La Sexorcisto
Lluna V. L.
Un buen día de calor metalúrgico
me hallaba apresada
entre la trama roja del tejido eterno
cual prisión injusta.
En el cielo de nudos no se apreciaba
ningún cambio, los hilos monótonos
eran lo mismo de siempre
y siempre lo mismo,
tanto aburrimiento solo era sufrible
gracias a los gatos tejidos en tonos rosas
con lo que podía jugar al tira y afloja,
leopardos, tigres y jaguares.
La urdimbre cada día se hacía más espesa
y se llenaba de bolas de hilo,
a veces, en ellas, podía ver imágenes
de mundos perdidos y océanos sin fin,
pero no era nada de lo que pudiera
disfrutar de verdad, soslayo.
Después, de mucho tiempo
entre laberintos de tejidos
e instantes recreados en tela,
pasando sin pasar el tiempo
en monólogos sin sentido,
un buen día miré hacía arriba
y vi alguien.
Chillé con todas mis fuerzas
pidiendo ayuda,
meneando como campanitas
toda la trama y la urdimbre del reino tejido,
y al fin conseguí que se dieran cuenta
que yo estaba ahí dentro.
Una mano ligera bajó y me sacó
de aquella penosa cárcel de hilos y nudos,
luego me apretó contra si cuerpo,
pude sentir los latidos del corazón
y a mí me faltaba todavía quitarme
muchas capas de tejido cosido de encima.
me hallaba apresada
entre la trama roja del tejido eterno
cual prisión injusta.
En el cielo de nudos no se apreciaba
ningún cambio, los hilos monótonos
eran lo mismo de siempre
y siempre lo mismo,
tanto aburrimiento solo era sufrible
gracias a los gatos tejidos en tonos rosas
con lo que podía jugar al tira y afloja,
leopardos, tigres y jaguares.
La urdimbre cada día se hacía más espesa
y se llenaba de bolas de hilo,
a veces, en ellas, podía ver imágenes
de mundos perdidos y océanos sin fin,
pero no era nada de lo que pudiera
disfrutar de verdad, soslayo.
Después, de mucho tiempo
entre laberintos de tejidos
e instantes recreados en tela,
pasando sin pasar el tiempo
en monólogos sin sentido,
un buen día miré hacía arriba
y vi alguien.
Chillé con todas mis fuerzas
pidiendo ayuda,
meneando como campanitas
toda la trama y la urdimbre del reino tejido,
y al fin conseguí que se dieran cuenta
que yo estaba ahí dentro.
Una mano ligera bajó y me sacó
de aquella penosa cárcel de hilos y nudos,
luego me apretó contra si cuerpo,
pude sentir los latidos del corazón
y a mí me faltaba todavía quitarme
muchas capas de tejido cosido de encima.