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Transgresión

Tema en 'Relatos extensos (novelas...)' comenzado por Cris Cam, 25 de Febrero de 2019. Respuestas: 0 | Visitas: 197

  1. Cris Cam

    Cris Cam Poeta adicto al portal

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    Género:
    Hombre
    Transgresión
    I
    Sonó el teléfono. Estiró la mano torpe, dormida, insensible de abajo de la almohada, tiró el tubo al piso. Puteó, movió la colcha, destapo a Elsa, levantó el tubo.

    — ¿Hola que pasa?... ¡Pero Fernández son las tres de la mañana!... ¿Quién dijo?... Ese boludo siempre me llama cuando las papas le queman los huevos, y se hizo el otario en mi legajo de ascenso... Bue, bue, bueno, ya sé que Ud. no tiene nada que ver... Uff, ya voy para allá... no mejor mándeme un móvil que no me quiero cagar de frío.

    Se sentó a los pies de la cama, se agarró la cabeza, pensó en que quilombo lo iba a meter Dresser ahora, ya no tenía los mismos reflejos que antes, los años lo habían vuelto cauto y un poco cobarde. Antes era otra cosa, como con Rasero, su último muerto, a quien acompaño hasta su última morada y nadie se atrevió a decirle nada, sabían que su sentimiento de pesar era verdadero, mas allá del odio natural y permanente que siempre cosechaba. Viejos códigos del vigiladrón que ya no existen.

    El móvil llegó cuando todavía se estaba duchando. Los cagó a pedos desde el balcón. Mucho apuro. ¿Que mierda pasaría?

    II
    Llegó a la oficina de Dresser sin ocultarle su fastidio y sus bostezos, que el otro disimulaba con su sonrisa falsa de siempre.

    — Pasé, Masket... pase.

    — No Masket no, Mc Masket, no sé si le queda claro...

    — Bueno palabra más, palabra menos...

    — Para Ud., para mi no, tuvimos que huir de Irlanda por no aceptar cortar el apellido, no voy a deshonrar a mi abuelo.

    — ¿No le parece que estamos a esta hora para otra cosa?

    — Ud., llámeme como corresponde y yo lo voy a escuchar atentamente.

    — Bueno Inspector Mc Masket, le puedo contar de una buena vez porque lo mandé llamar a Ud. en lugar de Maldonado...

    — Para que si hay un balazo lo reciba yo, y no su ahijado...

    — Vamos Inspector, no se ponga así, Ud. sabe como son los aprietes políticos...

    — Cortemos esta parodia, que entre los milicos y los turros de ahora, no sé a quien dispararle primero...

    — Inspector, lo pueden escuchar...

    — Ya sé que me están escuchando... ya sé que Ud. me está escuchando...

    — Inspector cuando va dejar de transgredir las reglas.

    — El día que Ustedes dejen de afanar...

    — Bueno, va a escuchar o no.

    — Y más bien, no salí a cagarme de frío solo para discutir con Ud.

    — Bien... encontramos otra gata muerta.

    Mc Masket, se puso serio, en un instante olvidó todo el encono que le tenía a Dresser, y agradeció que lo haya convocado, pero volvió a la carga...

    — Si no me hubieran sacado del caso, esta gata no estaría muerta.

    — Bueno Mc Masket, esta gente siempre es grupo de riesgo, no podemos andar cuidándolos como chicos. Es más, si lo hacemos nos denuncian por acoso e invasión de privacidad...

    — ¿Porque no deja las pelotudeces para los periodistas? Dígame lo que quiero escuchar.

    — Tendría que ir Ud. con los peritos a levantar pruebas.

    — A mi no me hace falta ir a ver nada, le puedo recitar desde aquí lo que los peritos van a encontrar. ¿Solo una cosa, que edad tenía?

    — 19

    — ¡Hijo de puta! Como bajó la edad.

    III
    Se presentó al consigna que tenía a su cargo el terreno.

    — Oficial Inspector Patricio Mc Masket, buenas noches.

