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Una Nueva Sabina (La Caída de Ícaro)

Tema en 'Relatos extensos (novelas...)' comenzado por Samuel17993, 18 de Febrero de 2020. Respuestas: 2 | Visitas: 143

  1. Samuel17993

    Samuel17993 Poeta que considera el portal su segunda casa

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    Una Nueva Sabina

    Primer capítulo: Una Imagen Parlante
    Era una noche profunda, en la que no se veía ni siquiera las luces blanquecinas de las estrellas. Únicamente un gran punto en la tierra se iluminaba, lleno de diminutos puntitos dispersos, formando un collar de plata estelado. Frente a la negritud del ámbito celeste de los dioses, la tierra era coronada de una plata por la que la Luna envidiaba a los hombres; los astros perdían su visibilidad por ultraje terrenal, con una competencia lumínica desleal. Aquella costelación en miniatura tilintaba en manos de una tierra desde donde se elevaba como por hilos invisibles. La visión del lugar de aquel día irá descendiendo, acercándose hacia allí, pudiéndose grabar el sonido, y dejando ver el territorio de los hombres.

    La música de la fiesta improvisada se escuchaba desde lo alto de un montículo hasta los prados del llano, que se desdibujaban en la mayor obscuridad. Algunos gritos o sonidos, que recordaban a voces humanas emitidas desde una cueva, expulsados desde muy lejos pero escuchadas muy altas y, a su vez, sin ser muy bien entendidas, dejaban intuir que se lo estaban pasando en grande. El sonido era un gran altavoz con miles de voces dispersas como perdigones, y algunas iban escuchándose mejor, poco a poco, captándose cada sonido con mayor nitidez, si se esperaba calmadamente con el oído. Si se os acercara hacia la escena, de esa forma, las voces y la música sonarían como un corazón latiendo por medio de un instrumento para auscultarlo. El sonido y la imagen podían ser captados con gran precisión, y podríamos ver ya aquel lugar por dentro si nos acercásemos más.

    Allí, nos encontraríamos con un grupo de amigos en una esquina, reunidos para disfrutar del jolgorio festivo. Normalmente, en el grupo serían cinco, pero uno de ellos se había emparejado y el otro estaba en otro grupo intentando ligar con una muchacha. Los tres que quedaban estaban medio borrachos o borrachos directamente, con ganas de una «buena experiencia» (que diría algún comercial), que básicamente se describiría como una ansiada necesidad de sexo, cual motos quemando rueda y corriendo hasta estamparse a un muro. El más alto tenía unas barbas cuidadas y poco profusas, perfiladas y rizadas; un pelo corto de punta, fijado con gomina por el centro, y otros pelos doblados hacia los lados, como hojas de laurel corintio. Otro de ellos era de altura mediana, casi más bien bajo, lo cual no se notaba gracias al tercero de ellos, y algo fondón y musculado. En cambio, el más bajito, tenía un pelo en forma de champiñón, risa aguda y una nariz que, finamente, acababa como en un pequeño garfio.

    Los tres estaban deseando y buscando una noche con algún tipo de diversión, tras una tarde-noche sin ninguna sorpresa. Se sentían abandonados por sus dos amigos ausentes y necesitaban despistar sus pocas luces con alcohol. Habían encontrado en una chica el objetivo de sus cuchicheos y de sus fantasías. Aunque intentaban disimular, era muy evidente que estaban interesados en ella. De tal manera que su primera conversación sobre ella comenzó literalmente así:

    — Vaya morenaza —dijo el mediano marcando la penúltima a, que se alargaba igual que sus deseos. Sus ojos se clavaban como una bala al objetivo de un asesino.

    — Uhmmm, parece que tiene un buen azote —continuó el barbudo. Mientras hablaba inspeccionaba a su presa, con mirada clínica—. Buen culo, buenas caderas, buenas bufas. La chavaluca tiene un buen polvazo, efectivamente...

    — Joe, pues yo me la trajinaba —concluyó el otro. Tras una miradita lasciva, el bajito la echó una radiografía del cuerpo con los ojos llenos de planes.

    Todo se movía en torno a la lengua del chico de barba adorable, como si de ella naciera su única cualidad reseñable, la guapura evidentemente... El chico bajito exaltaba la imaginación del segundo mientras el primero se dedicaba a la planificación: el barbas daba la neurona que le quedaba, el narigudo tenía imaginación y poca autoestima, y el segundo poseía, en cambio, demasiada pasión, descontrol emocional y una falta casi total de empatía, que era como un garrote. Cuchicheaban y la miraban incesantemente, buscando una manera de «conquistarla», o de poder «follársela» (siendo más brucos y sinceros).

