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Treinta años, treinta días

Pedro Olvera

#ElPincheLirismo
Enjuagas la ropa en el lavadero;
tus manos están rosadas, llenas de surcos
que no arden, que no engendran.

Las líneas entretejidas en el suéter de Azucena
antes formaban un corazón rojo;
ahora se parece más a un hígado; sonríes, recuerdas.
Es muy viejo, ya no le queda bien,
pero Azucena no puede dormir si no lo lleva encima;
llora, grita, mira esqueletos debajo de la manta
si se acuesta solo con su pijama de elefantes felices.

Dices para ti que ya es hora de esconderlo,
o tirarlo a la basura, o verlo arder en secreto,
pero con solo imaginarlo pareciera que tu corazón,
o algo ahí dentro, en tus entrañas,
se encogiera hasta desconocerte,
hasta quedar en apenas una mancha desvaída,
latiente, sol oscuro en un cielo sin pies.

No notas el momento en que el llanto aparece;
tus lágrimas son como el hipoclorito de sodio
porque tu corazón, o algo muy parecido
a lo que te contaron que era el órgano de doler,
está sucio, sucio de sangre y vísceras,
de sangre duplicada en barro,
de vísceras que buscaban el río. Rencor.

A Azucena ya no le queda su suetercito.
Estuvo contigo cuatro años
antes de que tuvieras que compartirla con la escuela.
Estuvo contigo treinta años
antes de que tuvieras que compartirla con la muerte,
esa egoísta que nada comparte sino nada.

Recuerdas que Azucena lleva un mes en el cementerio;
quizás esté asustada de estar a solas,
encerrada con eso que tanto temía,
porque tus manos arrugadas de tanto lavar el llanto
olvidaron arroparla con su suéter protector
contra esta pesadilla.

Pero no. Te obligas a recordar que Azucena eres tú,
tú eres Azucena; has estado contigo por seis décadas,
y estás contigo ahora, encerrada en ti frente al tiempo,
sola, sola, sola con eso que llaman corazón
lleno de todo lo que te vacía,
pero que sigue vivo, vivo, vivo. Y él, no.
A tu hijo lo mataron hace treinta días.

06 de septiembre de 2022
 
Última edición:
Lo estaba leyendo desconectada y lo inmenso que hay dentro de este poema me hizo entrar a comentarlo, quería hacerte saber que en realidad me gustó mucho. Más allá de que me guste tiene esto inmerso de rutina de la vida, las manías, los hábitos y los apegos, muerte, dolor, mucho de esto último; realmente un muy buen poema, Pedro. Gracias por compartir, te dejo un abrazo con mucho cariño, buenos días, buena semana, buena vida.
 
Última edición:
Enjuagas la ropa en el lavadero;
tus manos están rosadas, llenas de surcos
que no arden, que no engendran.

Las líneas entretejidas en el suéter de Azucena
antes formaban un corazón rojo;
ahora se parece más a un hígado; sonríes, recuerdas.
Es muy viejo, ya no le queda bien,
pero Azucena no puede dormir si no lo lleva encima;
llora, grita, mira esqueletos debajo de la manta
si se acuesta solo con su pijama de elefantes felices.

Dices para ti que ya es hora de esconderlo,
o tirarlo a la basura, o verlo arder en secreto,
pero solo imaginarlo pareciera que tu corazón,
o algo ahí dentro, en tus entrañas,
se encogiera hasta desconocerte,
hasta quedar en apenas una mancha desvaída,
latiente, sol oscuro en un cielo sin pies.

No notas el momento en que el llanto aparece;
tus lágrimas son como el hipoclorito de sodio
porque tu corazón, o algo muy parecido
a lo que te contaron que era el órgano de doler,
está sucio, sucio de sangre y vísceras,
de sangre duplicada en barro,
de vísceras que buscaban el río. Rencor.

A Azucena ya no le queda su suetercito.
Estuvo contigo cuatro años
antes de que tuvieras que compartirla con la escuela.
Estuvo contigo treinta años
antes de que tuvieras que compartirla con la muerte,
esa egoísta que nada comparte sino nada.

Recuerdas que Azucena llena un mes en el cementerio;
quizás esté asustada de estar a solas,
encerrada con eso que tanto temía,
porque tus manos arrugadas de tanto lavar el llanto
olvidaron arroparla con su suéter protector
contra esta pesadilla.

Pero no. Te obligas a recordar que Azucena eres tú,
tú eres Azucena; has estado contigo por seis décadas,
y estás contigo, encerrada en ti frente al tiempo,
sola, sola, sola con eso que llaman corazón
lleno de todo lo que te vacía,
pero que sigue vivo, vivo, vivo. Y él, no.
A tu hijo lo mataron hace treinta días.

