El Hijo de la Luz
Poeta recién llegado
Cada segundo es un latido ausente, un eco vacío en el silencio inerte, el tic-tac del reloj, cruel y constante me recuerda el instante, el dulce instante en que tu voz llena mi presente.
Cada minuto es una sombra larga que, se extiende y a mi alma embarga, sesenta suspiros que escapan lentos, pensamientos dispersos, cual tristes vientos, soñando el momento en que tu alma me abrace.
Cada hora es un río que fluye y se va llevándose trozos de mi esperar, sesenta minutos, sesenta anhelos, sesenta maneras de sentir tus velos y la profunda falta que tu hablar me da.
El tiempo avanza, implacable y sereno mientras mi corazón te busca, pleno de una necesidad que no se calma, cada segundo, cada minuto, cada alma de hora que pasa acrecienta mi freno por no tener tu voz, dulce y serena.
Y así, en la espera, la noche se cierne, con la esperanza tenue que aún me gobierna de que pronto la distancia se haga arena y tu voz, cual dulce y grata sirena, rompa este silencio que tanto me hiere, porque cada instante sin ti, mi bien, me duele.
Cada minuto es una sombra larga que, se extiende y a mi alma embarga, sesenta suspiros que escapan lentos, pensamientos dispersos, cual tristes vientos, soñando el momento en que tu alma me abrace.
Cada hora es un río que fluye y se va llevándose trozos de mi esperar, sesenta minutos, sesenta anhelos, sesenta maneras de sentir tus velos y la profunda falta que tu hablar me da.
El tiempo avanza, implacable y sereno mientras mi corazón te busca, pleno de una necesidad que no se calma, cada segundo, cada minuto, cada alma de hora que pasa acrecienta mi freno por no tener tu voz, dulce y serena.
Y así, en la espera, la noche se cierne, con la esperanza tenue que aún me gobierna de que pronto la distancia se haga arena y tu voz, cual dulce y grata sirena, rompa este silencio que tanto me hiere, porque cada instante sin ti, mi bien, me duele.