    Entró a la casa. La víctima vivía sola. Era Neuquina. Estudiaba medicina. El cuerpo se encontraba sobre la cama con una herida irregular en el cuello a la altura del hombro. Murió rápidamente desangrada. No presentaba ninguna otra marca. Tenía puesto el semidisfraz de pantera, todavía puesto. La cara mirando hacia el otro lado de la habitación, con un simpático maquillaje y una expresión de estar durmiendo. Pobre, pensó el Oficial, ni siquiera disfrutó la fiesta.

    — ¿Nombre?.Preguntó secamente.

    — Mariela Colombina Paolini. Tiempo de deceso unas 4 horas. Le contestaron.

    — ¿Cómo llegaron tan rápido?

    — Una vecina vio salir una figura extraña de la casa y nos llamó. Llegamos golpeamos, vimos luces encendidas pero nadie contestaba. Pedimos una orden... bueno esta bien, no me mire así... como no contestaban tiramos la puerta abajo y así la encontramos...

    — Consíganme a la vecina. Pero sólo si quiere hablar, no quiero presión.

    A los 15 minutos junto con las primeras luces y una densa niebla. Una señora de barrio, pero con aspecto de instruida y cara de no haber dormido se apersona a él.

    — Cuénteme, que me puede decir.

    — La cosa era rara ya de entrada. La chica hace un año y medio que alquilaba. Y no se escuchó nunca. Llevaba una vida, muy, yo diría, demasiado ordenada. Iba a la facultad de mañana y a la tarde se encerraba a estudiar. Pero bueno, nunca trajo, hasta hoy, a nadie. Era una chica muy tímida, retraída, yo diría, parca. Vestía en forma muy recatada. Nunca, al menos yo, le vi compañía de ningún tipo. Pero bueno, esta noche, bajan con esos disfraces...

    — ¿Ud. se especializa en observar a los vecinos... ?

    — Si Ud. esta esperando que me ofenda, no lo va conseguir. Soy una chusma profesional, nada se me escapa. Pero bueno, en este caso, debo confesarle, fue por casualidad, porque como la chica nunca hacia ningún estropicio, que me iba andar molestando. Pero bueno, estacionó un auto azul, un auto que sé yo que marca, yo no sé de autos, pero bueno, bajaron a los besos y abrazos y en menos de una hora se va... se va.

    — ¿Cómo estaban vestidos, digo, de que estaban disfrazados? No mejor no me conteste, ella de pantera de manchas y el de pantera negra. ¿Sí?.

    — Sí, sí... señor... pero...

    — ¿Pero que...?

    — Que para mí, no era él.

    — ¿Cómo?

    — Para mí era ella. Aún en la noche y con un traje así, se podía ver el contorno de su joven figura femenina.

    El Inspector puteó para adentro, hacia 20 años que venía persiguiendo a la pantera negra, los había podido retratar de diversas formas. Una victima había escrito con rush en el espejo Raúl, otra tenía debajo de las uñas piel con folículos pilosos, que para laboratorio era inequívocamente barba, una corpulenta morocha que murió porque le quebraron los dos fémures. Él venía buscando un despiadado y corpulento hombre, ya a esta altura de unos 45 años. ¿Se pudo haber equivocado tanto la vecina con joven figura femenina?

    Cambió de parecer, volvió al dormitorio, hizo retirar el cuerpo, levantar las mantas ensangrentadas y se quedó a solas con las cosas más intimas de la víctima. Comenzó a revisar sus cosas. Demasiada pulcritud, demasiado orden. Nada que le remonte a su lugar de origen, su familia, sus costumbres. Hasta que escondido en uno de los cajones de la cómoda, descubrió un portarretrato. Tenía el marco superior levemente sucio de tierra, señal para Mc Masket que fue guardado casi de apuro. Observo el retrato, era la foto de una chica que no era la victima, estaba dedicada, se tuvo que poner los lentes para leerla: “A mi Mariela, mi único y verdadero amor, tuya en la distancia. Estela”. No buscó más.

    IV
    Salió a la calle. Pensó en su mano derecha. La agente Márquez. Ella le sabría decir algunas cosas. Se encontraron a media mañana.

    — ¡Márquez! Necesito, en primera instancia, que me averigües en todos los boliches gays, si en alguno hubo fiesta de disfraces.