    El grupo de la muchacha se encontraba incomodado y cuando cambiaban de sitio, siendo relativamente pequeño el lugar del botellón, ellos se los encontraban y comprobaban que les seguían hasta el nuevo lugar. Los amigos de la chica todavía no habían dicho nada, no se los habían encarado; pensaban, «ya se cansarán»; aunque, a fin y al cabo, en cuanto se acercaran iban a saltar y decirles que se alejaran. Estuvieron a punto, pero únicamente quedaron en insinuaciones veladas, enfadadas. No querían grandes problemas, deseaban únicamente disfrutar y beber (sin pasarse). Estaban acostumbrados a encontrarse situaciones de ese tipo, en donde, en un lugar tan pequeño como su pueblo, no existían privacidad ni límites.

    En el grupo eran tres chicas, más Silvia (nombre ficticio que daremos para no decir su nombre real), y un chico. Silvia era tímida y la más joven del grupo, unos dieciséis años. El resto tenía diecisiete o dieciocho, un poco más maduros, mientras que los otros tres acosadores rondarían los veinte años salvo el más bajito que tendría la edad de Silvia. Realmente se sentían incómodos ante la presencia de los tres chicos acosadores, y veían que podían ser peligrosos. El único chico del grupo tenía la necesidad de encarárselos por masculinidad y sentido caballeresco, pero las otras cuatro chicas no querían que hiciera nada, puesto que, con toda probabilidad, él acabaría mal. La caballerosidad, hecha orgullo caprino, no podía acabar más que en una reyerta que no deseaban, sobre todo porque él podría ser el centro de los golpes.

    Hartos todos ellos de los pelmazos, se fue dispersando el grupo: dos chicas se volvieron a casa juntas, para que los tres mirones no intentasen nada, ya que aunque tuvieran a Silvia de objetivo, podían también intentar algo con ellas (como último premio de consolación). El chico, Silvia y la otra chica se unieron a otro chico que conocían, contándole lo que pasaba. Este nuevo chico se alarmó y les fue a increpar, pero los tres se dispersaron entre los que quedaban bailando, besándose y gritando. Tras un buen rato no les volvieron a ver y más calmados los cuatro, los dos chicos se despidieron de ambas, que se fueron cada una por su lado. El peligro se había disuelto, aunque Silvia todavía temía que algo sucediera. Toda mujer en la noche temería una sombra, y cada una de ella tentaba de horror la imaginación de la noche.

    Cerca de un descampado Silvia volvió a encontrarse con los tres chicos. Estaban como esperándola, en una esquina, de la que salieron como si fuera un desfile nocturno. Primero fueron yendo hacia ella, cual tropa vigilante en la noche, protectores de la lascivia, mientras ella intentaba callejear para no encontrárselos, escapando del ojo nocturno acechante y amenazador. Finalmente, no pudo esconderse más, se acercaron a su vera y caminaron a su lado, intentando hablarla, o comunicarse:

    — Hola guapa —soltó el de las barbas, iniciando la conversación drásticamente.

    Silvia no contestó y éstos se la quedaron mirando, intimidándola con sus ojos en la nuca, y rodeando con sus pupilas hasta palparla toda su piel. Ella siguió caminando, queriendo mantener su miedo a raya, pero no podía. Los lobos olían, tenían ganas de lanzarse. Realmente marcaban territorio; estaban tanteando a la presa.

    — Oye, que solamente queremos hablar, y pasarlo bien, y eso —intentó el pequeño de los tres.

    — No seas una aguafiestas —siguió ansioso el gordito—. Estamos aquí —señaló como si fueran unos marqueses a su populacho.

    Entonces alguien la cogió de su brazo, seguramente el último que había hablado, que se acercó a ella provocador. Estaba tan oscuro que ya ni se veía ella misma; Silvia notaba sus alientos, sus cuerpos y sus ansias; temblaba tantísimo que no podía encontrar su cuerpo, que se perdía con las manos que se acercaban, como una horca que encuentra el trigo. El pulpo trinitario se fue cercando a su pieza, asfixiándola, que la oscuridad se volvió por un momento un breve bosquejo de tres fisionomías confundidas con otra, hecha pequeñas escenas iluminadas en plata. El grafito de sus brazos, caras, bocas, piernas, se desplazaron en sus ojos que no se acordarían de quiénes eran, de qué era cada cosa de quién, cuál era lo que vio... El dibujo se fue deslizando en el papel que las líneas aquí recorridas, se emborronan y no pueden describir lo visto por los ojos de la víctima. El negro de la escritura engulló a Silvia y engulle esta parte de la historia.

