Évano
Libre, sin dioses.
Descubren las farolas de la noche
las siluetas y casas de la aldea.
Camina, derruyendo en cada paso,
un hombre que recuerda cataratas
que caen de murallas del ayer.
Ahora los bolsillos de la luna
son sueños retenidos en las manos
que nunca arribarán a liberar
el amor encerrado en cada piedra.
No debieron poner tanto adoquín
incrustado en la calle que no estás.
Nunca debiste anclarme a tu pasado
ni al derrumbe de un pueblo y aledaños,
ni al puente donde fuiste mi jamás.
Ahora deambula solitaria
la niebla que devasta cada calle
y cada puerta que abre para siempre
la herida de unas piernas vagabundas
que ululan con los vientos de sus pasos.
Ahora soy más triste que esta noche,
la que esconde las ruinas de este pueblo.
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