dulcinista
Poeta veterano en el Portal
Llorsuema Paquincac, insigne poeta tan poco leído como incomprendido, cargaba a sus espaldas un ego del tamaño del veneno que guardaba en su corazón. Decidió que al carecer su alma del verdadero soplo de la genialidad, revestiría su cuerpo de todas las excentricidades posibles para llamar la atención. Una larga cabellera cubría su vacía cabeza. Innumerables pendientes de abigarrados colores colgaban de sus orejas. Vestía pantalones y camisas de llamativos colores. Para cubrir sus pies siempre elegía un zapato de cada color, cual payaso de circo. Algunos de sus escasos lectores le aplaudían con la convicción de que estaban haciendo una obra de caridad, otros, sin embargo, lo halagaban por el miedo de ser tomados por incultos; y así, gracias a estas mentiras, el ego de nuestro poeta aumentaba y aumentaba, hasta hacerse tan grueso que él mismo llegó a temer que de reventar quedaría su alma impregnada para siempre de un olor nauseabundo e insoportable.
Ahora vemos a nuestro poeta Llorsuema Paquincac sentado a la mesa de un colega de letras llamado Elino, para dar cuenta de una opípara cena. Con ellos, sentado a la misma mesa, Eudes, el hijo de Elino, de diez años de edad.
Triste fue la vida del poeta Llorsuema Paquincac, despertado de su sueño por un niño, devuelto a la realidad de golpe.
Se pasó toda la cena declamando poemas de su autoría, como el titulado << caballos sentados en un árbol >> o el que había escrito esa misma tarde << rosa helada en un cielo verde. >> Al terminar el postre, Eudes sintió tal acaloramiento por la cara, que tuvo que abrir la ventana para que entrara aire fresco, aunque su malestar no disminuyó, sino que fue en aumento. De pronto, sintió como un mareo y vomitó sobre el cuerpo de Llorsuema Paquincac una gran rata azul ensangrentada. Nuestro poeta pegó un grito y cayó al suelo de bruces al ver que la rata comenzaba a roerle su mano derecha. En la caída se partió la lengua. El trozo de lengua ensangrentado permaneció en el suelo, bailando cual rabo de lagartija cortado, hasta que la rata se lo comió. Eudes se apresuró a introducir su mano en la boca ensangrentada, y milagrosamente la herida dejó de sangrar.
La proxima vez que venga usted, le cortaré las manos, dijo Eudes. Deberías ser más respetuoso con nuestro invitado. Así no se trata a un gran poeta, comentó su padre. Perdona papá, es que al acercarme a él he notado su olor nauseabundo y me han entrado unas irresistibles ganas de vomitar, informó Eudes.
Desde ese día Llorsuema Paquincac no pudo conciliar el sueño y su vida fue una constante huída hacia la muerte. Buscó en el suicidio la gloria que le habían negado los hombres. Recordó que aclamados literatos eran más conocidoas por las circunstancias de su muerte que por la calidad de su obra. Pero matándose, tampoco alcanzó la gloria, sino el olvido.
Aún era muy joven cuando Eudes se convirtió en un poeta aclamado y citado en todas partes. Sobre todo, le debe su gloria a un maravilloso poema titulado << una rata azul haciendo justicia. >> Cuando le preguntan que quién le ha servido de inspiración para escribir tan genial poema, siempre contesta lo mismo: << un pobre hombre que conocí. Un poeta mediocre. Tanta era su mediocridad que se creía un poeta genial. >>
Eladio Parreño Elías
15-Junio-2011
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