    — No nos va a servir de nada.

    — ¿Por?

    — Ud. sabe que hay unos cuantos, en varios de ellos las fiestas de disfraces, la timidez y la transgresión, son la norma y las chicas no van a colaborar con nosotros.

    — Me cagaste Marques. Hace 20 años que busco un grandote de barba y ahora parece que rejuveneció y se hizo mina. Todas las victimas anteriores eran minas etero que venían de una larga soledad. Esta piba, aparentemente, y digo solo, aparentemente, era lesbo. Porque a esa edad que podemos decir. Aunque algo me lo dice. Se me va a escapar otra vez.

    — ¿Porque se le va escapar? ¡Es otra!

    — Sabés que sin embargo, actuó como un calco, es el mismo crimen de siempre. Hay seducción, hay confianza de la víctima, no hay sexo y una repentina y violenta agresión.

    — Inspector...

    — Que nena, se te ocurre algo...

    — Si, pero no se lo voy a decir.

    — No empecemos otra vez, con tus misterios, vos no tenías que haber sido cana, te hubieras hecho actriz. No te voy a dejar que hagas lo que sé que estas pensando. El chabón me tiene junado desde hace una bocha, y estoy seguro que ya te conoce.

    — Es Ud. el que no me conoce.

    — No, nena. Si te llega a pasar algo, te voy a llorar como la hija que nunca tuve.

    — Se me está acobardando, ablandando y yo no lo voy a dejar...

    V
    Una chica morocha, oscura, de peinado punk, con un tic de hombro, un cangrejo azul, sobre el pecho izquierdo, un dragón rojo en la pantorrilla derecha, entro con miedo al oscuro boliche. Se acomodó tímida y nerviosa, en una mesa aparte. En los rostros de las parroquianas pudo observar todas las actitudes, desde la histeria y la compulsión, hasta la paz de parejas disfrutando una noche como cualquiera. Miraba de reojo por encima de los lentes amarillos. Una calma y madura pareja la invitó a compartir su mesa. Aceptó.

    — ¿Estás segura que es acá donde querés estar?

    — No le entiendo.

    — Entraste con el pavor propio de las que entran, pero se horrorizan de sí mismas, de estar donde están, y eso le quita toda la magia. Te vuelve vulnerable. La primera pregunta que tenés que contestarte es, si soy una persona para estar aquí.

    — Si, si, no, no... no sé... en realidad no sé.

    — Ves, algunas entran, porque no le gustan los chicos, pero no es suficiente. Otras porque su machito las engaño y los odian a todos, tampoco. Y las peores de todas son las que vienen a buscar sexo bizarro. No, nena. Este, simplemente, es un lugar donde estar, sin ser discriminadas, un lugar que nos permita decirnos cosas al oído, ruborizarnos de sentirnos amadas por una persona, aunque, vaya a saber porque, si la naturaleza nos jugó una mala pasada, o no, no sabemos.

    — No, yo entré porque... porque... este... porque quería saber que pasaba.

    La mujer sonríe.

    — Bueno, bienvenida entonces, seguí tu camino.

    Con tal bienvenida a Márquez casi se le cae el antifaz. Sintió un poco de vergüenza, de estar mintiendo tanto, pero estaba para otra cosa. Se quedó sola en su mesa. La misma que hacía 15 dias, según pudo averiguar ocupó Mariela.

    VI
    Al sexto viernes ya le pareció, que estaba perdiendo el tiempo, y se estaba acostumbrando demasiado al buen trato de unas y la histeria de las otras.

    Ya se iba, dejó su agua mineral sin abrir, cuando sintió una suave mano cruzándole el cuello, el estremecimiento le hizo caer el cigarrillo. Levantó los ojos. Delante se le paró una blanca rubia de tremendos ojos verdes. A Márquez le cruzó por la mente una frase de envidia, “llegar a su edad con ese cuerpo”. La intrusa no esperó ninguna respuesta, ni formuló ninguna pregunta. Cruzó las muñecas sobre la mesa y apoyó su mentón en ellas y se dedicó largos minutos a mirarla. ¡El libreto! ¿Cómo sigue esta historia?. Si fuera un hombre le estaría esperando una palabra, un regalo, una invitación a cualquier cosa. Por suerte la intrusa, rompió el silencio, que el papel de tímida morochita no podía.