    -----​

    Silvia volvió a casa hecha jirones, gimoteando de vergüenza, dolor y una inmensa tristeza. La Luna la acariciaba con un guante blanco, porque alcanzaba a tocar su cara y sus piernas con una mano helada, mostrándola ensangrentada y con sus pantalones destrozados. La hermosura que antes, toda la gente que la querían, decían, era increíble, esta luz se tornó de una oscuridad teñida de la sangre roja oscura que la recorría; se había podrido entre los tentáculos de ese monstruo, que por entonces sentía en sus piernas. La vieja fe cristiana que habitaba en la gente rural se removió del fondo de su mente, y la recriminó el pecado. Por dentro sintió cómo se convertía en algún ser corrupto, reptador, ya que algo se escurría desde sus piernas, asqueroso y que hasta entonces, producto placentero, era malvado, y prohibido, y, finalmente, se transformaba en un fruto que se podía convertir en carne humanoide, una mitad monstruosa, mitad humana.

    Nadie escuchó sus pisadas, ni pudo, no hizo sonar nada. El silencio se hizo cómplice de su pretensión de silencio. Abrazó con los pies el zapatilleo de las suelas cuya tristeza suya arrastraba hasta su último centímetro de cuerpo, que acallaba cualquier voz que no fuera la de su conciencia, golpeando su mente como grillo de cuento mágico. Llegó a la cama temblando, fue cuando hizo un ruido: un suspiro ahogado, intento de grito. Las piernas la bailaban, como su vista, sin poder reconocer su propio cuerpo. Su vagina era una tumba que bebía con la vida de un pulpo, parasitándola. Al dormir, ya no recordó cómo había llegado al día siguiente, ni qué pasó, salvo por un breve esbozo que se fue aclarando; tardó en asimilarlo tres más. No salió del primero de su habitación y se excusó en una resaca. Al tercero sus amigos hicieron cuenta y se percataron de que había sucedido algo.

    El Pulpo se extendió en forma de conversación telefónica en chat y vía telefónica: su historia se reprodujo, se vanaglorió en una heroicidad, comparable a la «navarra». Si hubo «manadas», este pulpo de tres cabezas, cancerbero humano, se guardaba de mostrar las aberraciones de ese esbozo, emborronado en la escritura, en la que participaron. Solamente el grupo de cinco y algunos colaterales hacían de público complaciente. Su narración era parca de sustantivos y narración, llena en cambio de adjetivos, empalmando gloria con sucesos, en donde la que podía contrastar y dar otra versión era la supuestamente beneficiada de la heroicidad masculina. El relato se fue extendiendo, los tentáculos tocaron con sus ventosas a otros con los que se engrandeció, y a quienes gustó, llenó su cuerpo, a quienes no, callaron con disgusto, y el resto, cuestionaba a ambos lados, sin saber, como un cirujano ciego que operase al enfermo sin saber qué curar.

    Fue el amigo de aquella noche que intentó encararse primeramente frente a esos tres el que se presentó en la casa de la víctima. Su familia estaba ya por entonces muy alarmada, sin saber qué podía pasar. La perdiz saltó medio metro del muro y vio detrás. Él les contó lo sucedido en aquella noche mientras estaba presente, y fueron ellos quienes tiraron del todo del sedal. Silvia solamente lloraba y lloraba, lo que suponía una afirmación. Nadie esperaba que fuera real, aunque lo tuvieran claro. Todos quisieron consolarla, animarla, quererla. Se sentía sola, ajena a todos y a sí misma. Solamente quería estar sola, como se sentía, cual vivo tirado en un ataúd dado por muerto. Pero no podía estar sola. Ni debía.

    Aquella noche la madre llevó a la hija hasta el Cuartel: el trato indiferente, frío, parco, aséptico, dejándolo a la Sanidad y a las pruebas el problema, puso el grito en el Cielo. La muchacha no reconocía los nombres de sus agresores; después se supo estos nombres pero ninguna noticia los ha dado, por un respeto que el mundano lector no entiende, escudado en algún tipo de código deontológico, en el que, de igual forma que la policía, consideraba a ambas partes iguales. Pero eso sí, el padre, Pablo Rodríguez Castillo sabía quiénes eran: tuvo sus propias pesquisas. Mientras la policía intentaba hacer su trabajo, lentamente, recabando pruebas o tomando los trámites debidos, el padre sabía que aquella justicia era indiferente. Necesitaba dejar claro dónde estaba su papel: él debía hacer su rol y dirimir a su hija de aquel acto terrible.

