Fingal
Poeta adicto al portal
Hace tiempo me despreciaste y me humillaste en lo más profundo, hasta renegar de lo supuestamente más valioso de mí. Solo pude aceptarlo comprendiendo que no tenías elección, que no estaba en tus manos valorarme como yo a ti. Inevitablemente, al instante, descubrí que los tesoros que supuestamente te ofrecía eran igualmente carentes de valor, porque yo tampoco podría haber hecho otra cosa.
Y sin embargo, sosteniendo este pedazo de verdad en mis manos, lo arrojé lejos de mí, indignado, y decidí que yo no me definiría en mi libertad y mis decisiones, sino en mi naturaleza inconsciente y en las emociones que de ella emanaran o en ella se proyectaran.
Y así acabé tan arrepentido de mí mismo.
He vuelto a quererte una y otra vez, cada vez con la misma intensidad o más, con el mismo asombro, con la misma incapacidad para contener el sentimiento, con la misma emoción que se desborda en lágrimas como última expresión de lo que ya no solo trasciende al cerebro sino también al alma.
¿Sabes? Empieza a parecerme rutina. Empiezo a cansarme de la música celestial que me envían los dioses o quien sea, tocada con instrumentos fuera del alcance de los humanos, hasta extasiarme. No puedo dejar de emocionarme y exaltarme en la melodía. Y no creo que sea malo del todo, no, pero no me conformo con correr en la rueda como un hámster enjaulado.
Sin embargo, si pudiera aprender a tocar un par de notas, aunque sea chocando dos palos, la palmada de mis propias manos, si en vez de la magia casi imposible del amor a primera vista, si en vez de la casualidad de una comprensión y complicidad plena y además habernos encontrado, si en vez de eso pudiéramos rozar ese inalcanzable más absoluto que supondría poder elegirnos, ¿puedes imaginar y soñar con lo que tendríamos, lo que lograríamos, lo que nos podríamos entregar, lo que podríamos llegar a sentirnos, mucho más allá de querernos, si pudiéramos decidir querernos?
Y sin embargo, sosteniendo este pedazo de verdad en mis manos, lo arrojé lejos de mí, indignado, y decidí que yo no me definiría en mi libertad y mis decisiones, sino en mi naturaleza inconsciente y en las emociones que de ella emanaran o en ella se proyectaran.
Y así acabé tan arrepentido de mí mismo.
He vuelto a quererte una y otra vez, cada vez con la misma intensidad o más, con el mismo asombro, con la misma incapacidad para contener el sentimiento, con la misma emoción que se desborda en lágrimas como última expresión de lo que ya no solo trasciende al cerebro sino también al alma.
¿Sabes? Empieza a parecerme rutina. Empiezo a cansarme de la música celestial que me envían los dioses o quien sea, tocada con instrumentos fuera del alcance de los humanos, hasta extasiarme. No puedo dejar de emocionarme y exaltarme en la melodía. Y no creo que sea malo del todo, no, pero no me conformo con correr en la rueda como un hámster enjaulado.
Sin embargo, si pudiera aprender a tocar un par de notas, aunque sea chocando dos palos, la palmada de mis propias manos, si en vez de la magia casi imposible del amor a primera vista, si en vez de la casualidad de una comprensión y complicidad plena y además habernos encontrado, si en vez de eso pudiéramos rozar ese inalcanzable más absoluto que supondría poder elegirnos, ¿puedes imaginar y soñar con lo que tendríamos, lo que lograríamos, lo que nos podríamos entregar, lo que podríamos llegar a sentirnos, mucho más allá de querernos, si pudiéramos decidir querernos?