Cecilya
Cecy
Teresita Flores tiene 83 años de edad y nació en Sanagasta, en la provincia de La Rioja, Argentina.
Ella cuenta que ejerció la docencia durante cuarenta años por varios pueblitos, algunos olvidados y sin luz, donde los chicos pastoreaban las cabras y había que salir a buscarlos. Tenía que ejercer varios roles además de enseñar. Cocinar, acarrear agua, y en muchas ocasiones no tenía ni un pizarrón. Pero asegura que en esos rincones la gente se las arreglaba para ser feliz.
Teresita se casó con un docente, hijo de libaneses, quien la alentó a estudiar en la Universidad de La Rioja, donde logró recibirse de Profesora de Literatura y Castellano, con gran sacrificio, y ya con tres hijos. Desde Los Sauces donde vivía, viajaba todos los días a la Capital.
Su pasión por las letras la llevó a escribir poesía de alto vuelo y enraizada en la cultura profunda de su provincia. Su madre falleció cuando ella tenía ocho años de edad. Tuvo que empezar a cocinar y fue aprendiendo a combinar sabores, aromas y colores.
En el interior de su provincia fue conociendo a mujeres admirables que preparaban platos tradicionales con ingredientes nativos y recetas simples y nutritivas. Desde una sopa, un guiso, una tortilla, una colación o un postre. Entonces comenzó a tomar apuntes porque tanta sabiduría no debía perderse.
Teresita se fue dando cuenta de que lo que relucía en la educación oficial y en los medios masivos era la historia según los vencedores. Toda esa riqueza nativa, que se fue fusionando con todas las demás culturas, la africana, la de Medio Oriente y demás corrientes migratorias, no se visibilizaba.
Contando la historia de la cocina, fue narrando también la historia política y cultural de su provincia.
Escribió 18 libros, múltiples ensayos, y recibió diversos premios como figura destacada de la cultura.
Entre sus obras más famosas se destacan: “La Rioja mágica y misteriosa”, “Primeros destierros”, “Cocina típica de La Rioja”, “La cocina riojana”, “Historias a la Olla”, “La Rioja y el Maíz de América” y uno sobre mitos y leyendas de su provincia.
"Mi fortuna son mis libros, mis hijos, nietos y bisnietos. Una puede irse cuando Dios quiera, pero tiene el deber de dejar algo”
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La tarde
Bella en el adiós. Hondamente femenina y casta,
se desploma blandamente entre los pastos.
Languidece en aromas invitantes
y suelta sus labios virginales y últimos.
Presiento que se marcha y mi voz con ella
vaya a saber adónde.
¿Habrá un sepulcro de humo
donde ocultar su magia?
¿Un cielo aparte
para colgar su ángel?
¿Una muchedumbre de adioses desterrados?
Por la noche,
cuando duerma la ausencia,
vendrán los gitanos
a cosechar el cobre
que dejaron sus ojos.
Una dulce sensualidad
se adueñará del mundo
que vibra a mi costado.
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La mirada del búho
Lo simple y lo perverso,
lo que no se perdona,
se albergan en la mirada amarilla de los búhos
como un oficio lento del presagio.
Pero el día vendrá
Enseñando sus deberes gozosos.
Irá por los espejos
sembrando palomas en la brújula.
En los mitos terrestres
desanda el miedo con la boca cerrada,
al trasluz de la sombra
que roe la vigilia.
Nosotros, compañero,
los que vamos trenzando los dedos de la vida
con el alma desnuda
y la sed contra el viento,
somos como los búhos que marchan, apagándose.
Pero la luz se queda en los andenes
arrogante de fiebre.
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Ella cuenta que ejerció la docencia durante cuarenta años por varios pueblitos, algunos olvidados y sin luz, donde los chicos pastoreaban las cabras y había que salir a buscarlos. Tenía que ejercer varios roles además de enseñar. Cocinar, acarrear agua, y en muchas ocasiones no tenía ni un pizarrón. Pero asegura que en esos rincones la gente se las arreglaba para ser feliz.
Teresita se casó con un docente, hijo de libaneses, quien la alentó a estudiar en la Universidad de La Rioja, donde logró recibirse de Profesora de Literatura y Castellano, con gran sacrificio, y ya con tres hijos. Desde Los Sauces donde vivía, viajaba todos los días a la Capital.
Su pasión por las letras la llevó a escribir poesía de alto vuelo y enraizada en la cultura profunda de su provincia. Su madre falleció cuando ella tenía ocho años de edad. Tuvo que empezar a cocinar y fue aprendiendo a combinar sabores, aromas y colores.
En el interior de su provincia fue conociendo a mujeres admirables que preparaban platos tradicionales con ingredientes nativos y recetas simples y nutritivas. Desde una sopa, un guiso, una tortilla, una colación o un postre. Entonces comenzó a tomar apuntes porque tanta sabiduría no debía perderse.
Teresita se fue dando cuenta de que lo que relucía en la educación oficial y en los medios masivos era la historia según los vencedores. Toda esa riqueza nativa, que se fue fusionando con todas las demás culturas, la africana, la de Medio Oriente y demás corrientes migratorias, no se visibilizaba.
Contando la historia de la cocina, fue narrando también la historia política y cultural de su provincia.
Escribió 18 libros, múltiples ensayos, y recibió diversos premios como figura destacada de la cultura.
Entre sus obras más famosas se destacan: “La Rioja mágica y misteriosa”, “Primeros destierros”, “Cocina típica de La Rioja”, “La cocina riojana”, “Historias a la Olla”, “La Rioja y el Maíz de América” y uno sobre mitos y leyendas de su provincia.
"Mi fortuna son mis libros, mis hijos, nietos y bisnietos. Una puede irse cuando Dios quiera, pero tiene el deber de dejar algo”
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La tarde
Bella en el adiós. Hondamente femenina y casta,
se desploma blandamente entre los pastos.
Languidece en aromas invitantes
y suelta sus labios virginales y últimos.
Presiento que se marcha y mi voz con ella
vaya a saber adónde.
¿Habrá un sepulcro de humo
donde ocultar su magia?
¿Un cielo aparte
para colgar su ángel?
¿Una muchedumbre de adioses desterrados?
Por la noche,
cuando duerma la ausencia,
vendrán los gitanos
a cosechar el cobre
que dejaron sus ojos.
Una dulce sensualidad
se adueñará del mundo
que vibra a mi costado.
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La mirada del búho
Lo simple y lo perverso,
lo que no se perdona,
se albergan en la mirada amarilla de los búhos
como un oficio lento del presagio.
Pero el día vendrá
Enseñando sus deberes gozosos.
Irá por los espejos
sembrando palomas en la brújula.
En los mitos terrestres
desanda el miedo con la boca cerrada,
al trasluz de la sombra
que roe la vigilia.
Nosotros, compañero,
los que vamos trenzando los dedos de la vida
con el alma desnuda
y la sed contra el viento,
somos como los búhos que marchan, apagándose.
Pero la luz se queda en los andenes
arrogante de fiebre.
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