En el pistilo de la flor marchita
se puede adivinar virgen tu hastío.
La vida que da tanto como quita,
juntó tu parecer ¡ay! con el mío.
No le llores al séquito de flores,
niña, del jardín de los sueños nunca,
que el día siempre renace en los albores,
incluso cuando el deseo se nos trunca.
Niña, vuelve tu rostro al sol y sueña
sin imagen ni meta ya ninguna,
que si la rama al fruto lo desdeña
es sólo por el bien de su fortuna.
Tiempo al tiempo, pues éste te devuelve
aquello que guardaste con recelo.
Siempre en su caminar él nos resuelve,
las heridas que hiciera en el anhelo.