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Tríptico del amor

Felipe Fuentes García

Poeta asiduo al portal
I

Llegas, hondo latir, con la pureza
tan limpia y transparente de la llama,
con el álgido canto que reclama
la pulsión anhelante y su grandeza.

Y te encarnas, amor, y se adereza
de tu verdad mi corazón en rama.
Y mi sentir en ti se arbola y ama,
y ungida en plenitud el alma reza.

Bajo tu intensa claridad de faro
me apropio de tu puerto, amanecida
de una meta fecunda en el sendero.

Y mi codicia de ladrón avaro
su intrepidez acaba con mi vida
¡ya para siempre tuya por entero!

II

Porque te quiero y tú también me quieres,
la fértil noche, que en mi sueño vive
prendida en tu mirar, me reescribe
como una irisación de amaneceres.

Nada temo contigo. Mis poderes
se hallan en ti. Y en ti donde se exhibe
—fuente de luz en ascuas—el aljibe
de tus ojos, yo soy porque tú eres.

No cabe en mí dolor ni desconsuelo
cuando sé que me ves como me ves:
alta piedad, como se mira al cielo,

es tu mirada en mi mirada, y es
si el ala se consume en el envés
del aire encadenado, el propio vuelo.

III

Aura de mies, un íntimo destello
te me hace mar y hacia mi faro riela.
Bogo en él y a sus aguas, centinela,
rindo mi boca y mis suspiros sello.

El álabe doliente de tu cuello,
aunque nos llueve otoño, es dulce estela;
tus pasos, cuando rencos, de gacela,
y es un trigal de brotes tu cabello.

Libo en la alta noche tu milagro.
Con el temor a depertar a oscuras
alzo al cielo mi ofrenda por tenerte.

Y amanezco y estás y te consagro.
¡Oh cárceles de luz sin ataduras,
qué floración de vida ante la muerte!
 
I

Llegas, hondo latir, con la pureza
tan limpia y transparente de la llama,
con el álgido canto que reclama
la pulsión anhelante y su grandeza.

Y te encarnas, amor, y se adereza
de tu verdad mi corazón en rama.
Y mi sentir en ti se arbola y ama,
y ungida en plenitud el alma reza.

Bajo tu intensa claridad de faro
me apropio de tu puerto, amanecida
de una meta fecunda en el sendero.

Y mi codicia de ladrón avaro
su intrepidez acaba con mi vida
¡ya para siempre tuya por entero!

II

Porque te quiero y tú también me quieres,
la fértil noche, que en mi sueño vive
prendida en tu mirar, me reescribe
como una irisación de amaneceres.

Nada temo contigo. Mis poderes
se hallan en ti. Y en ti donde se exhibe
—fuente de luz en ascuas—el aljibe
de tus ojos, yo soy porque tú eres.

No cabe en mí dolor ni desconsuelo
cuando sé que me ves como me ves:
alta piedad, como se mira al cielo,

es tu mirada en mi mirada, y es
si el ala se consume en el envés
del aire encadenado, el propio vuelo.

III

Aura de mies, un íntimo destello
te me hace mar y hacia mi faro riela.
Bogo en él y a sus aguas, centinela,
rindo mi boca y mis suspiros sello.

El álabe doliente de tu cuello,
aunque nos llueve otoño, es dulce estela;
tus pasos, cuando rencos, de gacela,
y es un trigal de brotes tu cabello.

Libo en la alta noche tu milagro.
Con el temor a depertar a oscuras
alzo al cielo mi ofrenda por tenerte.

Y amanezco y estás y te consagro.
¡Oh cárceles de luz sin ataduras,
qué floración de vida ante la muerte!

Excelencia en la escritura, sentimentos profundos dentro de la estructura. Gracias por compartir su talento.-
 
I

Llegas, hondo latir, con la pureza
tan limpia y transparente de la llama,
con el álgido canto que reclama
la pulsión anhelante y su grandeza.