    — Me voy de viaje.

    Márquez no le contesto, sino que bajó el cuello, como quien no escuchó.

    — Digo que pasado mañana me voy a Holanda. Creo que voy a quedar a vivir.

    — ¿Eso es un saludo o una despedida?

    — Eso depende. Si querés pasar la noche conmigo o simplemente me acompañas al Aeropuerto.

    — ¿Para que voy a pasar una noche con alguien a quien no voy a ver mas?

    — Esa es una típica respuesta femenina. Cuando aprendas a jugar ajedrez. Vas a encontrar tu verdadero complemento. Por ahora seguí jugando a las muñecas.

    — Disculpame quizá sea que soy demasiado joven, no tengo en claro mi vida. ¿Cómo voy a saber de que se trata el amor? Ni siquiera sé en que tribuna me tengo que poner.

    — Yo te lo voy a explicar, vení, acercate.

    Marques con un rostro de pavor y duda acerca su cara de mujercita desprevenida. La mujer le toma suavemente del cuello y le da un sentido, profundo y largo beso. Se alzó con el agua mineral y desapareció.

    Márquez volvió a su casa. Se quitó el disfraz. Se duchó. Se peinó. Se lavó los dientes. Se enjuagó la boca. Se lavó los dientes. Se enjuagó la boca. Se lavó los dientes. Sabría que no podría quitarse esa lengua debajo de su lengua, de su paladar, del fondo de la garganta. Se miró amargamente al espejo. Se palpó la herida de 38 larga del muslo, que ella misma se hizo en la escuela de suboficiales, que le dolió mucho, mucho menos.

    VII
    Se encontró con Mc Masket, que sin mediar dialogo le aclaró.

    — Vos que creías que lo peor que le puede pasar a una mujer policía, es recibir un escopetazo, una paliza en un callejón o una violación en grupo. No, nena. Un cana es un adoquín, se lo usa para armar parapetos, golpear cráneos, afirmar modelos económicos. Si no sos adoquín, sos bofe y te destrozan los lobos de las villas o los cerdos de los countrys...

    — ¿De que me habla?

    — De que yo sé que hiciste, y no me hizo falta seguirte, ni mandar a cuidarte. Yo te había advertido. ¿Vos sabés con quienes obtienen una mayor cuota de casamiento los presos, para intentar una condicional?

    — Sí. Las voluntarias, las novicias y las pastoras.

    — ¿Y porque?

    — No sé Oficial.

    — Claro, eso no figura en los planes de estudio. Las bobas creen que con un librito con una cruz pintada pondrán de rodillas a Satanás. Pero resulta, nena, que Satanás no existe, lo que sí existen son las almas turbulentas, la culpa social, la baja autoestima disfrazada de altruismo...

    — Bueno, bueno, Oficial, no tuve éxito, ahora que hacemos.

    VIII
    5 días después Mc Masket cita a Márquez

    — Te llegó una carta.

    — ¿Una carta? ¿De quien?

    — No sé, nena, abrir la correspondencia es delito.

    — ¿Dónde?¿Acá me llegó?

    La tomó. Dudó, no se sorprendió, pero le inquieto el sello de Ámsterdam. La mirada paternal e inquisidora del Oficial acompañaba todos sus gestos. El viejo policía le convidó un cigarrillo solo para que se quite la mano de la boca, hasta que la interrumpió.

    — Se puede compartir, es oficial o es totalmente privado. Digo porque llegó a nombre de la Sargento Ángela Márquez.

    — Es... es... es oficial.

    — Me podes leer por favor... sino te molesta.

    — La sargento tuvo que tomar aire varias veces. La voz se le cortaba. Pero siguió.


