BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay un ligero temblor en las copas
una ausencia de años se presenta,
tardía, escuetamente, entre abrojos
y cardos disecados. Un iris parpadea,
su voluntad hecha hierro, atraviesa
praderas símbolos orgías nebulosas,
inciertos tamaños de rojas penumbras,
acacias vestimentas, lujosos atuendos.
Algo roza el principio de las cosas,
un esqueleto lleno de perplejidades,
un eterno cenicero que bascula bajo
lloviznas y secas maderas acuáticas.
Perímetros, límites y secuencias sonoras,
radios o humedades negruzcas participan
del anuario conquistado. Entre estrategias
párpados que convoca, cejas que mienten,
pómulos instalados en su cómoda desidia,
arden, al contacto con el elemental frenesí
de los árboles altivos. Frondas, selvas vírgenes,
peristilos de columnas que retuercen sus sonidos,
comparecencias míticas de amuletos viejos,
de causas o banderas establecidas en los límites
desubicados. Esencial, la niebla consume
bosques fragancias estiletes negras asunciones
de petrificados miembros viriles. Entre las
estatuas nevadas un siglo de cuerpos que llenan
las paredes vetustas ramificaciones de astros
en su luz completa. Universos que vuelcan
su ira de piel y de asombro, de voces y ecos,
de troncos pétreos que bajan por el río consensuado.
Un sector de semillas que albergan la acción y la disolución,
candentes materias, opositando su verbo grácil y nefasto.
Entre naciones apenas consentida, un rayo que otorga,
la memoria inaprensible que confiere más memorias,
el veneno y la ponzoña de tantos años neumáticos.
©
(05/09/2018)
una ausencia de años se presenta,
tardía, escuetamente, entre abrojos
y cardos disecados. Un iris parpadea,
su voluntad hecha hierro, atraviesa
praderas símbolos orgías nebulosas,
inciertos tamaños de rojas penumbras,
acacias vestimentas, lujosos atuendos.
Algo roza el principio de las cosas,
un esqueleto lleno de perplejidades,
un eterno cenicero que bascula bajo
lloviznas y secas maderas acuáticas.
Perímetros, límites y secuencias sonoras,
radios o humedades negruzcas participan
del anuario conquistado. Entre estrategias
párpados que convoca, cejas que mienten,
pómulos instalados en su cómoda desidia,
arden, al contacto con el elemental frenesí
de los árboles altivos. Frondas, selvas vírgenes,
peristilos de columnas que retuercen sus sonidos,
comparecencias míticas de amuletos viejos,
de causas o banderas establecidas en los límites
desubicados. Esencial, la niebla consume
bosques fragancias estiletes negras asunciones
de petrificados miembros viriles. Entre las
estatuas nevadas un siglo de cuerpos que llenan
las paredes vetustas ramificaciones de astros
en su luz completa. Universos que vuelcan
su ira de piel y de asombro, de voces y ecos,
de troncos pétreos que bajan por el río consensuado.
Un sector de semillas que albergan la acción y la disolución,
candentes materias, opositando su verbo grácil y nefasto.
Entre naciones apenas consentida, un rayo que otorga,
la memoria inaprensible que confiere más memorias,
el veneno y la ponzoña de tantos años neumáticos.
©
(05/09/2018)