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Un relato con algo más que ratas

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por danie, 7 de Abril de 2015. Respuestas: 1 | Visitas: 717

  1. danie

    danie solo un pensamiento...

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    Capítulo I

    S
    oy de irritarme con facilidad, siempre mi amada, Elisabeth “que en paz descanse”, me comentaba que tenía una molesta característica; la de fastidiarme por trivialidades de la vida y mi incomprensible indignación hacia los inoportunos merodeadores del ámbito terrenal. Entre ellos se encuentran mis colegas “los trabajadores del cementerio”, los familiares de los difuntos, los médicos forenses que vienen a reclamar un cuerpo por burocráticas y ridículas gestiones tardías “efectos negligentes de sus actos”, y sobre todo los roedores nocturnos que albergan mi ámbito laboral, que es el mismo de mi hogar. Entre ellos puedo decir que están las ratas ocupando el primer lugar de mi colérica existencia.

    Detesto a las ratas, me causan repulsión. Las odio tanto que un par de veces tuve el placer de torturar a un par.
    Atrapé algunas con mis trampas caseras; ataba un pedazo de carne a un piolín, sosteniendo una caja con una varita de madera. Cuando la rata venía por la carne, el piolín se estiraba y la caja caía atrapándola con vida. Muchas veces tomaba la caja con la rata dentro y la lanzaba a las llamas de la chimenea, me deleitaba oír como la rata chillaba agónica mientras se quemaba y moría. Otras veces tomaba a la rata con una pinza por su asqueroso y peludo estómago y la crucificaba a un tablón de madera con un par de clavos en su cola, patas y vientre.
    Probé cientos de sistemas de tormento para estas malditas, creo que fue un pasatiempo que disfrutaba muchas veces, después de la muerte de mi querida Elizabeth.
    Pero a pesar de que maté un par de ellas, el cementerio está infectado de estas pestes, siempre vienen más, no importa cuántas mate.
    Llego a tener la teoría de que estas pestes anidan bajo las tumbas y se diseminan con gran velocidad.

    Hace apenas unas pocas noches, decidí poner veneno en los lugares que ellas frecuentan, pero parece que el veneno en vez de matarlas, las multiplica.
    Muchas veces traje un par de gatos para combatirlas, pero en pocas semanas, todos desaparecían.
    No miento si digo que una noche encontré el cadáver de uno de mis gatos, roído hasta los huesos por esas alimañas repulsivas.
    Es que algunas de esas malditas superaban el tamaño de los gatos y no me extraña que tengan la misma o incluso más fuerza que los felinos, en cantidad podrían matar a un gato y arrastrarlo hasta sus nidos.

    Ya se tornan más que una molestia, son una amenaza para la economía del cementerio, es que también he notado un par de tumbas roídas.
    ―¡Esas, malditas ratas, ni a los muertos dejan descansar en paz!

    Tengo la teoría de que se alimentan de los cadáveres y si algún familiar de los difuntos se entera, el cementerio entraría en una grave crisis económica, ningún familiar pretenderá enterrar a sus muertos en un lugar así.
    ―Son ellas o soy yo ―me digo constantemente―, las dos razas juntas no pueden habitar este mundo o por lo menos este lugar.
    Puede ser que esto de las ratas se está tornando una obsesión, pero esas malditas no pueden ganar.


    Capítulo II

    H
    oy, martes trece de abril, me levanté más temprano que de costumbre. Me desperté con una idea fija en mi mente; exterminar a esas malditas. Es que en toda la noche no me dejaron dormir; sobre el tejado de chapa que cubre mi alcoba las podía escuchar danzando alborozadas. Otra necesidad más para acabarlas, a eso sumándole que me causa odio pensar que esas pestes se están alimentado de los cadáveres, y que pudieron haberse comido a mi preciada Elizabeth.

    Me acerco a la tumba más cercana y comienzo a escavar para que mi teoría se torne una verdad irrefutable. Cavo un metro de tierra hasta el ataúd y noto que definitivamente tenía razón. La madera del cajón esta agujereada por los laterales, como si esas malditas hubiesen perforado el cajón para sacar los pedazos del cadáver y llevarlos a sus nidos. Alrededor del cajón puedo percibir pequeños pasadizos que se adentran en la tierra.
    ―Ya no tengo dudas. ¡Tengo razón!
    Sólo para satisfacer mi curiosidad decido abrir el ataúd y me encuentro con que al cadáver le falta más de la mitad del cuerpo. No tiene piernas ni brazos, sólo tiene el torso y la cabeza.
    Es el cadáver de una anciana que no estaba muerta desde mucho tiempo, apenas la enterré hace tres días; a pesar de sentir el hedor normal de un difunto en descomposición no era tiempo suficiente para que la tierra haga estragos con el cuerpo, es más puedo decir que noto que la parte superior del fémur esta roída.
    Son los malditos roedores que le royeron hasta los huesos.

