Pescador nublado
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tocarnos la cara.
Para retrasar el efecto del olvido,
para mostrar lo que el otro no ve,
para borrar las marcas de los que nos dejaron.
Para descubrir la otra forma de lo que fuimos,
una forma de perdernos sin extraviarnos,
una nueva forma de sentir.
Tocarnos la cara.
Para comprobar que nadie más nos ha sentido.
Para hacernos saber que estuvimos en los mismos caminos
pero transitando por planos distintos.
Como un intento de rebelarnos contra nosotros,
de ver que el cuerpo no es lo que nos da nuestra forma,
que nuestros ojos a veces nos privan de la vista.
Tocarnos la cara.
Con el deseo de detener el tiempo que nos transforma
con el miedo de los que saben que no hay imprescindibles,
con la sabiduría de que ya nunca nadie podrá tocarnos.
Como una forma de decirnos “nunca morirás”,
como una danza donde usamos el mismo aliento,
como una ceremonia donde despertamos en el sueño del otro.
Para retrasar el efecto del olvido,
para mostrar lo que el otro no ve,
para borrar las marcas de los que nos dejaron.
Para descubrir la otra forma de lo que fuimos,
una forma de perdernos sin extraviarnos,
una nueva forma de sentir.
Tocarnos la cara.
Para comprobar que nadie más nos ha sentido.
Para hacernos saber que estuvimos en los mismos caminos
pero transitando por planos distintos.
Como un intento de rebelarnos contra nosotros,
de ver que el cuerpo no es lo que nos da nuestra forma,
que nuestros ojos a veces nos privan de la vista.
Tocarnos la cara.
Con el deseo de detener el tiempo que nos transforma
con el miedo de los que saben que no hay imprescindibles,
con la sabiduría de que ya nunca nadie podrá tocarnos.
Como una forma de decirnos “nunca morirás”,
como una danza donde usamos el mismo aliento,
como una ceremonia donde despertamos en el sueño del otro.
Última edición: