DIEGO
Poeta adicto al portal
Sentado sobre el mueble de madera que viste la esquina de éste cuarto rentado, te observo, mientras las finas líneas de luz cercenan tu cuerpo con estiletes filosos y dorados, escapados de una entrecerrada cortina americana.
Duermes desprovista de miedos y de ropa. Las sábanas dibujan dunas jóvenes por entre los pliegues de tu cuerpo. Dunas exiliadas de las arenas que contienen éste nido.
La paz y el silencio que todo cubren aquí dentro, son la perfecta conjunción de imagen y melodía. Un paraíso privado que contemplo casi sin dar crédito a la maravillosa alquimia de cuerpo y despreocupación insolente. Por la miel de cabellos despeinados quedan destellos de luna, compañera de tus pasos por la orilla que escondió las huellas amorosas y tardías. Rastros inconclusos de noches abiertas al goce natural de tu esencia salvaje. Hay astros rezagados iluminando el rostro esculpido por la pasión nocturna. Esbozando sonrisas inconclusas. Qué callada perfección el momento sublime, de transparencia adormilada y contigua al cuerpo amado.
Volvería a amarte sólo para repetir esta visión generosa. Se arremolinan las dudas de la felicidad tardía. Asoman las perlas por entre carnosos labios húmedos de vida floreciente. Ruego no te despiertes todavía. Regálame un minuto más en éste paraíso ignorante de obligaciones, dudas y malas intenciones.
Que los minutos pasen como pesares eternos, dándome la quietud de tal santuario.
Síndrome inequívoco de pocas satisfacciones, ésta visión divina.
Quietud de tiempos idos. Salados recuerdos que guardaré por siempre.
Abres los ojos. No me encuentras. Y como un espectro trashumante antes de que vuelvas a despertar del todo, me acerco sigiloso por detrás. He de inmortalizar éste momento. El dulce cuello, presa de mis labios provoca la sonrisa, a la espera de un nuevo día de amor, sal y huellas de arena en nuestros sangrantes corazones.
Duermes desprovista de miedos y de ropa. Las sábanas dibujan dunas jóvenes por entre los pliegues de tu cuerpo. Dunas exiliadas de las arenas que contienen éste nido.
La paz y el silencio que todo cubren aquí dentro, son la perfecta conjunción de imagen y melodía. Un paraíso privado que contemplo casi sin dar crédito a la maravillosa alquimia de cuerpo y despreocupación insolente. Por la miel de cabellos despeinados quedan destellos de luna, compañera de tus pasos por la orilla que escondió las huellas amorosas y tardías. Rastros inconclusos de noches abiertas al goce natural de tu esencia salvaje. Hay astros rezagados iluminando el rostro esculpido por la pasión nocturna. Esbozando sonrisas inconclusas. Qué callada perfección el momento sublime, de transparencia adormilada y contigua al cuerpo amado.
Volvería a amarte sólo para repetir esta visión generosa. Se arremolinan las dudas de la felicidad tardía. Asoman las perlas por entre carnosos labios húmedos de vida floreciente. Ruego no te despiertes todavía. Regálame un minuto más en éste paraíso ignorante de obligaciones, dudas y malas intenciones.
Que los minutos pasen como pesares eternos, dándome la quietud de tal santuario.
Síndrome inequívoco de pocas satisfacciones, ésta visión divina.
Quietud de tiempos idos. Salados recuerdos que guardaré por siempre.
Abres los ojos. No me encuentras. Y como un espectro trashumante antes de que vuelvas a despertar del todo, me acerco sigiloso por detrás. He de inmortalizar éste momento. El dulce cuello, presa de mis labios provoca la sonrisa, a la espera de un nuevo día de amor, sal y huellas de arena en nuestros sangrantes corazones.
Última edición:
::