Sinuhé
Poeta adicto al portal
Y si pudiera recordarte menos, pequeña.
Menos que ayer, como las cosas que a ti no pertenecen;
como las cosas que en ti viven temerosas y sutiles; alejadas y tenues.
Si pudiera dibujarte detenida nada más,
y vencida, nada más. Un instante, una décima de tiempo.
Y no escuchar el ruido de la noche que se espanta de mí y del mundo;
del círculo imperfecto, de la armonía que no existe.
Pequeña, si pudiera apagar tus hogueras en mí.
Eterna llama que quemas y enciendes latitudes de silencio.
Callado metal de campana, papel negro; cuaderno de tierra.
Bosque de esmeraldas luminosas.
Ojos tuyos cerrados y blancas tus manos mías en mí.
Y poder moldear el barro que marca tu huella sencilla y no germinarte.
Si pudiera pequeña, no pensarte. Escapar al fin de ti. Huirme.
Sanar de tu fiebre encendida y preciosa, eterna llama;
quemante y dolorida estatua que caes con la tarde.
Que me abismas y me envuelves con tu luz dorada,
simple y extendida llama.
Pero no puedo más pequeña; tú lo sabes.
Que surco el cielo roto de tu llanto amargo
y llego con tu marea y a tu puerto.
Duermo en ti, en tu silencio; con tu amor vencido y mío al fin.
Simple y feliz velero.
Triste red que me cercas y rescatas con tus manos eternas.
......
.....
....
...
..
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Menos que ayer, como las cosas que a ti no pertenecen;
como las cosas que en ti viven temerosas y sutiles; alejadas y tenues.
Si pudiera dibujarte detenida nada más,
y vencida, nada más. Un instante, una décima de tiempo.
Y no escuchar el ruido de la noche que se espanta de mí y del mundo;
del círculo imperfecto, de la armonía que no existe.
Pequeña, si pudiera apagar tus hogueras en mí.
Eterna llama que quemas y enciendes latitudes de silencio.
Callado metal de campana, papel negro; cuaderno de tierra.
Bosque de esmeraldas luminosas.
Ojos tuyos cerrados y blancas tus manos mías en mí.
Y poder moldear el barro que marca tu huella sencilla y no germinarte.
Si pudiera pequeña, no pensarte. Escapar al fin de ti. Huirme.
Sanar de tu fiebre encendida y preciosa, eterna llama;
quemante y dolorida estatua que caes con la tarde.
Que me abismas y me envuelves con tu luz dorada,
simple y extendida llama.
Pero no puedo más pequeña; tú lo sabes.
Que surco el cielo roto de tu llanto amargo
y llego con tu marea y a tu puerto.
Duermo en ti, en tu silencio; con tu amor vencido y mío al fin.
Simple y feliz velero.
Triste red que me cercas y rescatas con tus manos eternas.
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