Sombreada la negra cabellera jovial con el pensamiento risueño de diez azucenas moribundas, el magno dios del vino emergió de las profundidades lascivas de otro áureo mundo. Y, a su pesar, ofreció a los díscolos mortales coronas de apio. Para que, así, tras el trasnochado emerger de la penumbra, vocalizasen versos trascendentales. Que envolverían en llamas informes a los felices olímpicos. ¡ Oh ! tiempos gloriosos; que traspasan los pastos cuarteados hasta el mismo corazón llagado de la inmaculada tierra. Volved a entonar un pean con el rugido metálico que se metamorfosea en susurro incandescente. Al agolparse con los fríos vientos del norte el eco que se muere en manos agrestes. Volved a pisar la uva con pies perfumados. Pero, cuidado; en cada uno de esos dulces frutos duerme un genio de la grandiosa y radiante naturaleza extasiada. Es hora de encender las antorchas. E ir en procesión hacia la región sagrada de las musas. Donde allí, el agraciado dios de la lira dará un beso funesto en los labios del perturbado Pan. Malévolo sátiro y amante de los líricos poetas. Ebrios de inconmensurable pasión religiosa que los llevará al efervescente paraíso eterno.