marquelo
Negrito villero
Los trenes se despiden
las horas se columpian
los caminos aguardan empapados de nombres
anunciándose siempre con ese sabor a batalla ganada.
Esa revolución cotidiana de rieles configuran
una suma de espejismos
bajo el techo concavo de un cielo partido en dos pronombres
y un grito de despedida ahogado en los pantanos
avanza - irremediablemente-
hacia el aliento infinito del minuto
que se levanta permisivo ante el hercúleo dictámen
de un tornado de palabras,
arrasando
a su paso,
todos los esqueletos de las casas
las sombras inflamadas por las noches,
los delirios encontrados en los labios.
Ese grito vagabundo de rieles viene y va
hacia la dessesperación del silencio acumulado en las laderas,
hacia el aire que sitia y dispara a las ventanas de los claustros
hacia las valijas desnudas hambrientas de perfumes.
Arrastrados por la idea del hierro
y con el indicio de nuestros nombres,
tiraremos nuestros ojos por las ventanillas
o nos desbarrancaremos por completo en la soledad de los dinosaurios.
El mundo se construye cada amanecer con un grito
que hace nido en las fronteras,
y en derredor,
los humanos cantos del viajero estiran su camino como lenguas
ahorcando al mundo en su agonia. Grito. Herencia crepuscular del alba,
lejania sempiterna de pasos que visten despedidas,
atardeceres de rieles que se cruzan como cruces.
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