Soles bruscamente heridos,
nubes ocultas
por la copa del árbol solitario que lleva grabado en su corteza
la Balanza de Iustítia.
Brisas con aromas de flores,
aromas cubiertos de engaño que nos ciegan
desde la infancia,
flores que hieren con sus púas la carne mortal.
El humano que tiende su mano a la paloma blanca,
debería de gritar a Nemesis
y hacerse fuerte en las columnas de la tierra
rasgando su camisa para que escuche los lamentos.
Porque ya no hay quien crea en la pureza del agua,
ni siembre tierras a la espera del esfuerzo,
ni quien limpie caminos de sombras negras,
ni quien derrame lágrimas por su negligencia.
¡Triste es la vida que no es justa!
Cabalgas durante siglos como una inmensa tumba,
sin tímpanos ni pupilas,
ocultando a los bigotes del alba
tu sombra negra.
Tú, acrecientas el odio en la sangre
del corazón viejo
y azuzas al mastín hambriento que ladra
en la oscuridad del bosque.
Sí, de los montes desciendes
y emerges de las cloacas
con el brazo levantado, presto a golpear
con tu látigo sobre la débil carne
haciendo más fuerte al que luce diamantes.
¡Triste es la justicia si no hay balanza que la equilibre!
Tu halitosis, cubre el fruto que el hombre
sembró cuando la dicha era tierna
y el cielo se cubría de llantos de parturientas.
Podrás herir la carne del hombre,
que este caiga barranco abajo
golpeándose en cada piedra
que le hayas ido poniendo.
Podrás opacar pupilas inocentes,
llenar sus almas de sombras y amarguras
pero llegará un día,
en que la humanidad que hoy tiembla bajo tu mano,
gritará frente a tu balanza con labios de fuego,
gritará abriéndose el alma
hasta que las ciudades tiemblen
y se rompan los eslabones de la injusticia.
¡Tristes los ojos que ven y no se inmutan!