Las flores de papel arden en la contumaz noche mientras tu lloriqueas por la pérdida irreparable de la santa inocencia que antaño poseía tu sagrado corazón.Ahora te prostituyes en las esquinas mugrientas de las colapsadas ciudades de hojalata,a la espera de que un anónimo espectro te de unas cuantas monedas gastadas por el sudor de su frente.Apenas las recibes,éstas te arden en tus manos palpitantes y furiosas;las dejas caer al pavimento de la pecaminosa calzada.Pero no pierdes esa sonrisa hipócrita de locuaz alegría enmascarada con el antifaz del lujo y el glamour.¡Oh!sí,no hay nada más rastrero que vender el cuerpo al demonio sagaz de la lujuria y acto seguido rezar al Dios de los cristianos para pedir,balbuciendo como un niño de teta,la remisión de los pecados,especialmente el de la serpenteada lujuria;que tan grave pesa sobre tu alma de almidón desbordada.Te haría falta un amor puro como la centella vespertina que brilla en el firmamento insomne de tus claros recuerdos,para así redimirte y volver a la locuaz jovialidad de unos años mozos donde todo era canto y brindis con alérgico champán de etiqueta negra.Pero no sufras más.El final del túnel nos espera a todos nosotros.Cuando el último aliento exhale de nuestra boca escarchada de la fría sombra y nuestra alma despliegue sus aberrantes alas en pos de la luz redentora o,en otros casos más trágicos,hacia la obscuridad calamitosa de un limbo ciego y mudo como la condenación eterna.