    Veo que se acerca una rata por los pasadizos laterales a la difunta.
    ―¡Por Dios, es enorme!
    Negra como la cloaca misma, peluda y repulsiva, con dos grandes maxilares que sobresalen de su hocico por su color amarillo y una grisácea cola larga sin pelo.
    Puedo notar que se sujeta con esas enormes garras al difunto cuerpo.

    La maldita no nota mi presencia y se dispone a seguir el trabajo que comenzó; la labor de seguir desprendiendo los pedazos de la difunta anciana.
    Tomo con fuerza la pala y se la clavo en la cabeza, la rata chilla y muere al instante.
    Veo que por los otros huecos de la tierra vienen más, un par más, muchas más.
    ―¡Por Dios, está repleto de esas pestes!
    Una de esas malditas me trepa por la espalda y me clava sus filosos maxilares en el cuello, yo la jalo de la cola y la lanzo con furia. En ese preciso instante otra brinca sobre mí y clava sus maxilares en mi mano con la que lancé a la anterior. Salgo espasmódico de la fosa y con una cólera mayor al que antes les tenía, entre blasfemias, juro que esas pestes serán exterminadas. Lo juro por mi sangre, juro que serán ellas o seré yo.


    Capítulo III

    ―T
    engo una idea de la que no se pueden salvar ―me digo con una sonrisa de oreja a oreja.
    Camino hasta el almacén del cementerio, ahí tengo todas las herramientas necesarias para llevar a cabo mi plan. Un bidón con cinco litros de nafta, un pedazo de tela humedecida en querosén para que actúe de mecha y una caja con cerillos.

    Pienso frenéticamente en la idea de incendiar su nido; sé que es una medida extremista, pero les tengo tanta repulsión a esas malditas que se nubla mi mente y no puedo pensar en otra cosa para exterminarlas. Aparte el fuego acaba con todas las pestes habidas en el mundo y por eso mismo tiene que funcionar.

    Camino hasta la fosa donde estaba el cadáver roído por esas alimañas; había visto un par de huecos en la tierra, seguro que esos huecos conducen hasta sus nidos, aparte por la forma en que estaba cortado el cuerpo y los pedazos que fueron arrastrados, los nidos no estarían lejos de ahí.

    Llego hasta la fosa y me encuentro que el torso de la difunta ya no está, en su lugar sólo queda su podrida cabeza.
    ―¡Dios, esas malditas se mueven rápido!

    Mientras desciendo a la fosa, empiezo a sentir un estado de somnolencia, una pesadumbre en todo mi cuerpo; me mareo, tambaleo y caigo justo en la postura que entes estaba el cuerpo de la difunta.
    No estoy inconsciente, tampoco durmiendo, sólo siento una enorme parálisis en todo el cuerpo.
    No me puedo mover por más que lo intento, sólo puedo respirar y ver como esas malditas alimañas se acercan.
    Ahora es cuando pienso que tal vez la pestes que me mordieron, en la mano y el cuello, tenía algún tóxico en sus maxilares, como una anestesia parcial para mis músculos del cuerpo, alguna sustancia que no me duerme por completo, pero me inmoviliza por un tiempo “igual que el pentotal que usan los cirujanos para operar a sus pacientes”. Tal vez, de esa forma desaparecieron todos los gatos que he tenido. Los mordían, los inmovilizaban y se los llevaban a los nidos.
    ―Sí, realmente, era así… ―me digo―. ¡Estoy en un grave peligro!

    Intento gritar, pedir ayuda, pero mi boca no emite sonido alguno, tengo también la lengua paralizada por completo al igual que mi cuerpo, y entro en pánico mientras los malditos roedores se acercan.
    Un par de esas pestes empiezan a jalarme de la botamanga del pantalón, parece que la intención de estas malditas es llevarme de cuerpo entero a sus nidos pero… ¿cómo? Semejante contextura de mi anatomía no puede pasar por esos huecos hechos en la tierra, son huecos grandes, pero no lo suficientes para que pase un cuerpo entero.
    No sé cómo, pero realmente logran arrastrarme y mi cuerpo pasa mientras la tierra se va desmoronando “los fragmentos de tierra caen sobre mi cuerpo, no me asfixian, ya que el acarreo dura unos segundos hasta desembocar en un conducto ampliamente grande y con espacio para que desfile todo un regimiento”.

    Es un labor impresionante el de los roedores, han hecho huecos por todo el cementerio que conducen a un conducto matriz bastante amplio, lo usan como canales en los que trasportan el alimento “en ocasiones vivo”.

