Una rata azul haciendo justicia

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Llorsuema Paquincac, insigne poeta tan poco leído como incomprendido, cargaba a sus espaldas un ego del tamaño del veneno que guardaba en su corazón. Decidió que al carecer su alma del verdadero soplo de la genialidad, revestiría su cuerpo de todas las excentricidades posibles para llamar la atención. Una larga cabellera cubría su vacía cabeza. Innumerables pendientes de abigarrados colores colgaban de sus orejas. Vestía pantalones y camisas de llamativos colores. Para cubrir sus pies siempre elegía un zapato de cada color, cual payaso de circo. Algunos de sus escasos lectores le aplaudían con la convicción de que estaban haciendo una obra de caridad, otros, sin embargo, lo halagaban por el miedo de ser tomados por incultos; y así, gracias a estas mentiras, el ego de nuestro poeta aumentaba y aumentaba, hasta hacerse tan grueso que él mismo llegó a temer que de reventar quedaría su alma impregnada para siempre de un olor nauseabundo e insoportable.
Ahora vemos a nuestro poeta Llorsuema Paquincac sentado a la mesa de un colega de letras llamado Elino, para dar cuenta de una opípara cena. Con ellos, setado a la misma mesa, Eudes, el hijo de Elino, de diez años de edad.
Triste fue la vida del poeta Llorsuema Paquincac, despertado de su sueño por un niño, devuelto a la realidad de golpe.
Se pasó toda la cena declamando poemas de su autoría, como el titulado << caballos sentados en un árbol >> o el que había escrito esa misma tarde << rosa helada en un cielo verde. >> Al terminar el postre, Eudes sintió tal acaloramiento para la cara, que tuvo que abrir la ventana para que entrara aire fresco, aunque su malestar no disminuyó, sino que fue en aumento. De pronto, sintió como un mareo y vomitó sobre el cuerpo de Llorsuema Paquincac una gran rata azul ensangrentada. Nuestro poeta pegó un grito y cayó al suelo de bruces al ver que la rata comenzaba a roerle su mano derecha. En la caída se partió la lengua. El trozo de lengua ensangrentado permaneció en el suelo, bailando cual rabo de lagartija cortado, hasta que la rata se lo comió. Eudes se apresuró a introducir su mano en la boca ensangrentada, y milagrosamente la herida dejó de sangrar.
La proxima vez que venga usted, le cortaré las manos, dijo Eudes. Deberías ser más respetuoso con nuestro invitado. Así no se trata a un gran poeta, comentó su padre. Perdona papá, es que al acercarme a él he notado su olor nauseabundo y me han entrado unas irresistibles ganas de vomitar, informó Eudes.
Desde ese día Llorsuema Paquincac no pudo conciliar el sueño y su vida fue una constante huída hacia la muerte. Buscó en el suicidio la gloria que le habían negado los hombres. