Alan Cuadrado
Poeta fiel al portal
Fue en una mañana acercándose al medio día,
todo se veía un tanto borroso y blanquezco,
las mañanas normalmente eran frescas,
ese día estabas corriendo,
con shorts azules y una playera color melón,
tenías esa misma sonrisa que vi congelada en los confines de la añoranza,
ternura pura, ternura infinitamente inalcanzable
ternura imposible de abrazar
eras un espejo de un reloj nuevo, desempolvado en el olvido, pero nuevo
tu madre no sabía que hacer contigo,
no podía alcanzarte, corrías demasiado rápido,
pidió mi ayuda y yo sólo pude estacionarme en el encuentro de sus miradas
era todo el amor que se había perdido en las posibilidades del pasado
escondido detrás del sillón, ahora riendo, yo riendo y tu madre enojada
te jaló de tu escondite por detrás de tu playera y pataleabas como pingüino,
eran frías esas mañanas pero ese día el sol me despertó
creí tener un deja vu, creí despertar en la interrogación misma
en los pequeños pedazos de vida con sabor a incredulidad
tu madre quería patinar en hielo, en ruedas y al final jugamos bolos
poco después liberé a José Ignacio, un conejo negro que vivía en la sala
todos los días eran iguales, empezaba el día y sacábamos a José de la jaula
rascaba la puerta para ir al jardín, se postraba 5 minutos en una bandeja
obraba y después se comía todo lo que habíamos sembrado,
girasoles, margaritas, el chayote muy bien sembrado
se paraba enfrente de la regadera y saludaba a todos los vecinos
levantaba sus patas frontales sobre la red, era una celebridad en la calle
poco después me pareció curioso que tu tía llamara,
ya había pasado tiempo de no saberle
dijo que soñó con un conejo, dibujado en las nubes, era ridículo
pero mandó varias fotos, en efecto, era un conejo perfectamente ilustrado
en medio de las decisiones de cuello blanco y de corbatas holgadas,
lanzaba una moneda al aire con la misma cara, no era predecible
no sé si estaba escrito, pero ya no podía pisar el mismo lugar
por tanto tiempo y sin mirar al cielo para preguntarme que seguía,
Jose Ignacio me acompañó, todos esos días y lo abrazo con tanta soledad
Ustedes ya estaban a orillas del mar, al ritmo de las olas y del Jazz
En el momento exacto que puede juzgarse cómo el sentimiento de napoleón
Con complejo y la bendición del exilio, a un nuevo lugar
José Ignacio probó la libertad en un lugar silvestre, ya no fue necesario el jardín
Tuvo todo un terreno lleno de flores de todos colores y de múltiples sabores,
Jamás se le volvió a ver, pero vivió como debió haber vivido desde el principio
Volví para despedirme y regresé para revertirme, lo recuerdo con tanto cariño
Tú no lo sabes, pero tienes una familia mística,
Donde antes de saber de tu existencia en el universo cósmico
Ya sabíamos tu nacimiento hijo mío
todo se veía un tanto borroso y blanquezco,
las mañanas normalmente eran frescas,
ese día estabas corriendo,
con shorts azules y una playera color melón,
tenías esa misma sonrisa que vi congelada en los confines de la añoranza,
ternura pura, ternura infinitamente inalcanzable
ternura imposible de abrazar
eras un espejo de un reloj nuevo, desempolvado en el olvido, pero nuevo
tu madre no sabía que hacer contigo,
no podía alcanzarte, corrías demasiado rápido,
pidió mi ayuda y yo sólo pude estacionarme en el encuentro de sus miradas
era todo el amor que se había perdido en las posibilidades del pasado
escondido detrás del sillón, ahora riendo, yo riendo y tu madre enojada
te jaló de tu escondite por detrás de tu playera y pataleabas como pingüino,
eran frías esas mañanas pero ese día el sol me despertó
creí tener un deja vu, creí despertar en la interrogación misma
en los pequeños pedazos de vida con sabor a incredulidad
tu madre quería patinar en hielo, en ruedas y al final jugamos bolos
poco después liberé a José Ignacio, un conejo negro que vivía en la sala
todos los días eran iguales, empezaba el día y sacábamos a José de la jaula
rascaba la puerta para ir al jardín, se postraba 5 minutos en una bandeja
obraba y después se comía todo lo que habíamos sembrado,
girasoles, margaritas, el chayote muy bien sembrado
se paraba enfrente de la regadera y saludaba a todos los vecinos
levantaba sus patas frontales sobre la red, era una celebridad en la calle
poco después me pareció curioso que tu tía llamara,
ya había pasado tiempo de no saberle
dijo que soñó con un conejo, dibujado en las nubes, era ridículo
pero mandó varias fotos, en efecto, era un conejo perfectamente ilustrado
en medio de las decisiones de cuello blanco y de corbatas holgadas,
lanzaba una moneda al aire con la misma cara, no era predecible
no sé si estaba escrito, pero ya no podía pisar el mismo lugar
por tanto tiempo y sin mirar al cielo para preguntarme que seguía,
Jose Ignacio me acompañó, todos esos días y lo abrazo con tanta soledad
Ustedes ya estaban a orillas del mar, al ritmo de las olas y del Jazz
En el momento exacto que puede juzgarse cómo el sentimiento de napoleón
Con complejo y la bendición del exilio, a un nuevo lugar
José Ignacio probó la libertad en un lugar silvestre, ya no fue necesario el jardín
Tuvo todo un terreno lleno de flores de todos colores y de múltiples sabores,
Jamás se le volvió a ver, pero vivió como debió haber vivido desde el principio
Volví para despedirme y regresé para revertirme, lo recuerdo con tanto cariño
Tú no lo sabes, pero tienes una familia mística,
Donde antes de saber de tu existencia en el universo cósmico
Ya sabíamos tu nacimiento hijo mío