identidadnodefinida
Poeta asiduo al portal
Duerme la penumbra del reloj indetenible
en la vida de pensamientos y pesares,
oscuros como la neblina
y perturbadores como la amargura.
No estoy a salvo solo con mis mártires
ni acompañado por la afligida soledad.
Es un no parar.
Un continuo revés inmutable, que se desespera por llegar a su morada aliviada,
pero nunca le cede.
Siempre desfallece y subsiste en la intemperie. Rodeado de toda una sociedad de miembros amputados, imaginarios, desvalidos y malditos
como su misma ocupación vital.
Nada ni nadie le cobija ni concuerda.
Acostumbra a hablar con el silencio
como un demente pescador ermitaño
atracado en la sombra de un puerto,
para sanar su avanzada locura.
Las horas no le prestan atención.
Sus pesares muerden brutalmente
los latidos que emiten las agujas
para detener su pérdida, pero su conciencia odiosa y continuada
sin combustible
prosigue mortificando el corazón vivaz
inútil como un espejo roto
por seguir latiendo sutilmente.
El sueño no se interrumpe.
La muerte nunca logra despertarlo
lapidado y sin conciencia.
Mientras él duerme, sólo lo acompañan
los latidos y la visión nocturna.
Mientras que las olas arrolladoras que inflingen
relámpagos y festival de psicosis
en su ininterrumpida cabeza,
la paranoia desfila sorpresiva
a pulular con su cólera extasiada
procreando homicidios entre ambos hemisferios; hasta trastornar la sobriedad
que poco a poco va agotando en sus días estériles.
Donde su estado de embriaguez es debilitado poco a poco
como el filo de una guadaña asestado
a un corcho de madera, sin retirarlo.
Que la moribundez se apiade de su parecer y entonces,
pueda disolver su desventura confusa como el horizonte de la miopía.
Y al final, pueda adolecerse postrado, pero... con el reloj muerto y la mente traspuesta.
en la vida de pensamientos y pesares,
oscuros como la neblina
y perturbadores como la amargura.
No estoy a salvo solo con mis mártires
ni acompañado por la afligida soledad.
Es un no parar.
Un continuo revés inmutable, que se desespera por llegar a su morada aliviada,
pero nunca le cede.
Siempre desfallece y subsiste en la intemperie. Rodeado de toda una sociedad de miembros amputados, imaginarios, desvalidos y malditos
como su misma ocupación vital.
Nada ni nadie le cobija ni concuerda.
Acostumbra a hablar con el silencio
como un demente pescador ermitaño
atracado en la sombra de un puerto,
para sanar su avanzada locura.
Las horas no le prestan atención.
Sus pesares muerden brutalmente
los latidos que emiten las agujas
para detener su pérdida, pero su conciencia odiosa y continuada
sin combustible
prosigue mortificando el corazón vivaz
inútil como un espejo roto
por seguir latiendo sutilmente.
El sueño no se interrumpe.
La muerte nunca logra despertarlo
lapidado y sin conciencia.
Mientras él duerme, sólo lo acompañan
los latidos y la visión nocturna.
Mientras que las olas arrolladoras que inflingen
relámpagos y festival de psicosis
en su ininterrumpida cabeza,
la paranoia desfila sorpresiva
a pulular con su cólera extasiada
procreando homicidios entre ambos hemisferios; hasta trastornar la sobriedad
que poco a poco va agotando en sus días estériles.
Donde su estado de embriaguez es debilitado poco a poco
como el filo de una guadaña asestado
a un corcho de madera, sin retirarlo.
Que la moribundez se apiade de su parecer y entonces,
pueda disolver su desventura confusa como el horizonte de la miopía.
Y al final, pueda adolecerse postrado, pero... con el reloj muerto y la mente traspuesta.
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