    No se ha sabido, no ha trascendido, cómo Pablo Rodríguez reunió a los tres y con su escopeta de caza, de licencia legal, los fusiló frente a un viejo muro caído, cerca de donde ella fue violada. Desde hacía mucho tiempo, no se había visto un fusilamiento de tal calibre. El hombre no disfrutó, tampoco sintió alivio ninguno; la sangre que cayó de sus cuerpos no purificó la culpa. Aquel espectáculo sanguíneo, de vieja crónica grisácea con pintadas rojo-oscuras, en cambio, a diferencia de la violación, atraería a las voces de periódicos locales, las cuales llevaron a la de los nacionales e, incluso, alguno internacional. El acto final había llegado, pero las consecuencias estaban por llegar...

    La historia volvió a engorrarse de narrativa, menos parca, pero también cada vez más llena de adjetivos y detalles. Nada paró a un pulpo lleno de tinta emborronando cada voz.
     
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  2. Samuel17993

    Samuel17993 Poeta que considera el portal su segunda casa

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    Segundo Capítulo: La Voz Pública.
    Nosotros éramos aquellos periodistas que fuimos llegando al pequeño pueblo: al principio como individuos a los que señalaban irónicamente los paisanos, después llegando en tropel como cámaras y reporteros que, nuevos depredadores del matinal, fuimos buscando la «historia de nuestras vidas». Todos deseábamos saber quién, por qué, cómo. Preguntas, si alguno fuera más elevado, que tildaría casi filosóficas. En el fondo, seamos sinceros, queríamos ser morbosos: qué había en toda una historia, que desconocíamos y únicamente queríamos conocer para nosotros vender al resto. Éramos los cotillas de la gran urbe de la información casi global. No somos escritores de literatura, literatos, ni queremos; decimos, al menos delante del público, que buscamos la Verdad. Pero la verdad se hace minúscula cuando te encuentras con la gente y su realidad. Bajamos de las Cadenas y los Periódicos para conseguir ese relato. La narrativa no era, para nada, lo importante, claro que de algún lado tendremos que informar al lector, al que dar esa anhelada información.

    Esta narración no es para nosotros, que teníamos un trabajo para «interés común», más trascedente. Eso sí, lo que fuimos retrasmitiendo, lo que escribimos, lo que debatimos, pudimos no tener tanta idea qué significaba. Qué más daba, nos decía un compañero cuando tomaba un chupito de hierbas en uno de los bares locales. Ya estábamos mimetizados con el lugar, teníamos las dos posiciones frente a nosotros: el odio visceral al extraño, al extranjero, que éramos nosotros, o la adoración a quien da de comer a una localidad pauperizada por falta de atención (administrativa, económica, política, narrativa incluso). Esos dos bandos hacia nosotros se crearon y existieron en consecuencia del relato que creábamos: si decíamos tal cosa, la posición de unos se reafirmaba, la otra rabiaba. Cada uno hizo su análisis, pero el compañero del chupito seguía con su adagio: ¿qué importaba el espectáculo? Así fue y es.

    Efectivamente, éramos un espectáculo: reproducíamos un horror que ya teníamos interiorizado, casi normalizado. Una muchacha, que llamábamos Silvia, fue violada por tres chicos, los cuales fueron ajusticiados por el padre de la violada. Este hombre, más allá de cómo definirlo, otro delincuente, un justiciero primitivo, tenía un nombre, Pablo Rodríguez Castillo, encausado y detenido, y no era, precisamente, uno de los grandes protagonistas. Habitualmente, para bien o para mal, pues la moral o la ética nada tenían que ver con una historia (periodística), era el asesino el protagonista del relato: el analizado como sicópata o depredador, como creador del móvil y de una lógica que conllevó al asesinato; tratado hasta el punto, incluso, de que sus actos fueran una manifestación de una obra artística sin más... Toda esa narrativa se había ahogado entre las manos de tres muchachos: víctimas y verdugos. Olvidamos a los eslabones más importantes: la víctima inocente y al ejecutor.

