Una cínica, tal vez sádica, jugarreta del azar, estoy seguro. Imagínese recorrer los siglos viendo las mismas estupideces cometidas una y otra vez por seres que aún ancianos se comportan infantiles, inmaduros, necios: capaces de asesinar pueblos por placer, por territorio, por dinero, por enfermiza necesidad de poder... capaces de reservarse el vellocino de oro solo para el otro no lo tenga; capaces de hacer infelices a todos solo para intentar autosatisfacerse sin lograrlo.
Siempre le recomiendo a mis mujeres amigas, las que creo inteligentes y amigas, que si quieren conocer la verdad recreada más aproximada al corazón de un hombre, deben leer una ficción escrita por Mika Waltari, allá por los años 60: Sinuhé el egipcio. Ninguna me ha hecho caso, por cierto... será que en verdad son inteligentes.
Esa clase de corazón rojo y poesía de la que bien supo Waltari impregnar a Sinuhé (y a su criado Captah, sobre todo) es la que consigo en su Mariposa negra vestida de tules, que tuvo a bien compartirme. ¿No se tratará de la Martita, verdad? Le agradezco y felicito. Cuesta leer poesía, y lo suyo es un frasco pequeño y valioso de élla.
Le saludo de noche. De profunda noche, compañero. ¡Qué hermosa es la noche, por cierto! Yo solo pediría, al contrario del César peruano, morir con ella, con la noche y no a luz del día. Aupado por su caricia de oscuro terciopelo, halado sin fin, por su infinito, desaparecido en el vórtice de su misterio. Vine a la luz de noche; de noche quisiera poder irme.