Y te encarnas, amor, y se adereza
de tu verdad mi corazón en rama.
Y mi sentir en ti se arbola y ama,
y ungida en plenitud el alma reza.

Bajo tu intensa claridad de faro
me apropio de tu puerto, amanecida
de una meta fecunda en el sendero.

Y mi codicia de ladrón avaro
su intrepidez acaba con mi vida
¡ya para siempre tuya por entero!

II

Porque te quiero y tú también me quieres,
la fértil noche, que en mi sueño vive
prendida en tu mirar, me reescribe
como una irisación de amaneceres.

Nada temo contigo. Mis poderes
se hallan en ti. Y en ti donde se exhibe
—fuente de luz en ascuas—el aljibe
de tus ojos, yo soy porque tú eres.

No cabe en mí dolor ni desconsuelo
cuando sé que me ves como me ves:
alta piedad, como se mira al cielo,

es tu mirada en mi mirada, y es
si el ala se consume en el envés
del aire encadenado, el propio vuelo.

III

Aura de mies, un íntimo destello
te me hace mar y hacia mi faro riela.
Bogo en él y a sus aguas, centinela,
rindo mi boca y mis suspiros sello.

El álabe doliente de tu cuello,
aunque nos llueve otoño, es dulce estela;
tus pasos, cuando rencos, de gacela,
y es un trigal de brotes tu cabello.

Libo en la alta noche tu milagro.
Con el temor a depertar a oscuras
alzo al cielo mi ofrenda por tenerte.

Y amanezco y estás y te consagro.
¡Oh cárceles de luz sin ataduras,
qué floración de vida ante la muerte!


Extraodinaria trinca, Felipe. Eres uno de los mejores baluartes de lo clásico en estos tiempos de
ambigüedad y desbarajuste poético.

Fuerte abrazo.
 
Última edición:
I

Llegas, hondo latir, con la pureza
tan limpia y transparente de la llama,
con el álgido canto que reclama
la pulsión anhelante y su grandeza.

Y te encarnas, amor, y se adereza
de tu verdad mi corazón en rama.
Y mi sentir en ti se arbola y ama,
y ungida en plenitud el alma reza.

Bajo tu intensa claridad de faro
me apropio de tu puerto, amanecida
de una meta fecunda en el sendero.

Y mi codicia de ladrón avaro
su intrepidez acaba con mi vida
¡ya para siempre tuya por entero!

II

Porque te quiero y tú también me quieres,
la fértil noche, que en mi sueño vive
prendida en tu mirar, me reescribe
como una irisación de amaneceres.

Nada temo contigo. Mis poderes
se hallan en ti. Y en ti donde se exhibe
—fuente de luz en ascuas—el aljibe
de tus ojos, yo soy porque tú eres.

No cabe en mí dolor ni desconsuelo
cuando sé que me ves como me ves:
alta piedad, como se mira al cielo,

es tu mirada en mi mirada, y es
si el ala se consume en el envés
del aire encadenado, el propio vuelo.

III

Aura de mies, un íntimo destello
te me hace mar y hacia mi faro riela.
Bogo en él y a sus aguas, centinela,
rindo mi boca y mis suspiros sello.

El álabe doliente de tu cuello,
aunque nos llueve otoño, es dulce estela;
tus pasos, cuando rencos, de gacela,
y es un trigal de brotes tu cabello.

Libo en la alta noche tu milagro.
Con el temor a depertar a oscuras
alzo al cielo mi ofrenda por tenerte.

Y amanezco y estás y te consagro.
¡Oh cárceles de luz sin ataduras,
qué floración de vida ante la muerte!
¡Caramba, qué tres bellezas nos regalas aquí, estimado Felipe! He disfrutado con estos sonetos muchísimo. Felicidades por esa capacidad poética.
Con un saludo cordial van mis afectos.
Salvador.
 
I

Llegas, hondo latir, con la pureza
tan limpia y transparente de la llama,
con el álgido canto que reclama
la pulsión anhelante y su grandeza.

