emociono y lloro
sin llorar.
Instante en el que dos mujeres trajeadas de blanco
y con sus manantiales de pelo negro al viento
cruzan al alimón un paso de cebra,
mientras un hombre sentado en una moto blanca
las mira con un hambre amenazante
oculto tras las sombras del porche comercial.
Blanco y negro. Instantes. ¡Instantes!
Miradas de aprecio y soberbia, de amor y de odio,
miradas prusianas y amables,
miradas malheridas, miradas inocentes,
¡miradas!, ¡instantes!, instantes de vida y de muerte,
de madre y de cielo.
Instantes en blanco y negro.
Instantes.
De pronto mi visión lejana se apaga.
Fundido a negro.
Y se derrama sobre mí
la catarata blanca de mi ser.
Y bajo el auspicio sideral de Júpiter
siento la vida atravesarme
saliendo de mí hacia mí, (des)cristalizando
el matérico milagro de las lágrimas.
Y las voy amontonando,
una a una,
en el cuenco de mis manos.
Y estiro mis brazos todo lo que puedo hacia el cielo
para que una bandada de palomas blancas
se lleve mis lágrimas prendidas en sus picos
y las devuelva a cada uno de los gloriosos instantes
que me permitieron ser
lo que soy.
Yo siempre quise ser lo que soy.
Yo siempre quise ser.
Yo siempre quise.
Yo siempre…
yo
y mi lágrima encendida.
Andreas
23 de septiembre de 2025
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