BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Esos muertos obligados
esas naves supletorias,
llenas de cúspides invariables,
esos cúmulos de nubes incesantes,
esas bridas enormes que atan un cuerpo,
esas carencias decisivas que marcaron
tu destino, y esas manos que amplían
las tuyas y derriban mitos inseguros.
Yo llevo la luna muy a la luz
del día, y la contemplo entre materias
entre potestades vegetales entre modificaciones
y entre secuencias observadas.
Yo llevo la luna muy cerca del laúd,
donde conviven insectos y amantes,
religiosos y austeros de puño y letra,
contaminados de lepra, imbéciles legajos
llenos de documentos.
Llevo allí la luna con todo su mausoleo
de pequeñas sequedades e inútiles intuiciones.
Toda esa eterna blancura
ese mármol ingenuo esos cuerpos inauditos,
las materiales virginales y las cosas hechas
a mano por el tiempo. Todas caen
destartaladas por el viento, por las raudas
admiraciones, por las bibliotecas iracundas
que incitan torpemente al desacato.
Y las polillas las polvorientas polillas
llenas de doméstico desdén, de automático
desprecio, lentamente apropiándose, como
besos lascivos, de la tierra que viven.
Y los muros, los muros largos y anchos,
que caben en un circuito de agua con sus
frondas diminutas y sus apaciguados tonos
violáceos.
©
esas naves supletorias,
llenas de cúspides invariables,
esos cúmulos de nubes incesantes,
esas bridas enormes que atan un cuerpo,
esas carencias decisivas que marcaron
tu destino, y esas manos que amplían
las tuyas y derriban mitos inseguros.
Yo llevo la luna muy a la luz
del día, y la contemplo entre materias
entre potestades vegetales entre modificaciones
y entre secuencias observadas.
Yo llevo la luna muy cerca del laúd,
donde conviven insectos y amantes,
religiosos y austeros de puño y letra,
contaminados de lepra, imbéciles legajos
llenos de documentos.
Llevo allí la luna con todo su mausoleo
de pequeñas sequedades e inútiles intuiciones.
Toda esa eterna blancura
ese mármol ingenuo esos cuerpos inauditos,
las materiales virginales y las cosas hechas
a mano por el tiempo. Todas caen
destartaladas por el viento, por las raudas
admiraciones, por las bibliotecas iracundas
que incitan torpemente al desacato.
Y las polillas las polvorientas polillas
llenas de doméstico desdén, de automático
desprecio, lentamente apropiándose, como
besos lascivos, de la tierra que viven.
Y los muros, los muros largos y anchos,
que caben en un circuito de agua con sus
frondas diminutas y sus apaciguados tonos
violáceos.
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