Y te encarnas, amor, y se adereza
de tu verdad mi corazón en rama.
Y mi sentir en ti se arbola y ama,
y ungida en plenitud el alma reza.

Bajo tu intensa claridad de faro
me apropio de tu puerto, amanecida
de una meta fecunda en el sendero.

Y mi codicia de ladrón avaro
su intrepidez acaba con mi vida
¡ya para siempre tuya por entero!

II

Porque te quiero y tú también me quieres,
la fértil noche, que en mi sueño vive
prendida en tu mirar, me reescribe
como una irisación de amaneceres.

Nada temo contigo. Mis poderes
se hallan en ti. Y en ti donde se exhibe
—fuente de luz en ascuas—el aljibe
de tus ojos, yo soy porque tú eres.

No cabe en mí dolor ni desconsuelo
cuando sé que me ves como me ves:
alta piedad, como se mira al cielo,

es tu mirada en mi mirada, y es
si el ala se consume en el envés
del aire encadenado, el propio vuelo.

III

Aura de mies, un íntimo destello
te me hace mar y hacia mi faro riela.
Bogo en él y a sus aguas, centinela,
rindo mi boca y mis suspiros sello.

El álabe doliente de tu cuello,
aunque nos llueve otoño, es dulce estela;
tus pasos, cuando rencos, de gacela,
y es un trigal de brotes tu cabello.

Libo en la alta noche tu milagro.
Con el temor a depertar a oscuras
alzo al cielo mi ofrenda por tenerte.

Y amanezco y estás y te consagro.
¡Oh cárceles de luz sin ataduras,
qué floración de vida ante la muerte!
Tríptico de altura el suyo. Poesía de altísimo vuelo. Gracias por la entrega.
 
I

Llegas, hondo latir, con la pureza
tan limpia y transparente de la llama,
con el álgido canto que reclama
la pulsión anhelante y su grandeza.

Y te encarnas, amor, y se adereza
de tu verdad mi corazón en rama.
Y mi sentir en ti se arbola y ama,
y ungida en plenitud el alma reza.

Bajo tu intensa claridad de faro
me apropio de tu puerto, amanecida
de una meta fecunda en el sendero.

Y mi codicia de ladrón avaro
su intrepidez acaba con mi vida
¡ya para siempre tuya por entero!

II

Porque te quiero y tú también me quieres,
la fértil noche, que en mi sueño vive
prendida en tu mirar, me reescribe
como una irisación de amaneceres.

Nada temo contigo. Mis poderes
se hallan en ti. Y en ti donde se exhibe
—fuente de luz en ascuas—el aljibe
de tus ojos, yo soy porque tú eres.

No cabe en mí dolor ni desconsuelo
cuando sé que me ves como me ves:
alta piedad, como se mira al cielo,

es tu mirada en mi mirada, y es
si el ala se consume en el envés
del aire encadenado, el propio vuelo.

III

Aura de mies, un íntimo destello
te me hace mar y hacia mi faro riela.
Bogo en él y a sus aguas, centinela,
rindo mi boca y mis suspiros sello.

El álabe doliente de tu cuello,
aunque nos llueve otoño, es dulce estela;
tus pasos, cuando rencos, de gacela,
y es un trigal de brotes tu cabello.

Libo en la alta noche tu milagro.
Con el temor a despertar a oscuras
alzo al cielo mi ofrenda por tenerte.

Y amanezco y estás y te consagro.
¡Oh cárceles de luz sin ataduras,
qué floración de vida ante la muerte!


Para guardar esta joya. Qué suerte que nos la compartas. Es hermoso el arte en el amor que destilan todos tus versos.Y qué maravilla de cierre, cómo se prende al alma del lector. Gracias, Felipe, por la excelencia de tu poesia.

Y amanezco y estás y te consagro.
¡Oh cárceles de luz sin ataduras,
qué floración de vida ante la muerte!
 
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