Agustín Nicolás
"El recuerdo es el idioma de los sentimientos"
Tormenta
La tarde de pronto se oscurece.
Desde el fondo, la tormenta se acerca.
El viento tempestuoso mece los árboles.
Las gotas aparecen, frescas.
Deseado respiro ante tanto calor.
Ya el exquisito aroma a mojada tierra.
Los sapos en la vereda buscan su lugar mejor.
Ya la gente escapa de las luces que aterran.
El sonido del trueno que retumba
a todos los puntos de la casa llega,
con una explosión que al más valiente asusta.
Un rayo sin compasión despliega su ferocidad.
Llueve de forma torrencial.
Globos se forman en charcos.
Según los viejos, lloviendo seguirá.
Las hojas naufragan como barcos.
Golpean el techo ramas rotas.
Croan allá fuera cientos de ranas.
Se deslizan por el vidrio las gotas,
dejan su sangre escurrir en la ventana.
Las velas casi se apagan por una brisa.
El viento afuera chifla y resuena,
parece saludar mis penas a prisa.
Mi alma fría, la carne congela.
Anaranjado mi alrededor,
pinta mi piel y las páginas que ojeo.
La lluvia no escampa, y menos mi cavilación,
cuando hacia mi interior observo.
Estar solo de noche no es placentero,
menos cuando por dentro el vacío se desboca,
revolviendo tormentos que en el día son más llevaderos,
suplicios cautivos que no atraviesan la boca.
La soledad es guarida y cobijo,
compañera o verdugo para los solitarios,
arma de doble filo cuando te atrapa y mira fijo.
Aunque estamos acompañados, regresa siempre,
y con ella nos vamos.
Rosado panorama contemplo.
Suspiro, el vidrio se empaña.
El reloj marca las cuatro; las nubes pasan corriendo,
cómo alejándose de mí, espantadas.
Me sumerjo en las sábanas,
en búsqueda del sueño,
queriendo con él escaparme lejos,
ansiando la tan esperada mañana.
Apago la vela, cierro los ojos;
emprendo el vuelo.
La tarde de pronto se oscurece.
Desde el fondo, la tormenta se acerca.
El viento tempestuoso mece los árboles.
Las gotas aparecen, frescas.
Deseado respiro ante tanto calor.
Ya el exquisito aroma a mojada tierra.
Los sapos en la vereda buscan su lugar mejor.
Ya la gente escapa de las luces que aterran.
El sonido del trueno que retumba
a todos los puntos de la casa llega,
con una explosión que al más valiente asusta.
Un rayo sin compasión despliega su ferocidad.
Llueve de forma torrencial.
Globos se forman en charcos.
Según los viejos, lloviendo seguirá.
Las hojas naufragan como barcos.
Golpean el techo ramas rotas.
Croan allá fuera cientos de ranas.
Se deslizan por el vidrio las gotas,
dejan su sangre escurrir en la ventana.
Las velas casi se apagan por una brisa.
El viento afuera chifla y resuena,
parece saludar mis penas a prisa.
Mi alma fría, la carne congela.
Anaranjado mi alrededor,
pinta mi piel y las páginas que ojeo.
La lluvia no escampa, y menos mi cavilación,
cuando hacia mi interior observo.
Estar solo de noche no es placentero,
menos cuando por dentro el vacío se desboca,
revolviendo tormentos que en el día son más llevaderos,
suplicios cautivos que no atraviesan la boca.
La soledad es guarida y cobijo,
compañera o verdugo para los solitarios,
arma de doble filo cuando te atrapa y mira fijo.
Aunque estamos acompañados, regresa siempre,
y con ella nos vamos.
Rosado panorama contemplo.
Suspiro, el vidrio se empaña.
El reloj marca las cuatro; las nubes pasan corriendo,
cómo alejándose de mí, espantadas.
Me sumerjo en las sábanas,
en búsqueda del sueño,
queriendo con él escaparme lejos,
ansiando la tan esperada mañana.
Apago la vela, cierro los ojos;
emprendo el vuelo.