Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Enjuagas la ropa en el lavadero;
tus manos están rosadas, llenas de surcos
que no arden, que no engendran.
Las líneas entretejidas en el suéter de Azucena
antes formaban un corazón rojo;
ahora se parece más a un hígado; sonríes, recuerdas.
Es muy viejo, ya no le queda bien,
pero Azucena no puede dormir si no lo lleva encima;
llora, grita, mira esqueletos debajo de la manta
si se acuesta solo con su pijama de elefantes felices.
Dices para ti que ya es hora de esconderlo,
o tirarlo a la basura, o verlo arder en secreto,
pero con solo imaginarlo pareciera que tu corazón,
o algo ahí dentro, en tus entrañas,
se encogiera hasta desconocerte,
hasta quedar en apenas una mancha desvaída,
latiente, sol oscuro en un cielo sin pies.
No notas el momento en que el llanto aparece;
tus lágrimas son como el hipoclorito de sodio
porque tu corazón, o algo muy parecido
a lo que te contaron que era el órgano de doler,
está sucio, sucio de sangre y vísceras,
de sangre duplicada en barro,
de vísceras que buscaban el río. Rencor.
A Azucena ya no le queda su suetercito.
Estuvo contigo cuatro años
antes de que tuvieras que compartirla con la escuela.
Estuvo contigo treinta años
antes de que tuvieras que compartirla con la muerte,
esa egoísta que nada comparte sino nada.
Recuerdas que Azucena lleva un mes en el cementerio;
quizás esté asustada de estar a solas,
encerrada con eso que tanto temía,
porque tus manos arrugadas de tanto lavar el llanto
olvidaron arroparla con su suéter protector
contra esta pesadilla.
Pero no. Te obligas a recordar que Azucena eres tú,
tú eres Azucena; has estado contigo por seis décadas,
y estás contigo ahora, encerrada en ti frente al tiempo,
sola, sola, sola con eso que llaman corazón
lleno de todo lo que te vacía,
pero que sigue vivo, vivo, vivo. Y él, no.
A tu hijo lo mataron hace treinta días.
tus manos están rosadas, llenas de surcos
que no arden, que no engendran.
Las líneas entretejidas en el suéter de Azucena
antes formaban un corazón rojo;
ahora se parece más a un hígado; sonríes, recuerdas.
Es muy viejo, ya no le queda bien,
pero Azucena no puede dormir si no lo lleva encima;
llora, grita, mira esqueletos debajo de la manta
si se acuesta solo con su pijama de elefantes felices.
Dices para ti que ya es hora de esconderlo,
o tirarlo a la basura, o verlo arder en secreto,
pero con solo imaginarlo pareciera que tu corazón,
o algo ahí dentro, en tus entrañas,
se encogiera hasta desconocerte,
hasta quedar en apenas una mancha desvaída,
latiente, sol oscuro en un cielo sin pies.
No notas el momento en que el llanto aparece;
tus lágrimas son como el hipoclorito de sodio
porque tu corazón, o algo muy parecido
a lo que te contaron que era el órgano de doler,
está sucio, sucio de sangre y vísceras,
de sangre duplicada en barro,
de vísceras que buscaban el río. Rencor.
A Azucena ya no le queda su suetercito.
Estuvo contigo cuatro años
antes de que tuvieras que compartirla con la escuela.
Estuvo contigo treinta años
antes de que tuvieras que compartirla con la muerte,
esa egoísta que nada comparte sino nada.
Recuerdas que Azucena lleva un mes en el cementerio;
quizás esté asustada de estar a solas,
encerrada con eso que tanto temía,
porque tus manos arrugadas de tanto lavar el llanto
olvidaron arroparla con su suéter protector
contra esta pesadilla.
Pero no. Te obligas a recordar que Azucena eres tú,
tú eres Azucena; has estado contigo por seis décadas,
y estás contigo ahora, encerrada en ti frente al tiempo,
sola, sola, sola con eso que llaman corazón
lleno de todo lo que te vacía,
pero que sigue vivo, vivo, vivo. Y él, no.
A tu hijo lo mataron hace treinta días.
06 de septiembre de 2022
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