Osidiria
Poeta asiduo al portal
Crucé aquella puerta para resguardarme de la lluvia
y sacudirme el frío de mis fatigadas costillas,
pasar un rato agradable, oír buena música,
calentar mi corazón con un vaso en la mano
y tender bocarriba mi cansancio en la barra de aquel bar
dejando se desvaneciera como la tarde lo hacía lentamente
con las primeras estrellas de la noche.
Alguien tocó mi hombro y al darme la vuelta
me encontré frente a una mujer detrás de unos ojos
que me hicieron dudar si el cielo estaba encima del tejado o debajo,
tenía los años suficientes para lo que aún se considera ser joven,
calculé, que le doblaría la edad pero ni con la mitad de mis años
podría entender por qué se fijó en mí,
su nombre no lo diré aquí, quizá más adelante,
pero me guardo en derecho de admisión de mis palabras
para decidir si lo revelo o no.
El peso de su cuerpo
descansaba sobre el vértigo de sus tacones de aguja,
pantalón de cuero negro ajustado a su figura
como el aire a las nubes,
chaquetón tres cuartos haciendo juego con su pelo rojo amanecer
y unos labios sugerentes que parecían decirme :
“estoy loca por tus besos”.
La noche se puso cuesta abajo,
mis manos se resquebrajaron
y por las grietas de mi razón cayó hechos añicos al suelo
la poca cordura que aún quedaba dentro de mí y a mi alrededor,
ese cuerpo infinito puso sus límites a mis pies,
uno a uno conté los poros de su piel y con sus risas
ella me hizo perder a propósito la cuenta para que empezara otra vez,
todas las ventanas del ayer se abrieron de par y par
y por ella se fueron los miedos de los versos
que nunca me atreví a escribir,
las cenizas del tiempo muerto se levantaron
y renací como el destello de un canto nuevo latiendo en la eternidad.
Pero no,
hasta la eternidad tiene su fin,
y ésta acabó cuando coincidiendo con mis última caricia
y justo un segundo antes de preguntarle su nombre,
ella miró mi cartera profanando el templo de mis huesos
describiendo con precisión el sucio color del dinero,
“tengo en casa bocas que alimentar” murmuró,
y cuando terminó de hablar,
oí en la calle el estrépito del cielo suicidándose contra el suelo.
***
**
*
Todo tiene su fin
y si nadie lo remedia éste podría ser el mío.
y sacudirme el frío de mis fatigadas costillas,
pasar un rato agradable, oír buena música,
calentar mi corazón con un vaso en la mano
y tender bocarriba mi cansancio en la barra de aquel bar
dejando se desvaneciera como la tarde lo hacía lentamente
con las primeras estrellas de la noche.
Alguien tocó mi hombro y al darme la vuelta
me encontré frente a una mujer detrás de unos ojos
que me hicieron dudar si el cielo estaba encima del tejado o debajo,
tenía los años suficientes para lo que aún se considera ser joven,
calculé, que le doblaría la edad pero ni con la mitad de mis años
podría entender por qué se fijó en mí,
su nombre no lo diré aquí, quizá más adelante,
pero me guardo en derecho de admisión de mis palabras
para decidir si lo revelo o no.
El peso de su cuerpo
descansaba sobre el vértigo de sus tacones de aguja,
pantalón de cuero negro ajustado a su figura
como el aire a las nubes,
chaquetón tres cuartos haciendo juego con su pelo rojo amanecer
y unos labios sugerentes que parecían decirme :
“estoy loca por tus besos”.
La noche se puso cuesta abajo,
mis manos se resquebrajaron
y por las grietas de mi razón cayó hechos añicos al suelo
la poca cordura que aún quedaba dentro de mí y a mi alrededor,
ese cuerpo infinito puso sus límites a mis pies,
uno a uno conté los poros de su piel y con sus risas
ella me hizo perder a propósito la cuenta para que empezara otra vez,
todas las ventanas del ayer se abrieron de par y par
y por ella se fueron los miedos de los versos
que nunca me atreví a escribir,
las cenizas del tiempo muerto se levantaron
y renací como el destello de un canto nuevo latiendo en la eternidad.
Pero no,
hasta la eternidad tiene su fin,
y ésta acabó cuando coincidiendo con mis última caricia
y justo un segundo antes de preguntarle su nombre,
ella miró mi cartera profanando el templo de mis huesos
describiendo con precisión el sucio color del dinero,
“tengo en casa bocas que alimentar” murmuró,
y cuando terminó de hablar,
oí en la calle el estrépito del cielo suicidándose contra el suelo.
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Todo tiene su fin
y si nadie lo remedia éste podría ser el mío.
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