kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
TODO ESTÁ EN SU SITIO
Era jueves por la tarde
y paré a tomar una cerveza antes de subir a casa.
El propietario del bar era un tipo adusto,
un tipo al que
contaras lo que le contaras
—como si le hablabas del tiempo—
siempre hacía como que no te escuchaba,
o al contrario,
te reprochaba con su mirada
abriendo súbitamente los ojos
como si le hubieras preguntado
sobre alguna de las conjeturas matemáticas del milenio,
y tras ese espasmo gestual solía girarse y,
mientras negaba con la cabeza,
y tras echarse con estilo torero el trapo sobre el hombro,
la emprendía a gritos con alguno de sus camareros.
Además, tengo que decir
que nunca me puso una mísera tapa con la cerveza.
Vamos, que ese señor era la perfecta personificación
de lo que se conoce como «un gilipollas».
Recuerdo como aquella tarde dirigió su dedo
hacia el ventanal,
mientras le contaba a un cliente que el borracho
que avanzaba con dificultad
por la acera
había sido su mejor camarero,
pero que su vagancia incorregible
y la puta de su mujer
lo habían convertido en un jodido borracho.
Y fue entonces cuando le solté al gilipollas un simple y cobarde:
ese chico es una persona y se llama Antonio,
y me marché.
Y ahí se quedó con su dedo inquisidor
y su cara de boya roja a punto de explotar
con sus cejas provocando un maremoto de arrugas en su frente.
Supongo que los camareros dieron buena cuenta de su mala hostia.
A la mañana siguiente
llevé a mis hijos al colegio.
Me encanta el mes de diciembre…
El mes en el que meten sus manitas en los bolsillos de mi gabán
y mientras les acaricio en secreto las palmas de sus manos
vamos urdiendo los planes del fin de semana.
Al llegar,
entre la insoportable turba de padres, abuelos y niños,
destacaba la pareja de siempre,
sentados en el banco de siempre,
con sus cabellos aún mojados
chivatos de una ducha rápida.
Se dedicaban —sin acompañarse la mirada— tímidas caricias,
de las que saben a promesa y confesión.
A veces, se besaban
mientras su hija Laura correteaba
junto al resto de los niños.
Por la tarde
me encontré de frente con Antonio.
Nunca lo había visto tan borracho.
Pasé junto a él y algo me gritó,
y me gritó algo de nuevo,
con su boca torcida hecha un colgajo de baba
y con su mirada condensada
en dos mínimas fisuras blancas.
Continuó gritando inmerso en un brutal balbuceo,
pero yo seguí mi camino
sin volver la vista atrás.
El lunes siguiente llegamos a la puerta del colegio
y la pareja de siempre
ya no estaba sentada en su banco.
Ni el martes, ni el miércoles, ni el jueves.
Y llegó el viernes, ese día tan especial
en el que tenemos la suerte de soñar
con los planes del fin de semana.
De camino al colegio
nos reímos a carcajada limpia
cuando Lena recitó el poema «Todo está en su sitio»
de Gloria Fuertes,
imitando, burlona,
el solemne recitado de su padre.
Aquel día Laura esperaba junto a la puerta
agarrada de la mano
de su madre.
Por la tarde pregunté a mi hijo por ella
y me contestó que Laura le había contado
que su papá se había ido de viaje a un país muy lejano,
y que ella,
ahora,
vivía en un palacio.
Y nunca más
volví a saber de Antonio.
Kalkbadan
En Madrid a 17 de diciembre de 2017
Era jueves por la tarde
y paré a tomar una cerveza antes de subir a casa.
El propietario del bar era un tipo adusto,
un tipo al que
contaras lo que le contaras
—como si le hablabas del tiempo—
siempre hacía como que no te escuchaba,
o al contrario,
te reprochaba con su mirada
abriendo súbitamente los ojos
como si le hubieras preguntado
sobre alguna de las conjeturas matemáticas del milenio,
y tras ese espasmo gestual solía girarse y,
mientras negaba con la cabeza,
y tras echarse con estilo torero el trapo sobre el hombro,
la emprendía a gritos con alguno de sus camareros.
Además, tengo que decir
que nunca me puso una mísera tapa con la cerveza.
Vamos, que ese señor era la perfecta personificación
de lo que se conoce como «un gilipollas».
Recuerdo como aquella tarde dirigió su dedo
hacia el ventanal,
mientras le contaba a un cliente que el borracho
que avanzaba con dificultad
por la acera
había sido su mejor camarero,
pero que su vagancia incorregible
y la puta de su mujer
lo habían convertido en un jodido borracho.
Y fue entonces cuando le solté al gilipollas un simple y cobarde:
ese chico es una persona y se llama Antonio,
y me marché.
Y ahí se quedó con su dedo inquisidor
y su cara de boya roja a punto de explotar
con sus cejas provocando un maremoto de arrugas en su frente.
Supongo que los camareros dieron buena cuenta de su mala hostia.
A la mañana siguiente
llevé a mis hijos al colegio.
Me encanta el mes de diciembre…
El mes en el que meten sus manitas en los bolsillos de mi gabán
y mientras les acaricio en secreto las palmas de sus manos
vamos urdiendo los planes del fin de semana.
Al llegar,
entre la insoportable turba de padres, abuelos y niños,
destacaba la pareja de siempre,
sentados en el banco de siempre,
con sus cabellos aún mojados
chivatos de una ducha rápida.
Se dedicaban —sin acompañarse la mirada— tímidas caricias,
de las que saben a promesa y confesión.
A veces, se besaban
mientras su hija Laura correteaba
junto al resto de los niños.
Por la tarde
me encontré de frente con Antonio.
Nunca lo había visto tan borracho.
Pasé junto a él y algo me gritó,
y me gritó algo de nuevo,
con su boca torcida hecha un colgajo de baba
y con su mirada condensada
en dos mínimas fisuras blancas.
Continuó gritando inmerso en un brutal balbuceo,
pero yo seguí mi camino
sin volver la vista atrás.
El lunes siguiente llegamos a la puerta del colegio
y la pareja de siempre
ya no estaba sentada en su banco.
Ni el martes, ni el miércoles, ni el jueves.
Y llegó el viernes, ese día tan especial
en el que tenemos la suerte de soñar
con los planes del fin de semana.
De camino al colegio
nos reímos a carcajada limpia
cuando Lena recitó el poema «Todo está en su sitio»
de Gloria Fuertes,
imitando, burlona,
el solemne recitado de su padre.
Aquel día Laura esperaba junto a la puerta
agarrada de la mano
de su madre.
Por la tarde pregunté a mi hijo por ella
y me contestó que Laura le había contado
que su papá se había ido de viaje a un país muy lejano,
y que ella,
ahora,
vivía en un palacio.
Y nunca más
volví a saber de Antonio.
Kalkbadan
En Madrid a 17 de diciembre de 2017
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