    La pregunta, qué eran estos tres chavales, realmente no era, ni fue, ni será interesante; ni siquiera para saber las causas, que no nos interesaban ni nos interesan. Tampoco estábamos pendientes de la víctima: qué sentía, qué padecía, salvo por y para el espectáculo de «nuestra noticia». No, no, para nada. Muy pocos, que analizaríamos aquello desde una posición feminista, a kilómetros distancia, en nuestros periódicos de las ciudades, hablaríamos sobre las causas de una sociedad machista y el Patriarcado: nunca habíamos vivido en el territorio, en donde la violencia es una herramienta y por tanto la mujer es el objeto de esa voraz cara de depredador primigenio, ya no del señor nobiliario con el que la hemos comparado. Éramos idealistas por un «mundo mejor», éramos asépticos y de ojos puros, éramos provincianos que veíamos una historia moral con la que atacar a nuestros paisanos de pueblo. Pero todos teníamos una «noticia»: cual cronistas, pagados por su soberano de turno, narramos los «hechos» y hacíamos un análisis, a espaldas del «drama» (así lo tildamos), que no nos creaba ninguna pregunta...

    Cuando empezamos a recabar información, fuimos por muy distintos cauces. Los primeros iríamos a fuentes rápidas que nos darían la información necesaria: la administración, a amigos y familiares susceptibles de relatar el hecho «desgarrador» (mejor dicho, hechos), etc. Costaría llegar a los afectados, no llegaríamos a la víctima ni a su madre, pero los involucrados todavía estarían dispuestos a hablar, como denuncia. En principio la información sería de tipo básica: para conocer la situación, como una denuncia a pequeña escala de la repetición de «La Manada», una narración de un hecho destacable (sin más) en la provincia. Cuando lo sucedido empezó a conocerse en quienes veían en la narrativa un producto, lo que era una «historia», una palabra que está ligada «a ficción», se transformó en otra cosa: se hizo poco a poco el centro de las especulaciones de la vida pública, y lo mejor vendido entre los telepatéticos (es decir, los espectadores que somos nosotros). Todos queríamos saber, todos queríamos opinar. Todos. Éramos uno, ni siquiera los periodistas éramos ya periodistas. Éramos una voz, un eco de ese relato. Pero el eco se hizo tormenta, el espectáculo de variedades.

    Recordaremos cómo fuimos hasta la casa de la víctima esperando que saliera ella o su madre. Las esperas ante el Cuartel para ver la salida del pater familias, aquel juez paterno que hizo también de verdugo. La búsqueda de los padres de los ajusticiados, que lamentaban todo, que se quejaban de la barbaridad del padre y las mentiras de aquella granuja. Esto último creó toda una serie de programas de salvadores que opinaban sobre qué era lo que había pasado, si aquellos chicos fueron víctimas, si fueron sus propios verdugos acuchillados por su Némesis... Luego pasaron a crearse delaciones de vecinos, creando registros televisivos de las denuncias de uno y otro, de peleas y juicios de patio de recreo; se tornó a un provincialismo paleto en donde los mayores ineptos, cotillas y altaneros éramos nosotros los periodistas y nosotros los consumidores de noticias (generalmente de ciudad).

    Grabábamos la casa, a la víctima cuando no se percataba de que estábamos y no podía huir de nuestra vigilancia, a los vecinos, el lugar del delito, el Ayuntamiento, el Cuartel, un bar, otro bar, la peluquería, el colegio... Hacíamos recreaciones en programas sobre delincuentes y asesinos, a pesar de que nos contaban distintas versiones contradictorias inclusive. No teníamos claro qué pasó en cierto momento, pero podíamos llegar a la conclusión de que sucedió de tal manera, lo que nos dejaba un relato más bello, o simplemente más vendible.... Nos importaba más la narrativa de la violencia por sí misma, de la violación y el fusilamiento (que así tildamos por ser más expresiva), pero no queríamos saber qué educación era la de aquellos tipejos que consideraban carne a una mujer, ni cómo se sentía la muchacha ni cómo de indefensa estaba (ante nosotros, sus acosadores, mimetizados con sus violadores y sus defensores, ya no sólo la familia de la víctima...).

    Tampoco fuimos por explicar o comprender el ambiente rural de un pueblo peninsular cercano a la montaña del Norte, aislado, sin apenas recursos sanitarios, con una economía agropecuaria que dependía de la propiedad agraria concentrada en ciertas familias o de las pocas fábricas regionales y agrícolas con trabajos precarios. Incluso pasamos por alto, totalmente, otro asunto relacionado, de gran morbo, lo que pensaban nuestros políticos, que se lamentaban melancólica y pastelosamente en un breve apartado informativo; nunca supimos si sabían los problemas que condujeron al asesinato y a la violación; y únicamente escuchamos, en algún momento, una promesa electoral bañada en la sangre y el griterío... Volvíamos a las mismas cuestiones: ¿qué nos importaba a nosotros?

