UNA NOCHEBUENA
Un año más aquellas entrañables fiestas de la Navidad habían llevado al bueno de Don Gaudencio al borde de la depresión, del que se alejaba el seis de enero, cuando cesaban las guirnaldas y los"pesebres", los abetos iluminados; cesaban, en fin, las artificiales alharacas de las fiestas y volvía la grisura en la que él tan cómodo se encontraba. Pero era inevitable: renacía la Navidad.
En la Nochebuena invitaría a cenar a aquella pareja de ancianos (bueno, tenían su misma edad, poco más menos, pero "se les veía mayores") que vivían en el tercero derecha; dos seres afectuosos y educados que, solitarios como él, eran su familia subsidiaria y desinteresada. Una cena compartida también con Servanda, la vieja doncella que asistía a Don Gaudencio desde nadie sabía cuándo y que se retiraba discretamente cuando comenzaba la sobremesa; un menú liviano, postres de turrón blandito y alfajores sevillanos bien aliñados con ajonjolí, una copita de anís -dulce para ella, seco para ellos- y algo de tertulia con el inevitable renacer de nostalgias compartidas.
Antes de la cena, con el ritual repetido año tras año, un ceremonioso intercambio de presentes (“Una nadería, don Gaudencio, un pequeño obsequio para corresponder a sus atenciones”). Nada de televisión. Si acaso, bajito, alguna emisión radiofónica con la música de siempre. Él, viejo funcionario, antiguo crápula desilusionado, se permitía abandonar su caparazón de soledad para (entendía él) acoger a aquellos vecinos que, a su vez (pensaban ellos), concedían el privilegio y el calor de su compañía a aquel pobre hombre, siempre tan solo, necesitado de unas palabras amigas. Una mutua ayuda atribuída por cada parte a una cuota de generosidad a la que sus principios, esa abstracción, les obligaba.
Lo peor de la velada eran los momentos de silencio. Eran como heridas en el tiempo, como si una bayoneta afilada e imprevista seccionase ese cálido y transitorio estado de bienestar, permitiendo que el helador viento de los recuerdos aislase a cada comensal en un témpano al que, afortunadamente, la socorrida frasecita: ¿un poco más de anís, doña Clarita? fundía (¿dos, tres veces durante la velada?) como si una alegre campanilla sonase en aquel ambiente extenuado, campo imposible para las convocadas alegrías de la Navidad, espacio en el que no cabía la esperanza puesto que nada exterior a ellos se esperaba. Viejos escombros de una época caduca, ellos, educados, protocolarios, deferentes para con estos forzados prójimos, podían ser el paradigma del sinsentido de unas fiestas socialmente perseveradas, pero a las que se ha robado su esencia espiritual.
La conversación, mantenida sottovoce, como con temor a molestar al vecindario inexistente, a veces era alterada por el griterío de grupos de gentes callejeras. Entonces unas afectadas sonrisas animaban los rostros: “¿Se acuerda, don Gaudencio, en nuestra juventud? Aquellas sí que eran fiestas. Nos reuníamos los vecinos y cantábamos villancicos al son de la zambomba; todos, los abuelos, los hijos, los nietos... Primero a Misa de Gallo, después a seguir la fiesta con sidra y polvorones y canciones...” La conversación, al igual que sus vidas, se iba adelgazando, adelgazando. Pronto, la extenuación.
Un año más aquellas entrañables fiestas de la Navidad habían llevado al bueno de Don Gaudencio al borde de la depresión, del que se alejaba el seis de enero, cuando cesaban las guirnaldas y los"pesebres", los abetos iluminados; cesaban, en fin, las artificiales alharacas de las fiestas y volvía la grisura en la que él tan cómodo se encontraba. Pero era inevitable: renacía la Navidad.
En la Nochebuena invitaría a cenar a aquella pareja de ancianos (bueno, tenían su misma edad, poco más menos, pero "se les veía mayores") que vivían en el tercero derecha; dos seres afectuosos y educados que, solitarios como él, eran su familia subsidiaria y desinteresada. Una cena compartida también con Servanda, la vieja doncella que asistía a Don Gaudencio desde nadie sabía cuándo y que se retiraba discretamente cuando comenzaba la sobremesa; un menú liviano, postres de turrón blandito y alfajores sevillanos bien aliñados con ajonjolí, una copita de anís -dulce para ella, seco para ellos- y algo de tertulia con el inevitable renacer de nostalgias compartidas.
Antes de la cena, con el ritual repetido año tras año, un ceremonioso intercambio de presentes (“Una nadería, don Gaudencio, un pequeño obsequio para corresponder a sus atenciones”). Nada de televisión. Si acaso, bajito, alguna emisión radiofónica con la música de siempre. Él, viejo funcionario, antiguo crápula desilusionado, se permitía abandonar su caparazón de soledad para (entendía él) acoger a aquellos vecinos que, a su vez (pensaban ellos), concedían el privilegio y el calor de su compañía a aquel pobre hombre, siempre tan solo, necesitado de unas palabras amigas. Una mutua ayuda atribuída por cada parte a una cuota de generosidad a la que sus principios, esa abstracción, les obligaba.
Lo peor de la velada eran los momentos de silencio. Eran como heridas en el tiempo, como si una bayoneta afilada e imprevista seccionase ese cálido y transitorio estado de bienestar, permitiendo que el helador viento de los recuerdos aislase a cada comensal en un témpano al que, afortunadamente, la socorrida frasecita: ¿un poco más de anís, doña Clarita? fundía (¿dos, tres veces durante la velada?) como si una alegre campanilla sonase en aquel ambiente extenuado, campo imposible para las convocadas alegrías de la Navidad, espacio en el que no cabía la esperanza puesto que nada exterior a ellos se esperaba. Viejos escombros de una época caduca, ellos, educados, protocolarios, deferentes para con estos forzados prójimos, podían ser el paradigma del sinsentido de unas fiestas socialmente perseveradas, pero a las que se ha robado su esencia espiritual.
La conversación, mantenida sottovoce, como con temor a molestar al vecindario inexistente, a veces era alterada por el griterío de grupos de gentes callejeras. Entonces unas afectadas sonrisas animaban los rostros: “¿Se acuerda, don Gaudencio, en nuestra juventud? Aquellas sí que eran fiestas. Nos reuníamos los vecinos y cantábamos villancicos al son de la zambomba; todos, los abuelos, los hijos, los nietos... Primero a Misa de Gallo, después a seguir la fiesta con sidra y polvorones y canciones...” La conversación, al igual que sus vidas, se iba adelgazando, adelgazando. Pronto, la extenuación.