VICSAM
Poeta recién llegado
Con pantalón bombacha y botas de agua,
a diario subía y bajaba una quebrada,
los ojos cerrados y el corazón apretado,
temiendo visiones de cuentos del diablo,
relatos macabros inundando los campos,
a nosotros los niños de pavor llenaba.
Con ocho años en las noches iba,
por un camino oscuro y tenebroso,
entre montes negros y gemidos de pinos,
llevando en la mano desnuda y helada,
la ansiada comida caliente en la vianda,
mi padre hambriento esperaba en la guardia.
La luz de la luna, los árboles y vientos,
dibujaban sombras, ruidos y chillidos,
entrando a tropel en tímpanos y oídos,
agarrotando músculos, erizando piel
y preso de miedo los ojos cerrados,
iba solo junto a Fiel mi perro querido.
Mientras caminaba mi imaginación volaba,
inventaba cuentos y rondas jugaba,
recitaba rezos para detener la sangre,
que en tropel a mi corazón llegaba,
el miedo no cuenta, solo la comida,
debía llegar caliente a la hora indicada,
evitaba retos y penas anunciadas.
Desde niño la conciencia escapaba,
de mi cuerpo y de la realidad,
la imaginación daba paso a la fantasía,
mi alma feliz deambulaba por cielos de estrellas,
y saltaba alegre entre resplandores de colores,
cuando el arco iris anunciaba el fin de la lluvia,
cuando pisoteaba espejos de aguas heladas,
cuando obligado recorría senderos por las noches,
cuando debajo del puentes los peces acariciaba,
cuando en el trigo del abuelo las mariposas volaban,
cuando iba al huerto y un tomate rojo devoraba,
cuando corría imitando el vuelo de las avecillas,
cuando jugaba arriba de los cerezos,
cuando aprendía las letras en la escuelita de campo,
Cuando conocí el mar y camine por la playa
Cuando …..
Años después adolescente en la metrópoli,
sentí sensaciones nuevas maravillosas,
dejaba a poco los juegos y canicas, y
centraba mi mirada en una hermosa niña,
que en uniforme iba la escuela normal,
yo a la Escuela M.J. Irarrázaval,
donde aprendí las huellas en la piel
que deja la inocente varita de palmera,
cuando la despojan de sus hojitas.
a diario subía y bajaba una quebrada,
los ojos cerrados y el corazón apretado,
temiendo visiones de cuentos del diablo,
relatos macabros inundando los campos,
a nosotros los niños de pavor llenaba.
Con ocho años en las noches iba,
por un camino oscuro y tenebroso,
entre montes negros y gemidos de pinos,
llevando en la mano desnuda y helada,
la ansiada comida caliente en la vianda,
mi padre hambriento esperaba en la guardia.
La luz de la luna, los árboles y vientos,
dibujaban sombras, ruidos y chillidos,
entrando a tropel en tímpanos y oídos,
agarrotando músculos, erizando piel
y preso de miedo los ojos cerrados,
iba solo junto a Fiel mi perro querido.
Mientras caminaba mi imaginación volaba,
inventaba cuentos y rondas jugaba,
recitaba rezos para detener la sangre,
que en tropel a mi corazón llegaba,
el miedo no cuenta, solo la comida,
debía llegar caliente a la hora indicada,
evitaba retos y penas anunciadas.
Desde niño la conciencia escapaba,
de mi cuerpo y de la realidad,
la imaginación daba paso a la fantasía,
mi alma feliz deambulaba por cielos de estrellas,
y saltaba alegre entre resplandores de colores,
cuando el arco iris anunciaba el fin de la lluvia,
cuando pisoteaba espejos de aguas heladas,
cuando obligado recorría senderos por las noches,
cuando debajo del puentes los peces acariciaba,
cuando en el trigo del abuelo las mariposas volaban,
cuando iba al huerto y un tomate rojo devoraba,
cuando corría imitando el vuelo de las avecillas,
cuando jugaba arriba de los cerezos,
cuando aprendía las letras en la escuelita de campo,
Cuando conocí el mar y camine por la playa
Cuando …..
Años después adolescente en la metrópoli,
sentí sensaciones nuevas maravillosas,
dejaba a poco los juegos y canicas, y
centraba mi mirada en una hermosa niña,
que en uniforme iba la escuela normal,
yo a la Escuela M.J. Irarrázaval,
donde aprendí las huellas en la piel
que deja la inocente varita de palmera,
cuando la despojan de sus hojitas.