    No éramos seres humanos, en cierto momento, sino espectadores casi inocentes, que reproducíamos lo que veíamos; pero, sí, como luego iríamos comprendiendo, no, no éramos simples narradores, espectadores, éramos más que eso. Ni siquiera éramos una simple voz, también éramos jueces de vidas ajenas. Porque fuimos el tertuliano que cuestionaba a la víctima de violación, o que se dedicaba a dar una moralina desde el plató sobre que ese juicio a tiro limpio era lo que se merecían los violadores. Porque llegamos a ser todos los protagonistas: la víctima de violación, esos ajusticiados de tres chicos bestializados y sin empatía, el marido ajusticiador, la madre llena de lágrimas pidiendo intimidad, aunque ni siquiera los conocíamos y por tanto no nos conocíamos nuestra historia... O éramos los paisanos opinando alegremente, sin pajolera idea y hechos sabios. Porque nos convertiríamos en seres que llevábamos nuestra historia, ya colectiva, de todos: ya no existíamos, ya no opinábamos por nosotros mismos. Pero opinaríamos por otros. Pero no serían nuestras opiniones. Nos olvidamos de qué pintábamos allí, no nos importaba nada, ni el resto tampoco...

    Alguno se preguntaba que qué cojones estábamos haciendo con nuestras vidas, mientras esperábamos apostado en la casa de la víctima o de los violadores. Soplaba el viento norte fuerte de la tarde y teníamos que ponernos ropa de abrigo. Aguantábamos las inclemencias, las esperas innecesarias, los testimonios, etc. Quiénes éramos, por qué, de qué forma, no importaba: a nadie le preocupó; y sinceramente, ¿no nos enseñaban que no éramos la noticia, en la Facultad de Periodismo? Y pensándolo fríamente, hay otra pregunta: ¿acaso no era lo importante aquella víctima, la violación de aquellos tres individuos, y su verdugo...? Estábamos tan pendientes de la historia, que no nos interesaba nuestra propia historia que hacer del suceso. Diríamos, exaltados, ¿y nuestros artículos, nuestras columnas, etc.? Seamos sinceros, ¿cuán importantes éramos en nuestro trabajo de campo, cuán importantes eran para nosotros esos protagonistas? ¿Qué era de importante el lugar, el pueblo, sus gentes, sino que nos importaba su opinión, sus chismes, etc.?

    A veces pensar en el caso sobre el que estábamos investigando resultaba una pesadez en los hombros. Estábamos con ganas de dejarlo, hartos, cansados, obligados a estar en aquel lugar, que no nos quería o nos intentaba sacar los cuartos. Entonces ya no éramos la noticia, ni éramos esos seres que íbamos narrando, que desconocíamos y nos desconocían. Hablábamos con nuestros compañeros, que nos contaban lo mismo. Fuera de cámara un paisano nos hablaba de sus problemas, pero no entraba en el matinal ni siquiera en las orgias vespertinas llenas de morbo. Eran aburridos, éramos aburridos. Esos seres humanos que descendíamos a hombres minúsculos, inapreciables, mundanos, teníamos por delante un único objetivo: atender las demandas de los telespectadores, las cuales eran mostradas a nosotros gracias al oráculo de nuestros jefes. De igual forma que el político se hace voz de las decisiones del pueblo, aquellos dirigentes de la información, del relato, que formaba parte de un conjunto más amplio del día a día, gobernaban los grandes temas de las vidas del pueblo.

    Que qué teníamos nosotros para hacer tan importante a un televidente de Zaragoza el drama más de un lugar lejano para él, pues simplemente la narración. Sí: ésa que no nos importaba para nada, mientras fuera historia. Algunos sí, obviamente, nos encantaba, buscábamos el mejor lenguaje, el mejor ángulo y sonido... Pero lo realmente caliente para nuestro director era si la audiencia subía. A lo mejor era totalmente aleatoria, a lo mejor ese señor tenía un muy bajo nivel de captar algo que no fuera el limitado lenguaje, ya no de su Zaragoza, sino de su vida. Si alguien pretendió ver esto como una pedagogía al espectador, fue un producto. Hemos sabido con el tiempo que hasta las recreaciones que hicimos fueron convertidas en vídeos porno de famosas web «xxx». Sabemos que vídeos hechos por violadores han estado en la red, profunda o menos profunda. No nos hemos alertado en gran medida, aunque sí el hecho de la normalidad de este hecho, que casi pasábamos, pasamos y pasaremos por alto. No tenía gran importancia... Ese espectador tampoco sabía, o no quería.