06 de septiembre de 2022

Apreciado Poeta y Amigo, Tribu @Pedro Olvera :
Me cuesta darle "me gusta" a este escrito, y no porque no se entienda el escrito o no esté con sentimiento y con habilidad redactado, es que es la anatomía latente del dolor de una Madre y su terrible pérdida, irreparable, salvaje y descarnada pérdida. Tal vez el intento de ser una liviana catarsis para el Poeta cuando lo escribía y sentía describiendo lo que ve y vive. Estaba aquí en medio de la serenidad de la noche, leyendo tu poema y escribiendo estas líneas pero también pensando y sintiendo ese pesar. Treinta años. Treinta días. Aquel día mataron a alguien más que solo a un hijo.
Por favor, acepta mi saludo afectuoso, mis condolencias además de mi Admiración por tu Arte del Alma y mis siempre mejores deseos para ti


Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa.
Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, tanto como si fuera un promontorio,
o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia.

La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad;
y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.

en John Donne, Devotions Upon Emergent Occasions, Meditación XVII
 
Es que le pesan una vida cada uno de esos treinta días, sin él...
Te abrazo juerte, MiAmigoMío. Te quiero.
A Doña Azucena (no es su nombre real) la miro barrer su calle con una mano -pocos días antes de eso se había caído, y al día de hoy le sobresalen unos clavos de su mano derecha (no es metáfora); es decir, no puede lavar ropa, pero sí llorar y morirse-. Azucena se casó con mi tío; recuerdo su boda porque fue en la capital del estado -Pachuca, la Bella Airosa-, y porque mi hermano Alex, de cinco años, se fue de la fiesta a buscar algo más rico que comer; mi madre, enloquecida, lo encontró en un puesto de galletas varias horas después de haber arruinado la fiesta, de haber llamado a los bomberos, a la radio, a la televisión, y a la Guardia Nacional, que todavía no existía. Mi primo nació algunos meses después de la boda, fue sexamesino ;). Y hace menos de un mes, en este país del Talión, lo ultimaron. Una pedrada en la cabeza, como a Goliat. Y trece puñaladas en el pecho, perforación en múltiple en el hígado y el estómago. Pero lo que lo mató fue que le cortaron la carótida. Ya estaba inconsciente, supongo. Los polis dijeron "líos de faldas". Viven en otro siglo; mi primo-Hermano Moisés ya no, ni en este, ni en ningún otro tiempo.
Tu abrazo me llega, me reconforta, Medusita linda. Y así lo remito, con gran afecto.
 
Última edición:
Lo estaba leyendo desconectada y lo inmenso que hay dentro de este poema me hizo entrar a comentarlo, quería hacerte saber que en realidad me gustó mucho. Más allá de que me guste tiene esto inmerso de rutina de la vida, las manías, los hábitos y los apegos, muerte, dolor, mucho de esto último; realmente un muy buen poema, Pedro. Gracias por compartir, te dejo un abrazo con mucho cariño, buenos días, buena semana, buena vida.
Maravilloso comentario, querida Ros. Nos sumergimos en la cotidianidad hasta que un recuerdo nos despierta en el pasado, esa realidad inapelable, ese destino cumplido.
Gracias, chamaquita. Te mando abrazos afectuosos.
 
Apreciado Poeta y Amigo, Tribu @Pedro Olvera :
Me cuesta darle "me gusta" a este escrito, y no porque no se entienda el escrito o no esté con sentimiento y con habilidad redactado, es que es la anatomía latente del dolor de una Madre y su terrible pérdida, irreparable, salvaje y descarnada pérdida. Tal vez el intento de ser una liviana catarsis para el Poeta cuando lo escribía y sentía describiendo lo que ve y vive. Estaba aquí en medio de la serenidad de la noche, leyendo tu poema y escribiendo estas líneas pero también pensando y sintiendo ese pesar. Treinta años. Treinta días. Aquel día mataron a alguien más que solo a un hijo.
Por favor, acepta mi saludo afectuoso, mis condolencias además de mi Admiración por tu Arte del Alma y mis siempre mejores deseos para ti


Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa.
Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, tanto como si fuera un promontorio,
o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia.

La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad;
y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.

en John Donne, Devotions Upon Emergent Occasions, Meditación XVII
No es la primera vez que nos estremecemos con el texto de Donne, que inevitablemente nos recordó a Hemingway, el que "se escopeteó", ¿recuerdas? Me gusta compartir recuerdos contigo, tribu querida, sis Alizée, porque son algo vivo. Incluso aquellos que ya no pueden recordar porque se quedaron guardados en un gesto, se quedan a residir la humanidad que aún nos queda. Y la tuya es infinita, empática y pletórica de bondad. Es un orgullo para mí lo que me significas como ser humano, pero más por el honor de ser tu amigo, tu carnalito.
Mucho te agradezco, mucho te abrazo y mucho me solazo en lo buenos sinceros deseos que son para ti.

Si te toca firmar mi muerte, afirma que viví de pura vida.

 

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