joblam
Poeta que considera el portal su segunda casa
La brisa marina agitaba los cabellos de Luciano. La mirada perdida en el horizonte otorgaba la impresión de estar desconectado con la realidad, sin embargo, en los pensamientos, giraba como un torbellino, la imagen sonriente de Rosa, la joven adolescente que apenas rayando la mayoría de edad, estaba convertida desde hacía meses en el eje de los sueños del joven carpintero.
Establecieron una hermosa relación y todo había terminado por la ausencia de madurez de la bella morena. Los ojos verdes fueron el anzuelo para atrapar la atención de Luciano así como también a otros jóvenes de la barriada. Con veinte y cuatro años encima buscaba la forma de asentar una nueva experiencia ante la vida y dando rienda a la opción natural de formalizar un hogar estable.
En diversas conversaciones sostenidas, él planteaba darle carácter serio a la propuesta y anhelaba solicitar autorización a los padres de la damisela para fijar una fecha de compromiso. Ella argumentaba que aún no se conocían lo suficiente; en otras ocasiones, que el padre tenía un carácter muy difícil e iba a rechazar la opción.
La decepción y la frustración anidaron en el pecho de Luciano y aun cuando probó la miel de aquellos labios, esperaba que ella, a sabiendas del viaje, cambiara la actitud y abortara que levara el ancla. Parado en el puerto con postura impasible, aguardaba la llegada del barco que lo llevaría hacia tierras lejanas para sembrar a través de una rendija, la simiente del olvido.
Un ulular inconfundible evidenció que la embarcación había atracado. Palpó el bolsillo interno de la chaqueta y certificó que ahí estaba el comprobante de viaje. Recogió la maleta e inició los pasos hacia la escalerilla. Al subir sintió una mano tocar el hombro. Una vorágine de recuerdos y propuestas rechazadas regresó al instante y el acelerado corazón oyó una sutil voz femenina:
-Buenas tardes señor. Bienvenido a bordo. El boleto, por favor-
Establecieron una hermosa relación y todo había terminado por la ausencia de madurez de la bella morena. Los ojos verdes fueron el anzuelo para atrapar la atención de Luciano así como también a otros jóvenes de la barriada. Con veinte y cuatro años encima buscaba la forma de asentar una nueva experiencia ante la vida y dando rienda a la opción natural de formalizar un hogar estable.
En diversas conversaciones sostenidas, él planteaba darle carácter serio a la propuesta y anhelaba solicitar autorización a los padres de la damisela para fijar una fecha de compromiso. Ella argumentaba que aún no se conocían lo suficiente; en otras ocasiones, que el padre tenía un carácter muy difícil e iba a rechazar la opción.
La decepción y la frustración anidaron en el pecho de Luciano y aun cuando probó la miel de aquellos labios, esperaba que ella, a sabiendas del viaje, cambiara la actitud y abortara que levara el ancla. Parado en el puerto con postura impasible, aguardaba la llegada del barco que lo llevaría hacia tierras lejanas para sembrar a través de una rendija, la simiente del olvido.
Un ulular inconfundible evidenció que la embarcación había atracado. Palpó el bolsillo interno de la chaqueta y certificó que ahí estaba el comprobante de viaje. Recogió la maleta e inició los pasos hacia la escalerilla. Al subir sintió una mano tocar el hombro. Una vorágine de recuerdos y propuestas rechazadas regresó al instante y el acelerado corazón oyó una sutil voz femenina:
-Buenas tardes señor. Bienvenido a bordo. El boleto, por favor-