DIEGO
Poeta adicto al portal
A la vuelta de la vida, en un recodo imprevisto, sucedió.
Fue un buen gesto, el mejor; el tácitamente esperado y casi resignado a la utopía que a la postre no fue tal.
Ojos grandes, nuevos, brillantes las veinticuatro horas, profundos cada vez que los clavas en los míos; ya cansados y un tanto opacos (el tiempo ha tenido la habilidad de robarles algo de brillo).
Cuatro meses después del milagro, perdura la maravilla de los sentimientos del primer momento y la certeza de su existencia eterna. Intactos y en constante expansión.
Pensar que la vida, de una crueldad extrema, me haya obsequiado la realidad de tu existencia, es confirmar que los sueños también pueden cumplirse. Y como tal, no quiero despertar jamás de éste.
Eres, amor mío, todo lo que hubiere deseado.
La observación de los pequeños gestos torpemente ensayados, me quita la respiración, me maravilla, y me confirma el despertar del tardío amanecer en estas sensaciones infinitas.
Recorrer con mis manos tu cuerpo de algodón y miel es perpetuar la felicidad de tu inocencia en la que alguna vez fue mía.
Las incipientes perlitas caídas de tus ojos rompen mi corazón coraza y suavizan sus dolores.
Tenerte, observarte, abrazarte y cuidar de ti es sinónimo inequívoco de Paraíso.
Estoy completo, tu presencia en mi vida certifica que le he ganado la pulseada a la muerte, Tiziana, hija mía.

Fue un buen gesto, el mejor; el tácitamente esperado y casi resignado a la utopía que a la postre no fue tal.
Ojos grandes, nuevos, brillantes las veinticuatro horas, profundos cada vez que los clavas en los míos; ya cansados y un tanto opacos (el tiempo ha tenido la habilidad de robarles algo de brillo).
Cuatro meses después del milagro, perdura la maravilla de los sentimientos del primer momento y la certeza de su existencia eterna. Intactos y en constante expansión.
Pensar que la vida, de una crueldad extrema, me haya obsequiado la realidad de tu existencia, es confirmar que los sueños también pueden cumplirse. Y como tal, no quiero despertar jamás de éste.
Eres, amor mío, todo lo que hubiere deseado.
La observación de los pequeños gestos torpemente ensayados, me quita la respiración, me maravilla, y me confirma el despertar del tardío amanecer en estas sensaciones infinitas.
Recorrer con mis manos tu cuerpo de algodón y miel es perpetuar la felicidad de tu inocencia en la que alguna vez fue mía.
Las incipientes perlitas caídas de tus ojos rompen mi corazón coraza y suavizan sus dolores.
Tenerte, observarte, abrazarte y cuidar de ti es sinónimo inequívoco de Paraíso.
Estoy completo, tu presencia en mi vida certifica que le he ganado la pulseada a la muerte, Tiziana, hija mía.

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