Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
El viento de octubre sopla suave,
arrastrando consigo los ecos de los años.
Las hojas, doradas y frágiles,
se desprenden lentamente,
caen como suspiros al suelo.
Caminamos por senderos de recuerdos,
donde cada paso resuena en el silencio,
donde la memoria es un río incesante
que fluye sin detenerse,
que nos lleva sin piedad ni pausa.
Los días se acortan, las sombras se alargan,
y en el crepúsculo de nuestra existencia
nos encontramos, a veces solos,
mirando el horizonte con nostalgia,
contemplando el vaivén de lo que fuimos.
La vida se desnuda en su verdad más pura,
despojándose de las mentiras del verano.
El frío se instala en los huesos,
pero el alma, cálida aún,
guarda el fuego de los amores vividos.
Cada hoja que cae es un testimonio,
de la belleza efímera, del tiempo implacable.
Nosotros, como esas hojas,
caemos suavemente,
en la tierra que nos acoge,
en el ciclo eterno del ser y el no ser.
En el otoño de la vida,
hay una melancolía dulce,
un adiós sereno a los días luminosos,
y una aceptación tranquila
de la paz que trae consigo el invierno.
Así, en silencio,
observamos el mundo pasar,
como el río que corre,
como el viento que susurra,
sabiendo que cada hoja caída
es un poema escrito en el suelo del tiempo.
arrastrando consigo los ecos de los años.
Las hojas, doradas y frágiles,
se desprenden lentamente,
caen como suspiros al suelo.
Caminamos por senderos de recuerdos,
donde cada paso resuena en el silencio,
donde la memoria es un río incesante
que fluye sin detenerse,
que nos lleva sin piedad ni pausa.
Los días se acortan, las sombras se alargan,
y en el crepúsculo de nuestra existencia
nos encontramos, a veces solos,
mirando el horizonte con nostalgia,
contemplando el vaivén de lo que fuimos.
La vida se desnuda en su verdad más pura,
despojándose de las mentiras del verano.
El frío se instala en los huesos,
pero el alma, cálida aún,
guarda el fuego de los amores vividos.
Cada hoja que cae es un testimonio,
de la belleza efímera, del tiempo implacable.
Nosotros, como esas hojas,
caemos suavemente,
en la tierra que nos acoge,
en el ciclo eterno del ser y el no ser.
En el otoño de la vida,
hay una melancolía dulce,
un adiós sereno a los días luminosos,
y una aceptación tranquila
de la paz que trae consigo el invierno.
Así, en silencio,
observamos el mundo pasar,
como el río que corre,
como el viento que susurra,
sabiendo que cada hoja caída
es un poema escrito en el suelo del tiempo.
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