Les dije a mis pies:
¡Vamos!
El campo su pone de pie,
el interior con su gente.
Por la ciudad, con acto en la plaza principal
se lleva a cabo el tractorazo.
Convocatoria al pueblo... a mí, que soy pueblo, sin campo.
No es día de fiesta pero hay fiesta
fiesta de reclamos a viva voz
por derechos, por futuro, por un país federal de verdad
de retenciones confiscatorias libre.
Una caravana nunca vista,
de máquinas agrícolas, camionetas
camiones, autos
con sus bocinas por todas las avenidas tocando
llenando el cielo de presencia, no cesan
cuando un alto cerca del palco hacen,
para que todos, mujeres, hombres, niños
escuchen de los líderes, sus manifestaciones
latir de corazones mancomunados.
Y antes del habla, estrofas del himno nacional, se entonan.
Como dije, no es fiesta, pero si hay una,
una especial por el otoño organizada,
que con gran disimulo, sol paliducho
tibio y amistoso trajo bajo el poncho.
Sonriente se fue metiendo entre la gente
entre sus ropas, resaltando desde el escondite de cada uno
características de habitante presente
testimonio vivo, de los que están en esto de estar.
Sus rayos, de pleno en mis ojos
me obligan a protegerme bajo la sombra de un árbol
y me protejo cuando el canto ya está en el aire
en sus hojas amarillentas, flameando como banderas
al compás de la música, danzando,
adhiriendo
al no a la humillación, al no peticionar de rodillas
pretensiones soberbias, prepotentes
de quienes en lugar de gobernar
sólo tienden a concentrar riqueza y poder
dejando de lado y al descuido
el federalismo y de la riqueza, su real distribución.
A través de ellas hice mío su propio canto.
Las heridas de muerte en sus puntas,
por el hombre gobernante olvidadas,
que mostraban con hidalguía de valientes
sin importarles, mientras oscilaban alegres,
que podían desprenderse. Caer.
Les dije a mis pies:
¡Cuando las hojas bailan
por algo es!