    Llegaríamos a la cama, por la noche, y a lo mejor dormiríamos, o no, estaríamos pensando, o soñando, sobre nuestra noticia, o sobre por qué estábamos haciendo allí, o problemas o cuestiones de nuestro día a día que a nadie importaba o no queríamos que les importasen. La pesadumbre o la pasividad nos haría seguir, mirando al ojo del problema, con un pie en él, adentrándonos en la arena, cayendo, aprisionándonos; pero luego, de nuevo, estábamos allí mismo, sin caer, porque no era nuestro cuerpo, sino un pie irreconocible que no sentíamos. Aquella extremidad la sacaríamos, o la cortaríamos, poco importaba, y seguiríamos nuestro camino. De nuevo a la brecha, a un nuevo desierto, en donde meternos por otro berenjenal. Problemas de otras personas. Noticias estúpidas del momento y de distintos lugares, que a nadie importaban ni interesaban. Conflictos armados lejanos, hambres o enfermedades que desconocíamos, gentes cuyas lenguas no entendíamos. Ya no seríamos aquella historia, ya no existirían aquellas gentes. Serían olvidados en la siguiente historia. Y no pasaría más, al menos para nosotros.

    ¿Quiénes éramos? No importaba. ¿Qué pasó? No nos importaba, más que para ti lo conocieras, que tampoco te afectaba. ¿Quiénes eran los afectados? Nunca los conocimos, ni tú. ¿Qué fue el causante, qué consecuencias? Te lo dejamos a ti, no nos importaba. ¿Qué nos importaba? Nuestros objetivos. ¿Cuáles eran? Ya no nos acordaríamos. Hoy tendremos otra noticia. ¿Qué estás pensando sobre ello? Ya nada, seguramente, no te importará una mierda. Será aburrido, ¿no?
     
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  3. Samuel17993

    Samuel17993 Poeta que considera el portal su segunda casa

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    Tercer capítulo: El Tacto Fantasmal
    Tú estabas cuando quisiste meterte en la vida de aquella muchacha, aunque solamente creyeras ver la noticia de una víctima cualquiera. Tú te metiste en la honradez de ésta, interesado en los debates de las cadenas, que explotaban la sensación, la experiencia ajena. Cuestionaste con ellos, atacabas la vida de una joven, mirabas a otro lado. Tú únicamente mirabas la tele, las noticias de YouTube, o a un tipejo que te contaba sus opiniones sin fundamento sobre lo que sucedió. Es posible que yo te dijera algún dato, alguna cosa, y tú disfrutabas de ello. ¿Qué nos importaba? Ni siquiera nos preocupó la niña en cuerpo de mujer.

    Tú te dedicabas a hablar sobre el asunto: a veces estabas a favor de la muchacha, otras que por qué esto, si lo otro, dudabas, pero finalmente hablabas, hablabas, por distraerte. La más absurda necesidad de perder tu vida en otra, sin un porqué. No lo necesitabas, no sentías empatía alguna por la violación. Nunca sentiste cómo te acosaban por la calle, o quizás sí, pero no te importaba, o es posible que te diera igual si no fueras tú. Nunca sentiste la sensación de que te siguieran por la noche, o no, el caso es que no pensaste en tu experiencia cuando hablabas. Es casi improbable que nunca se te acercaran hombres por la espalda, y te violaran, porque eras hombres, y si eras mujer, los diste esquinazo, o no te atacaron, no llegaron a más. Y si alguna vez te pasó, callaste. Y si no, no hablaste conmigo, callaste delicadamente, por vergüenza; o más posiblemente, lloraste delante de mí, o te enrabietaste...

