πxel
Enzo Molinari - πxel - Costa Rica
Una vez que abrió los ojos, quedó anonadado. Quería dormirse con el zumbido de las abejas. Quería soñar despierto, hipnotizado o dormido, con el murmullo del manantial. Quería palpar, sentir, vivir y morir dentro de aquella hermosura.
Él quería todo.
No sólo quería la rosa, perfecta, sus colores perfumados y las envidias de Salomón. También quería deshojar sus pétalos con la delicadeza de la brisa, con la destreza del maestro y con la curiosa calma del aprendiz. No sólo quería la amapola, sus vellos erizados, su eterna primavera; porque a pesar de padecer hiperestesia, quería sumergirse hasta la nariz entre sus estambres. No sólo quería el clavel. Él, quería recorrer sus corolas milimétricamente y probar sus rocíos. Comer de su miel.
Estaba pasmado.
Quería el cielo, las nubes, el arco iris, el sol, la luna, las estrellas y todo el minuto de gloria, solamente para él. Quería sus colores monopolicrómaticos, el arrullo de sus canciones, el perfume de sus flores, el sabor de su encanto y cultivar con sus propias manos la tierra de sus entrañas. Quería el jardín entero. Él, quería enamorarse. Él, quería enamorarla. Él, lo quería todo. O nada.
Y lo tuvo.
Junto a la magnánima belleza de aquel pintoresco paisaje, él también enredó sus sentimientos entre las zarzas. Un panal de ponzoñas quedó impregnado en sus vestidos de cuero trigueño. Y la cizaña, que poco a poco se apoderó de sus neuronas, le hizo abandonar su temple. Tocó una espina y sangró su alma.
Y el rayo.
-Sí.- El rayo.
El rayo lo mató. No pudo asimilarlo. Nunca supo que la belleza viene acompañada de emociones más profundas, más intensas, más vivas, más concretas, más exactas. Son esas emociones, las que se temen, las que enamoran. Las que duelen, las que huelen, las que hieren, las que matan de dicha, las que mueren de placer.
Todas esas emociones, las que llegan sin avisar, las que se duermen, las que de improviso se van… Son la esencia divina de una mujer.
Él, quería todo.
Ella, era todo.
https://cuenticos.wordpress.com/todo/
Él quería todo.
No sólo quería la rosa, perfecta, sus colores perfumados y las envidias de Salomón. También quería deshojar sus pétalos con la delicadeza de la brisa, con la destreza del maestro y con la curiosa calma del aprendiz. No sólo quería la amapola, sus vellos erizados, su eterna primavera; porque a pesar de padecer hiperestesia, quería sumergirse hasta la nariz entre sus estambres. No sólo quería el clavel. Él, quería recorrer sus corolas milimétricamente y probar sus rocíos. Comer de su miel.
Estaba pasmado.
Quería el cielo, las nubes, el arco iris, el sol, la luna, las estrellas y todo el minuto de gloria, solamente para él. Quería sus colores monopolicrómaticos, el arrullo de sus canciones, el perfume de sus flores, el sabor de su encanto y cultivar con sus propias manos la tierra de sus entrañas. Quería el jardín entero. Él, quería enamorarse. Él, quería enamorarla. Él, lo quería todo. O nada.
Y lo tuvo.
Junto a la magnánima belleza de aquel pintoresco paisaje, él también enredó sus sentimientos entre las zarzas. Un panal de ponzoñas quedó impregnado en sus vestidos de cuero trigueño. Y la cizaña, que poco a poco se apoderó de sus neuronas, le hizo abandonar su temple. Tocó una espina y sangró su alma.
Y el rayo.
-Sí.- El rayo.
El rayo lo mató. No pudo asimilarlo. Nunca supo que la belleza viene acompañada de emociones más profundas, más intensas, más vivas, más concretas, más exactas. Son esas emociones, las que se temen, las que enamoran. Las que duelen, las que huelen, las que hieren, las que matan de dicha, las que mueren de placer.
Todas esas emociones, las que llegan sin avisar, las que se duermen, las que de improviso se van… Son la esencia divina de una mujer.
Él, quería todo.
Ella, era todo.
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