Título: Tiempo de poesía

José Valverde Yuste

Poeta que considera el portal su segunda casa

El tiempo, ese vecino con el que hablo,
es un verso sin gesto,
una sombra en las pupilas de la estrofa,
un misterio que habla a la luz
y juega con las arrugas de la belleza.

Una llamada urgente en el fragor,
con alma calma,
ausencia de miedos en la oscuridad
que llama al verso, sigiloso madura
en la nada de su propia vida
inhalando la esencia aérea de los siglos
donde se esconde el acero de la niebla.

La métrica es el piano
que cae desde el cielo
en curvas de notas fragmentadas
inhalando la fragancia del compás,
urgente viaje a la dulzura
que busca la levedad del pétalo.

Cuando las palabras, llenas de congoja,
lloran y los relojes deambulan entre días
de ritmo cansino, sin título
para estas letras de largo estadio,
que buscan y no encuentran
el oráculo de la nube pasajera.

Un anhelo, en sus instantes sin dolor,
cuando la oscuridad huye de mis manos
y me deja acabar el poema
en medio de un río
que fluye incesante;
transitoriamente ya he muerto
entre hemistiquios y sinalefas.
 
Última edición:

El tiempo, ese vecino con el que hablo,
es un verso sin gesto,
una sombra en las pupilas de la estrofa,
un misterio que habla a la luz
y juega con las arrugas de la belleza.

Una llamada urgente en el fragor,
con alma calma,
ausencia de miedos en la oscuridad
que llama al verso, sigiloso madura
en la nada de su propia vida
inhalando la esencia aérea de los siglos
donde se esconde el acero de la niebla.

La métrica es el piano
que cae desde el cielo
en curvas de notas fragmentadas
inhalando la fragancia del compás,
urgente viaje a la dulzura
que busca la levedad del pétalo.

Cuando las palabras, llenas de congoja,
lloran y los relojes deambulan entre días
de ritmo cansino, sin título
para estas letras de largo estadio,
que buscan y no encuentran
el oráculo de la nube pasajera.

Un anhelo, en sus instantes sin dolor,
cuando la oscuridad huye de mis manos
y me deja acabar el poema
en medio de un río
que fluye incesante;
transitoriamente ya he muerto
entre hemistiquios y sinalefas.

Siempre es bueno el tiempo de la poesía.
Me alegra, amigo José, haber pasado por la nobleza de tus versos.

Un abrazo.
 

El tiempo, ese vecino con el que hablo,
es un verso sin gesto,
una sombra en las pupilas de la estrofa,
un misterio que habla a la luz
y juega con las arrugas de la belleza.

Una llamada urgente en el fragor,
con alma calma,
ausencia de miedos en la oscuridad
que llama al verso, sigiloso madura
en la nada de su propia vida
inhalando la esencia aérea de los siglos
donde se esconde el acero de la niebla.

La métrica es el piano
que cae desde el cielo
en curvas de notas fragmentadas
inhalando la fragancia del compás,
urgente viaje a la dulzura
que busca la levedad del pétalo.

Cuando las palabras, llenas de congoja,
lloran y los relojes deambulan entre días
de ritmo cansino, sin título
para estas letras de largo estadio,
que buscan y no encuentran
el oráculo de la nube pasajera.

Un anhelo, en sus instantes sin dolor,
cuando la oscuridad huye de mis manos
y me deja acabar el poema
en medio de un río
que fluye incesante;
transitoriamente ya he muerto
entre hemistiquios y sinalefas.
Excelentes letras plenas de poesía.
Un abrazo.
 

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