Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
La barra es de esas que uno encuentra en cualquier pueblo, con las paredes sudando historias que ya nadie recuerda. La luz amarillenta parpadea como si estuviera cansada de iluminar las mismas caras de siempre, las mismas botellas medio vacías y los mismos silencios que pesan más que las palabras. Tragos baratos, lo suficiente para emborracharse sin pensar en el mañana, porque aquí nadie tiene mañana, solo un presente eterno que se deshace entre vasos y tragos de licor barato. Pido uno más, lo que sea que queme, que me borre aunque sea por un rato.
Al fondo, la vellonera suena, esa vieja máquina que aún sobrevive a golpes y nostalgias. Una moneda de peseta es suficiente para hacerla gemir una melodía que suena a todos los desamores del mundo. "Cuando trato de olvidarte regresas", dice la canción, y no sé si reírme o llorar. Siempre regresas, maldita sea. Cada trago es un intento fallido de arrancarte de la piel, pero ahí estás, en cada sorbo, en cada suspiro, en cada pausa entre el golpe del vaso contra la mesa y el silencio que le sigue.
La barra huele a tiempo detenido, a días que se escurren lentos como el alcohol en mi garganta. Las conversaciones alrededor son murmullos, ecos de vidas que no me importan, que no se atreven a rozar la mía. Solo está la canción, esa que se clava en los oídos y revuelve la cabeza, que dice lo que yo no me atrevo. "Regresas", dice, como si hubiera algún escape de ti. Y yo aquí, perdido entre tragos y recuerdos, tratando de ahogar tu nombre en esta botella barata que no tiene fondo, igual que mi soledad.
El trago baja, fuerte y áspero, y mientras la melodía sigue, siento que todo en esta barra se funde en un solo compás. Las luces, las voces, el humo del cigarrillo que nunca enciendo. Todo está aquí para hacerme compañía, pero nadie, ni el whisky, ni la canción, ni la barra, pueden hacer que te vayas de mí.
En la vellonera, alguien le mete otra peseta, y la misma canción vuelve a sonar. "Cuando trato de olvidarte, regresas", otra vez, como si el universo estuviera conspirando en mi contra, como si todo se redujera a este ciclo sin fin: tomar, escuchar, tratar de olvidar, y fallar, siempre fallar.
Levanto el vaso una vez más. Bebo por ti, por lo que fuimos y lo que nunca seremos. Y por mí, el que sigue aquí, en esta barra de pueblo cualquiera, esperando que, tal vez, esta vez, el trago sea lo suficientemente fuerte como para arrancarte de mi vida de una vez por todas.
Al fondo, la vellonera suena, esa vieja máquina que aún sobrevive a golpes y nostalgias. Una moneda de peseta es suficiente para hacerla gemir una melodía que suena a todos los desamores del mundo. "Cuando trato de olvidarte regresas", dice la canción, y no sé si reírme o llorar. Siempre regresas, maldita sea. Cada trago es un intento fallido de arrancarte de la piel, pero ahí estás, en cada sorbo, en cada suspiro, en cada pausa entre el golpe del vaso contra la mesa y el silencio que le sigue.
La barra huele a tiempo detenido, a días que se escurren lentos como el alcohol en mi garganta. Las conversaciones alrededor son murmullos, ecos de vidas que no me importan, que no se atreven a rozar la mía. Solo está la canción, esa que se clava en los oídos y revuelve la cabeza, que dice lo que yo no me atrevo. "Regresas", dice, como si hubiera algún escape de ti. Y yo aquí, perdido entre tragos y recuerdos, tratando de ahogar tu nombre en esta botella barata que no tiene fondo, igual que mi soledad.
El trago baja, fuerte y áspero, y mientras la melodía sigue, siento que todo en esta barra se funde en un solo compás. Las luces, las voces, el humo del cigarrillo que nunca enciendo. Todo está aquí para hacerme compañía, pero nadie, ni el whisky, ni la canción, ni la barra, pueden hacer que te vayas de mí.
En la vellonera, alguien le mete otra peseta, y la misma canción vuelve a sonar. "Cuando trato de olvidarte, regresas", otra vez, como si el universo estuviera conspirando en mi contra, como si todo se redujera a este ciclo sin fin: tomar, escuchar, tratar de olvidar, y fallar, siempre fallar.
Levanto el vaso una vez más. Bebo por ti, por lo que fuimos y lo que nunca seremos. Y por mí, el que sigue aquí, en esta barra de pueblo cualquiera, esperando que, tal vez, esta vez, el trago sea lo suficientemente fuerte como para arrancarte de mi vida de una vez por todas.