Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
TRAYECTOS DE PAZ Y BOSQUE
I.
Árboles talados a orillas del sendero.
Cuanta paz acude al olor del bosque trashumante.
Cruza el zumbido de una angustia de hombre.
II.
El aroma del sueño penetra ardiendo como el aroma del bosque
suave se guarda en cristalinos estuches de palmas.
Ahíta, el alma, forja fronteras de neblina y cañamo.
III.
Mi trabajo es la paz
la paz gananciosa mientras dure el camino.
Llevo la urgencia de unos pasos que se pierden
bajo el trepidar común del corazón.
Mi trabajo es hallar la luz desnuda aquí
en medio del bosque.
IV.
Una cigarra inocula su canción
derrama su ámbar solidario desde las copas de los pinos.
Ardemos de sed, de cal, de claridad, allí,
donde perece el mediodía.
V.
¡Qué pesar!
No disfrutamos la abundancia
manjares cuya delicia pudiera disfrutarse
como un aroma de humildes margaritas en balcones.
Se precisa la certidumbre de saberse el hijo
el menor hermano del paisaje.
VI.
Pero llegamos
renacemos
apenas inicia el camino.
Ya se vislumbra el resplandor, el fulgor,
la patria del silencio inclaudicable.
Allí, sí, sobre el torpe corazón estaba
en medio de los árboles talados.
I.
Árboles talados a orillas del sendero.
Cuanta paz acude al olor del bosque trashumante.
Cruza el zumbido de una angustia de hombre.
II.
El aroma del sueño penetra ardiendo como el aroma del bosque
suave se guarda en cristalinos estuches de palmas.
Ahíta, el alma, forja fronteras de neblina y cañamo.
III.
Mi trabajo es la paz
la paz gananciosa mientras dure el camino.
Llevo la urgencia de unos pasos que se pierden
bajo el trepidar común del corazón.
Mi trabajo es hallar la luz desnuda aquí
en medio del bosque.
IV.
Una cigarra inocula su canción
derrama su ámbar solidario desde las copas de los pinos.
Ardemos de sed, de cal, de claridad, allí,
donde perece el mediodía.
V.
¡Qué pesar!
No disfrutamos la abundancia
manjares cuya delicia pudiera disfrutarse
como un aroma de humildes margaritas en balcones.
Se precisa la certidumbre de saberse el hijo
el menor hermano del paisaje.
VI.
Pero llegamos
renacemos
apenas inicia el camino.
Ya se vislumbra el resplandor, el fulgor,
la patria del silencio inclaudicable.
Allí, sí, sobre el torpe corazón estaba
en medio de los árboles talados.
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