    Caminabas algunos días por la calle con la sensación de que no te pasaría, porque a un hombre es raro que otro hombre lo viole: los homosexuales no suelen hacerlo, o solamente es una paranoia tuya homofóbica. Caminarías segura, por inocencia o por otra razón, llevando esos tacones altos, esa falda tan corta, esas medias seductoras, y no tuviste la mala suerte de que un aliento sonara a tu espalda, sola y desamparada en un lugar donde nadie te oyese. Pero es posible que alguien: un niño por su profesor, o una niña por su padre, o un compañero o compañera para ultrajarte, o tu novio, o tu jefe, cogieran tu cuerpo e hicieran lo mismo a la muchacha aquellos tipos. ¿Qué pensarías? ¿En el odio, en la tristeza inmensa, en lo mísero que te sentías? No me lo contarías. O lo harías muy discretamente. O en una cena con otros amigos, en tu casa, llorando, borracho o desequilibrado. Rememorarás esa sensación, pensando en lo sola que estará, como tú lo estás. ¿Qué pasaría si alguien que quieres se enterase? ¿Qué sucedería si él..., o ella...? Temblarías. O te dirías: no son así; luego, quizás dudases; y finalmente te pondrías nervioso.

    Pero es más que probable que la noticia saltase y tú no querrías escucharla: estás harto o harta de lo mismo. El mundo se cae en pedazos y no tienes ganas de unirte al espectáculo que se lamenta del mundo, porque el mundo es, fue y será una basura, el ser humano debiera extinguirse, o porque lloras por él, crees que se volvió loco. Estos pensamientos habituales te han hecho olvidarte de la realidad que no sea tu día a día. A veces es mejor, ya que nunca has visto estas locuras, y te alegras; pero, rebuscando, te das cuenta de qué cerca estás de un caso de bullying, o de un acoso callejero, que te alarma, o te ríes, o participas... Sinceramente, tu situación en el mundo no te ha impresionado nunca, eres un tipejo que va con la corriente, sobrevive, que no te importan los demás si no son cercanos, o ni eso. Cuando escuchaste un suceso de este tipo, dijiste: «bah, bah», y luego te enfadarías, o con sencillez altanera te fuiste. Te parecera un lado oscuro extraño, que raramente aparece, sin interés, porque en el fondo te da miedo, de ti, de los demás... O acaso te enorgulleces con esa pasión que muerde los labios propios ante el deseo. O es posible que tú no quieras contar tus propias desgracias: estás harto de ella.

    Si fueras alguien importante, sueñas: yo haría, yo tendría en mente, yo no pasaría por... A veces te veo en tu mente cambiar el mundo, pero ya no podrás cambiar la sensación de ser penetrada con violencia por tres hombres. ¿De verdad qué puedes hacer? ¿O mejor dicho, qué haces para poner un granito de arena? No sueles hacerte las preguntas. Te irías a consolarla, y es posible que no pudieras. Pero es probable que fueras alguien que desea el poder, el poder para violar, abusar, o matar a otros. En voz muy bajita y en breves momentos, la oyes... No haces caso. O te grita, y te sujetas. Tienes ganas de coger a esa hermosa compañera, y dominarla. Crees que son tuyas, que la gente debería servirte. Que la gente debería morir si tú lo dices. Tienes momentos que quisieras dominar el mundo, a sangre y fuego. Otras, en cambio, cambiarías, en tu sueño bendito, solucionar con martillo el maldito caos.

    Hay un fantasma en tu cama cuando te cuesta dormir. Tienes a un demonio, o es un ángel que te da espada o lanza sagrada. Un médico te llamaría esquizofrénico, pero la enfermedad no siempre impulsa a los actos más abyectos para el hombre, hechos por el propio hombre. La muchacha que violaron está en las noticias, y no eres nadie de los involucrados: te preguntas qué harías. No eres ellos. No eres ninguno de esos actores haciendo esa vida; tú eres tu propio actor, en una vida, ¿qué a quién importa? Los noticieros estarán siempre buscando otra historia, otro desgarro en el mundo. ¿Tú, espectador, qué sientes cuando tu cabeza está ante el dilema de vivir algo que te despierta de la cama?

    Es posible que incluso un fantasma como éste te esté acechando. Nunca sentirás a tus espaldas un problema, o no le importará al resto. Te sentirás solo. Estarás respaldado, fuera de cómo está el débil y el frágil. El mundo girará. El fantasma acecha, tú ahí estás, leyendo. Es posible que nadie cambiará tras ello. Pero el fantasma nos acosará por igual de noche, y pudiera ser que hablemos, nos calmemos, o reventemos. Sería una suerte que pudiéramos encontrar lógica al miedo y a la tristeza que encontramos en una tragedia, nuestra o ajena. Da igual qué cámaras nos retrasmitan, opiniones suelten los señores de la moral, qué sientas... Pero el fantasma no irá con una bolsa blanca detrás de ti, será una voz o un escalofrío que ninguna fuerza sobrenatural podrá compararse.

    Es el fantasma que recorre la podredumbre humana.
     
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