    — Mi querida Ángela:

    Quizá en otra vida, las cosas sean distintas. Quizá no seamos lo que somos, quizá nuestros cuerpos o nuestras almas, se puedan encontrar. Quizá yo sea varón o vos nazcas 3 décadas mas temprano. Quizá vos no seas policía y yo no haya sido asesina. Pero el universo es tan vasto y a veces tan guacho.

    Sos la persona que vos buscabas. Pero lamento decirte que no la que busca Mc Masket. Pero no es culpa de él. Como no es culpa mía. Digamos que ambos fuimos victimas y victimarios. Digamos que la búsqueda terminó, y digamos que la venganza ha sido consumada.

    La primer victima de la Pantera Negra, fue mi hermana. Una pobre mujer abandonada que, un poco harta de soledad y tres hijas que no la entendían, buscó una noche de trampa y terminó, dejándolas llorándola sin llegar a comprenderla.

    Yo tenía dos años menos, me hice cargo de las chicas y, por supuesto, me puse la meta de vengar su muerte. Pero la vida no nos deja nunca en paz.

    Lo encontré después de tres años, le envié varios anónimos informativos a Mc Masket, pero con el tiempo supe que por alguna causa, las cartas no le llegaban y finalmente lo sacaron del caso. Entonces decidí hacerme cargo yo. A todo esto ya habían caído cuatro mujeres más. Y todavía faltaban cinco.

    ¿Que debía hacer? ¿Pedirle a Júpiter que quemara los campos con sus rayos? Sabía quien era, donde vivía, pero por un temor femenino, le temía y no quería convertirme en una más. Pues bien, el buen hombre, se murió solo. Volcó con su auto en la ruta 11. Dejando una joven viuda con dos hijas, Mariela de 14 y Jimena de 12. ¡Que dolor! ¡Que ternura!

    Eso explica que la serie haya terminado, hace 4 años. Para todos pero no para mí. Se llamaba Raúl Paolini. Tardé mucho tiempo para poder acercarme a Mariela. Pero la maldita o bendita naturaleza, como te dije, hizo cosas inesperadas. Dicen que la venganza no trae paz y recién ahora lo sé, los lobos no lloran por sus víctimas. Pero Mariela no sufrió lo que mi hermana, la maté de la forma más contundente y rápida que pude.

    Te preguntaras para que matar a una persona. Cuando la causa de tu venganza ya esta muerto. Pero no es cierto. Raúl Paolini también fue una victima, una victima que encontró en el crimen la justificación de sus miedos. ¿Puede ser un asesino serial ser un hombre aterrado? Vivió el infierno de una mujer dominante, que lo humillaba constantemente. Hasta que un fortuito día la descubrió compartiendo amantes en un baile de disfraces, donde él no debía estar. Entonces decidió matarla. Y lo hizo en cada una de las 10 mujeres que mató. Mató 10 mujeres, no pudo matar a la suya y no pudo salvar a sus hijas.

    Me creerás mi querida Ángela, que Mariela me confesó que quería morir para arrancarse a su madre. Que creyó encontrar en mí una nueva madre. Pero tantos años de dolor, odio y deseos de venganza, no pueden quedar inconclusos. ¿Le podrías decir a un borracho que no hace falta que tome mas, y dejarlo a solas con la botella? Todo eso me ocurrió esa misma noche.

    Mi querida Ángela, soy la asesina del cuerpo de Mariela, y esperaría que a la verdadera culpable se le retuerza el vientre vacío, pero tengo tantas dudas...

    La sargento corta abruptamente la lectura y mira los ojos escrutadores de su superior.

    — Y bien... ya sabemos todo.

    — ¿Que sabemos, nena?

    — Sabemos quien es la asesina de Mariela.

    — ¿Vos tenés idea de lo que significa la palabra Cosa juzgada?

    — Si Oficial, me refiero que Ud. y yo sabemos que esta carta es genuina y cuenta la verdad, aunque no la podamos hacer valer ante ningún juez.

    — Los jueces no son los que me importan. En este momento me importan sólo dos cosas, una, que no te mato porque le gustaste y segundo que no me terminaste de leer la carta. Creo que voy a empezar a dejar de confiar en vos. Una transgresión mas...

    — ¿Una transgresión más... que?

    — Te voy a declarar... adulta.
     
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