DIEGO
Poeta adicto al portal
Los ojos llenos de sueño reflejan el lento titilar de los pulsos del reloj.
Coincidentemente, junto a todos los otros de la casa, sólo aceptan marcar las horas; ni minutos ni segundos. Así de grande es tu ausencia.
Luego, se pierden en las paredes. Donde había cuadros queda el íntimo recuerdo de tus prendas.
No sé qué hacer conmigo. Autómata cansino. Camino.
En verdad arrastro los pies. Tan pesados que se me ocurren orugas.
Voy hasta el baño, allí está el pequeño cepillo de dientes que dejaste.
El pecho vuelve a llorar. Arden los ojos. Las lágrimas secas también duelen.
Nunca vi el departamento tan grande, tan oscuro.
No son paredes, son muros que aíslan el virus de un dolor que pudiera ser contagioso.
La heladera enfría más que de costumbre. Su puerta exhibe stickers manuscritos: no me olvides, siempre tuya. Una foto descolorida y burlona... ¡qué jóvenes éramos!, ¡qué lejos del dolor y la resignación!.
Arrastro los despojos de mi cuerpo hasta el sillón.
Me doy vuelta de improviso para hallarte, ni siquiera tu sombra me acompaña.
Dejo caer la dolorida humanidad que actúa por sí misma, desconectada de toda voluntad.
Silencio. Quietud. Frío. Desde los pies, filosa y lentamente se acerca abarcando cada milímetro de piel que se resquebraja al paso inexorable del tiempo y la gélida presencia. Arruga por arruga. Mis sienes presienten la inmediatez de lo inevitable... si al menos tuviera tu rostro... es que hace tanto tiempo que te fuiste, que mi memoria ya no registra tu imagen. Recuerdo que te amé, aunque ya no sepa lo que eso sea.
No siento las piernas. Me doy cuenta pero no duele. Sólo frío tan intenso que ya no me lastima.
Extraña contradicción. Me estoy yendo y es como si a la vez llegara a algún lugar.
El cuello está siendo estrangulado por las heladas manos invisibles. Los latidos del reloj son cada vez más tenues, casi imperceptibles. El silencio se hace blanco, inmenso.
Me entrego. Sólo quiero verte. El sueño se agiganta. Sólo quiero ver... sólo quiero... solo...
He comenzado a ser olvido.
Coincidentemente, junto a todos los otros de la casa, sólo aceptan marcar las horas; ni minutos ni segundos. Así de grande es tu ausencia.
Luego, se pierden en las paredes. Donde había cuadros queda el íntimo recuerdo de tus prendas.
No sé qué hacer conmigo. Autómata cansino. Camino.
En verdad arrastro los pies. Tan pesados que se me ocurren orugas.
Voy hasta el baño, allí está el pequeño cepillo de dientes que dejaste.
El pecho vuelve a llorar. Arden los ojos. Las lágrimas secas también duelen.
Nunca vi el departamento tan grande, tan oscuro.
No son paredes, son muros que aíslan el virus de un dolor que pudiera ser contagioso.
La heladera enfría más que de costumbre. Su puerta exhibe stickers manuscritos: no me olvides, siempre tuya. Una foto descolorida y burlona... ¡qué jóvenes éramos!, ¡qué lejos del dolor y la resignación!.
Arrastro los despojos de mi cuerpo hasta el sillón.
Me doy vuelta de improviso para hallarte, ni siquiera tu sombra me acompaña.
Dejo caer la dolorida humanidad que actúa por sí misma, desconectada de toda voluntad.
Silencio. Quietud. Frío. Desde los pies, filosa y lentamente se acerca abarcando cada milímetro de piel que se resquebraja al paso inexorable del tiempo y la gélida presencia. Arruga por arruga. Mis sienes presienten la inmediatez de lo inevitable... si al menos tuviera tu rostro... es que hace tanto tiempo que te fuiste, que mi memoria ya no registra tu imagen. Recuerdo que te amé, aunque ya no sepa lo que eso sea.
No siento las piernas. Me doy cuenta pero no duele. Sólo frío tan intenso que ya no me lastima.
Extraña contradicción. Me estoy yendo y es como si a la vez llegara a algún lugar.
El cuello está siendo estrangulado por las heladas manos invisibles. Los latidos del reloj son cada vez más tenues, casi imperceptibles. El silencio se hace blanco, inmenso.
Me entrego. Sólo quiero verte. El sueño se agiganta. Sólo quiero ver... sólo quiero... solo...
He comenzado a ser olvido.