Uno se pasea por ahí y se encuentra de todo
la viejecita que se cuela en las colas
el chaval que cree saber más que nadie
un ejecutivo que mira con altivez al resto
el mundo está lleno de clichés andantes.
Soy bastante tolerante, tengo cierta paciencia
aguanto a la gente entre cinco y diez minutos
por estúpidos que sean y les dedico una sonrisa.
Pero hay un subgénero, unos individuos
a los que no soy capaz de soportar ni tres segundos,
y me desquician sobre manera: Son los fachas.
Cuando veo uno de estos tarados en sus múltiples versiones,
los skin heads orgullosos de sus ideales
esos tipos generalmente musculosos
cuya principal filosofía es que los blancos somos superiores
me entran ganas de ser torturador.
Sería una práctica tan relajante
arrancarles la piel a tiras
sacarles los ojos con una cuchara
o meterles la cabeza en el retrete
hasta que sus brazos dejaran de moverse.
Sería capaz de renunciar al amor y la bondad
ponerlos a todos frente a un patíbulo
y ametrallarlos generosamente.
Terminaría siendo un monstruo como ellos,
lo sé. Pero ¿y lo a gusto que me quedaría?.
Además probablemente le habría hecho un favor
a la humanidad.