esthergranados
Poeta adicto al portal
Aquella tarde papá regresó a la tumba entristecido. Sabía que llegando la madrugada habría ráfagas de muerte al otro lado de la tapia. Sabía que no serviría de nada pensar en otra cosa, taparse los oídos o buscar otro lugar aún más recóndito: el sonido de los fusiles se mezclarían con el silencio en una combinación siniestra. Mi padre temblaba de miedo cada noche, cuando el sol se iba comenzaba su suplicio, y a medida que pasaban las horas el terror lo atenazaba con más fuerza. A veces le entraban ganas de salir de allí, de pasear por el pueblo a cara descubierta, de volver a nuestro hogar. Vivir en un cementerio y vernos a hurtadillas, solo cuando podíamos llevarle algo de comida, le resultaba cada vez más duro, a veces hasta pensaba que morir fusilado no podría ser peor que vivir como un cadáver sin esperanza. Por eso, a ninguno nos extrañó que a partir de esa tarde nunca más fuera a nuestro punto de encuentro y que, en ese mismo lugar, encontráramos sus escasas y pobres pertenencias. Mamá se vistió de luto riguroso y, a pesar de la ausencia de mi padre y de nuestras sospechas, nunca más volvimos al cementerio.