    Tengo sujeto a mi mano el bidón de nafta con la mecha embadurnada en querosén, no la puedo soltar por la inmovilización que me generaron los roedores; la contracción de los músculos y los tendones del cuerpo no se dilataron, todo lo contrario, se tensionaron más desde que el tóxico hizo efecto, y el bidón con combustible quedó firmemente sujeto a mi mano como la primera vez que lo agarré.
    Esto me da una posible solución a mi problema de pestes y un gran dilema que entra en contradicción con mi vida misma.
    Sólo necesitaría una chispa para comenzar la combustión, una vez dentro de los nidos, ellas se quemarían vivas y, por consecuencia, yo también.



    Capítulo IV

    D
    espués de unos prolongados minutos de acarreo me encuentro en una ciudad de una gran labor arquitectónica, un trabajo impecable al que no se le escapa ningún detalle. Muros levantados con greda debajo de la tierra formando un gran albergue para los roedores. Caminos prolongados en las cuales circulan con un paso ordenado centenas de alimañas. Incluso, parecería que hay una escala jerárquica entre ellas; hay ratas obreras que se encargar de escavar y construir, otras son las de expedición que van a buscar comida, también las más distinguidas que tienen rangos de jefes y distribuyen las tareas hacia las súbditas, estas a diferencia del resto son mucho más grandes y caminan erectas apoyándose en sus dos patas traseras. Deambulan igual que cualquier humano.
    Un detalle más no se me escapa de la vista: también tienen luz eléctrica, se ve claramente cables de luz que pasan la corriente hacia inmensas lámparas en el techo para iluminar toda la ciudad.
    ―¡Es increíble!

    En estos momentos empiezo a pensar que un bidón de nafta no alcanzaría para quemar todo esto, la ciudad es tan grande que sólo le generaría una pequeña fogarata, es muy evidente que ni una estación gasolinera podría destruir esto.
    Las ratas construyeron toda una ciudad y lo hicieron debajo de mi cementerio.
    ―¿Cómo lo hicieron? ¿Y cómo destruir su creación? ―me pregunto perplejo.
    A ninguna de las dos preguntas por el momento les encuentro respuestas.
    Posiblemente, todo este lugar, haya sido una cueva deshabitada por mucho tiempo, y las ratas hicieron su hogar en ella; pero una cueva debajo de la tierra es muy poco probable, incluso ya es increíble ver como estas alimañas restauraron el lugar.

    Finalmente me dejan en la entrada de una inmensa bóveda tapada por una roca aún más grande. La piedra esta sujetada por una soga que conecta a una polea; un sistema mecánico que permite abrir y cerrar la bóveda.
    Así, una rata mayor da la orden de comenzar la función del mecanismo y un par de ratas menores hacen girar la rueda de la polea para así poder ver las profundidades del lugar que utilizan para almacenar la comida.

    Estas ratas son muy inteligentes, tanto como los humanos. Es imposible que a un animal, sea cual sea la especie, se le ocurra tal genialidad y que se desarrolle con tanta eficacia.

    Dentro de la bóveda puedo observar que no soy el único ser vivo para las manutenciones de los roedores.
    Mientras pienso, cómo es posible que las ratas hagan todo esto, me encuentro con un par de gatos "mis antiguas mascotas" mutilados por los roedores y otros que incluso están con vida. Los felinos respiran, puedo ver sus vientres que se expanden y contraen, pero no se pueden mover por las toxinas de los maxilares de las ratas.
    Un paisaje tétrico y desgarrador alberga esta especie de depósito de alimentos.


    Capítulo V


    U
    n hormigueo empieza a recorrerme todo el cuerpo, dura un par de segundos y apenas termina me doy cuenta que puedo comenzar a mover los dedos de las manos. El efecto de las toxinas se está disgregando gradualmente; todavía no puedo mover los músculos con fuerza, pero una leve fricción de mi mano sobre el bidón de combustible que, a pesar de todo, sigo sosteniendo me trae consuelo a la tensión que sobrellevo.
    Sé que sólo es cuestión de un par de minutos para que pueda levantarme y ponerme a buscar una forma de salir de esta bóveda que me encierra.

    Me invade el asombro cuando oigo la voz de una mujer afuera de la bóveda. Una voz suave y delicada, muy familiar, es idéntica a la voz de mi amada esposa, Elisabeth.
    ―¿Cómo? Es imposible ―me repito una y otra vez―. ¿Cómo puede ser? Elisabeth, murió por la peste blanca en la navidad del año pasado.
    Con gran interés intento escuchar lo que dice.
    ―¡Muevan la roca!
    Apenas termina la orden, se oye como rechina la polea oxidada y se empieza a filtra la luz mientras la piedra lentamente se desplaza.
    Ya cuando la roca termina de moverse puedo divisar a la distancia la figura de esa conocida mujer.
    ―Es Elisabeth, definitivamente es ella ―me digo intentando convencer a mi mente por toda la extrañeza de los hechos.

