Almudena
Poeta que considera el portal su segunda casa
Acostumbraba despedirse inclinando la cabeza;
atraía los hombros hacia sí
como si el mundo entero gravitase en su pecho.
Ataviado de una mirada furtiva,
no se volvía hacia atrás.
Tal vez porque en las cuevas de sus recuerdos
colgaban irremediables murciélagos...
No me confió su teléfono por si en una de esas noches
se apagaba la luna;
ni un encuentro donde cobijar
el lastre de su ternura.
Debió ser porque en el haber de sus crepúsculos
apenas lucía un breve anochecer,
que en el andén más próximo
sin mediar reproche, se apeó
inclinando la cabeza.
atraía los hombros hacia sí
como si el mundo entero gravitase en su pecho.
Ataviado de una mirada furtiva,
no se volvía hacia atrás.
Tal vez porque en las cuevas de sus recuerdos
colgaban irremediables murciélagos...
No me confió su teléfono por si en una de esas noches
se apagaba la luna;
ni un encuentro donde cobijar
el lastre de su ternura.
Debió ser porque en el haber de sus crepúsculos
apenas lucía un breve anochecer,
que en el andén más próximo
sin mediar reproche, se apeó
inclinando la cabeza.
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