Jesus Arriaza
Poeta recién llegado
Un día, pensé que debía ser alguna especie de Dios de la tristeza, uno muy egoísta, estaba tan consumido por mi dolor que creí ser uno con él. Pero aún en ese estado, podía sentirme vivo, dueño único de mi tristeza, aun dispuesto a controlar lo único que tenía, dispuesto a maniobrar mis sentimientos hasta ser quien los domara. Pensé en adueñarme de mis pesares, ser más fuerte, no volver a ser lastimado, no volver a sentir soledad.
La soledad siempre me causo pánico, cuando estaba solo conmigo, las cosas podían volverse un completo desastre, solía tener miedo a mi propia persona, jamás me importo verme completamente destruido, completamente sobrepasado, si con eso podía sentir que merecía estar vivo, para mí estaba bien. Quise ser abrazado, me volví sumiso, complaciente, hasta matar cada intención de vivir mis propios deseos, hasta sofocar cada parte que debió estar enfocada en rescatarme más a mí mismo que al resto.
Supongo que en algún punto me rendí, me cansé de sentir dolor, entonces comencé a borrarme de mi propio cuerpo, a correr lejos de mi propia vida.
He sido culpable de gran parte de mis desdichas, muchas veces me he dejado besar por la nostalgia, voluntariamente he injertado entre mis vértebras la soledad que tanto temí. Hoy en día vivo porque respiro, pero borré tanto de mí, tan desesperadamente que perdí mi humanidad. Muchas veces, quiero retractarme, volver a ser quien fui antes de amputarme toda esperanza, recordar como dormir si estoy cansado, como llorar si estoy desgarrado, como amar sin temer a entregarme, he olvidado ser feliz.
Sí, soy un egoísta, que clase de ser humano desea tan urgentemente la muerte. Quiero pensar que la vida me ha orillado a esta situación, que Dios en persona se ha olvidado de su creación, porque al menos así tendría alguien a quien culpar. Lo cierto es que solo puedo culparme a mí, porque he decidido aceptar la derrota, no he tenido la fuerza suficiente, no he podido quitarme del cuello los pecados que yo mismo colgué.
Un día, pensé que debía ser una especie de Dios de la tristeza, por otro lado, quizá sería más conveniente llamarlo maldición, una clase de maldición de la tristeza. No lo sé, dioses, milagros, demonios, maldiciones, jamás han marcado una diferencia para mí.
Jamás fui abrazado, así que aprendí a abrazar todo lo que me rodeara sin distinguir entre el bien y el mal, así fue como llegue a entregarme a todo esto que ahora me consume, una tristeza que pareciera no querer marcharse. En simples términos, mi soledad, mi pesar, mi tristeza, es como un niño abandonado siendo abrazado, no quiere dejar de estarlo, es mi culpa, es como yo.
La soledad siempre me causo pánico, cuando estaba solo conmigo, las cosas podían volverse un completo desastre, solía tener miedo a mi propia persona, jamás me importo verme completamente destruido, completamente sobrepasado, si con eso podía sentir que merecía estar vivo, para mí estaba bien. Quise ser abrazado, me volví sumiso, complaciente, hasta matar cada intención de vivir mis propios deseos, hasta sofocar cada parte que debió estar enfocada en rescatarme más a mí mismo que al resto.
Supongo que en algún punto me rendí, me cansé de sentir dolor, entonces comencé a borrarme de mi propio cuerpo, a correr lejos de mi propia vida.
He sido culpable de gran parte de mis desdichas, muchas veces me he dejado besar por la nostalgia, voluntariamente he injertado entre mis vértebras la soledad que tanto temí. Hoy en día vivo porque respiro, pero borré tanto de mí, tan desesperadamente que perdí mi humanidad. Muchas veces, quiero retractarme, volver a ser quien fui antes de amputarme toda esperanza, recordar como dormir si estoy cansado, como llorar si estoy desgarrado, como amar sin temer a entregarme, he olvidado ser feliz.
Sí, soy un egoísta, que clase de ser humano desea tan urgentemente la muerte. Quiero pensar que la vida me ha orillado a esta situación, que Dios en persona se ha olvidado de su creación, porque al menos así tendría alguien a quien culpar. Lo cierto es que solo puedo culparme a mí, porque he decidido aceptar la derrota, no he tenido la fuerza suficiente, no he podido quitarme del cuello los pecados que yo mismo colgué.
Un día, pensé que debía ser una especie de Dios de la tristeza, por otro lado, quizá sería más conveniente llamarlo maldición, una clase de maldición de la tristeza. No lo sé, dioses, milagros, demonios, maldiciones, jamás han marcado una diferencia para mí.
Jamás fui abrazado, así que aprendí a abrazar todo lo que me rodeara sin distinguir entre el bien y el mal, así fue como llegue a entregarme a todo esto que ahora me consume, una tristeza que pareciera no querer marcharse. En simples términos, mi soledad, mi pesar, mi tristeza, es como un niño abandonado siendo abrazado, no quiere dejar de estarlo, es mi culpa, es como yo.