    Tras mi sorpresa se mezclan una incontable cantidad de sentimientos, no son sólo de alegría, ya que mí sentido común me dice que más allá de lo increíble del suceso algo no está bien.
    ―Es Elisabeth, está viva, y tiene potestad sobre las ratas.

    Esta con el mismo vestido que la enterré esa noche trágica de diciembre, pero su aspecto a cambiado. Su larga cabellera de color negro azabache está completamente enmarañada, su rostro tomo por partes un color pálido igual que el semblante de un muerto y por otras partes se puede notar su piel reseca e incluso comida por los gusanos. Sus manos escuálidas dejan ver hasta los huesos.

    Ella se acerca hasta donde estoy yo, y con la luz que entra por la puerta de este recinto puedo ver mejor los detalles que me dan la certeza de que tiene el aspecto de un muerto que ha estado todos estos meses enterrado.
    ―¡Mi amor, te extrañé! ―me dice mientras se acerca dejando por el suelo pedazos de su vestido deteriorado.
    ―¡No te acerques! ―le digo con terror mientras me arrastro, con las pocas fuerzas que tengo, para terminar acorralado a las paredes de la bóveda.
    ―¡Qué es lo que pasa contigo? ¿Acaso, ya no me quieres?
    ―¡No, aléjate! ―le replico desviando la mirada de su rostro que tanto espanto causa.
    ―¡Aléjate, no te me acerques!
    Ella sonríe e inmediatamente gira la cabeza para ordenarles a los roedores: ―¡Cierren la bóveda!
    ―¡¡¡No!!! ―grito desesperado hasta perder el aliento.
    El pánico es tan grande que lanzo el bidón de combustible sobre ella, pero no me percato que esta tan cerca de mí, por consecuencia, yo también soy empapado en combustible.
    ―¡Qué genial idea, amor mío! ―ella me dice cogiendo los cerillos que se me cayeron tras el horror de su aparición. Enciende un cerillo y continúa―. Esto hará a nuestro amor más candente.


    Capítulo VI


    M
    e despierto sudando, gritando, pataleando y pegando un brinco de la cama al suelo de mi habitación.
    ―Todo fue una maldita pesadilla ―me digo mientras intento tranquilizar a mis latidos que pareciera que se me quieren escapar por la boca. Me aferro a las sábanas pensando que fue un sueño muy nítido, pero nada más que eso; estoy a salvo en mi hogar, en mi cama.

    Oigo el ruido que provocan los roedores sobre el techo de zinc que da a mi alcoba. Los brincos de esas pestes producen un estruendo cada vez más grande.

    Miro la hora, son las tres de la madrugada; me tengo que dormir, ya que mañana me espera un día agitado en el cementerio, más agitado que de costumbre porque tengo que ver cómo puedo exterminar a la plaga de las ratas.

    Me dispongo a ir por un vaso de agua para calmarme y así nuevamente conciliar el sueño.
    Entro en la cocina para coger un vaso y una pequeña rata se me cruza por entre los pies.
    ―¡Malditas pestes! ―grito enfurecido.
    En el trayecto de la alcoba a la cocina me doy cuenta que la puerta de entrada de mi casa estaba abierta.
    ―¡Qué despistado soy! ―me digo mientras me llevo la mano a la frente.
    Seguramente dejé la puerta sin llave y mal cerrada, ando medio loco por el tema de las ratas que invadieron mi cementerio, y por culpa de eso tengo ratas dentro de mi casa.
    Pero sé que no debo pensar en el problema de las ratas, ahora tengo que dormir para mañana poder solucionar eso.
    Entro nuevamente a la alcoba sin prender la luz, ya que no quiero desvelarme por completo.
    Me acuesto, finalmente parece que voy a conciliar el sueño, mas una mano huesuda comienza a acariciarme el pecho y la voz de Elisabeth me susurra al oído:
    ―¡Amor mío, por fin juntos de nuevo!

    Así, frente a la mirada de decenas de ratas que marchan por la alcoba, la mortuoria y cadavérica Elisabeth sujeta mis brazos para inmovilizarme mientras a la vez se sube sobre mi cuerpo para darme la última noche de necrófilo sexo.

    Fin.​
     
    #1
    Última modificación: 7 de Abril de 2015
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  2. Azalea

    Azalea Poeta veterano en el portal

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    ¡Fantástico! Un cuento que atrapa, que te lleva hasta leerlo todo completico. Te dejo mis aplausos y pienso que deberías imprimirlo en un librito
    Te suena? Lo pensé mientras lo leía. Los dibujitos los puede hacer Rosendo. :p ¡Me encantó,Daniel, me encantó! Eres fenomenal con los cuentos.
     
    #2
    A danie le gusta esto.

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