Encerrado en mi cuarto de penumbra malévola,me levanté irritado de la cama enmohecida,ardiendo mis arrugadas mejillas con el caudaloso lagrimal de la pena más profunda.Ahora sabía,una vez que el susurro del nocturno viento había penetrado en mi corazón;afligido por la sombra espectral de tu muerte,que la única salida ante tal descomunal laberinto de desgarradora desgracia,era formar una soga con una cuerda de trenzada malignidad,y prepararme en cuerpo marchito a colocar ante tal funesto aparato del vil suicidio,mi cuello hinchado por la ira más profunda hacia esos designios obscuros del Altísimo.Sollocé como un niño,mientras mi testa de joven desventurado había atravesado el osado orjal y,con una pierna patee la silla apolillada que fue a caer rota en el fúnebre pavimento de aquella habitación,cuya luz de la sagrada esperanza había remitido irremediable y para siempre.