Évano
Libre, sin dioses.
Se mezcla la música de gaitas de Mike Oldfield con el trinar de pájaros y el susurro de la corriente del río cercano. Mientras, la brisa fresca de aroma de primavera, mece las hojas, la hierba y el parasol de la mesa del jardín, donde María y Julio disfrutan de un vino tinto con patatas al jamón y queso de oveja curado. La gata siamesa ronda buscando alguna sombra confortable; quizás debajo de la hamaca, quizás debajo de una de las sillas de María o Julio. El enorme mastín hace tiempo que se decidió por el frescor de la del chopo, la que hace vereda con las aguas que bajan de la alta montaña.
Hay varios gatos en la entrada del puente. Se miran unos a otros, como discutiendo con gestos si lo cruzan o no. Julio echa la vista al despejado cielo azul, entendiendo la duda de los felinos: sobre el prado de la otra parte del puente, que es donde van a cazar ratones y topillos, vuelan en círculos dos grandes milanos. De ahí la duda de cazar o ser cazados. La batalla a muerte estaría igualada. Quizás sea mejor esperar a que se marchen las aves.
Toda esta paz se refleja en los cuerpos de María y de Julio, y en la casa de piedra, en el tejado de pizarra y en la chimenea; y en las hojas que irradian la luz que les llega como vida que es. María y Julio se observan, se escrutan, intentando adivinar en los ojos el futuro que les aviene. No han oído los pasos de un hombre vestido de cazador. Se esconde tras una esquina de la casa de piedra. Tampoco se han dado cuenta de la escopeta que los apunta. Es lógico, María y Julio están de espaldas al cazador.
Los milanos descienden a la hierba del prado como flechas lanzadas por el dios Eolo y, en un instante, alzan el vuelo con sendos topillos que patalean inútilmente entre las garras de las aves rapaces.
María y Julio se acarician las manos y se otorgan un beso largo y cálido. Los corazones palpitan raudos. Las mentes aceleradas quieren recoger y salvaguardar la vida de los dos. Ninguno logró adivinar lo que el futuro les deparaba. Quizás sea por lo que están intentando revivir y comprimir sus vidas lo máximo posible. Un terror que aflora por donde no saben se abre paso como una guadaña entre la paja seca.
El cazador, y marido de María, observa en silencio, con el cañón firme apuntando a los amantes.
Los gatos cruzan el puente tras la marcha de los milanos, girando a la vez los cuellos, al oír el estrepitoso tronar que recorre el angosto valle.
De los cuerpos muertos, de María y Julio, brota una sangre que se desparrama por la mesa del jardín. Unida al vino tinto de los vasos tumbados, cae a la hierba que enrojece y sangra su colorido verde.
Las gaitas de Mike Olfield continúan sonando en tonos de gargantas rotas por el dolor, pero los pájaros han marchado con sus trinos. La brisa, impertérrita, mece ahora también los cabellos de los amantes muertos.
Esta tragedia aconteció hace casi sesenta años. Muchos, a lo largo de este tiempo, dicen haber visto a María y Julio pasear por el jardín y la vereda del río. Otros afirman que miran las estrellas desde la ventana de la alcoba de la casa de piedra, abrazados a la luz de la luna.
El marido continuó acudiendo al lugar del crimen y acabó por enloquecer. Aseguraba que María y su amante vivían todavía en este paraíso eterno, que les había disparado infinidad de veces, pero que ahora era imposible volver a matarlos.
Queda como testigo de ello las paredes acribilladas a disparos, y los muebles, y la chimenea, y la mesa del jardín con las sillas y la sombrilla; y los agujeros de los árboles que cercan la casa de piedra. Y el lecho, donde cada noche se entregan los amantes a un amor inevitable.
Última edición: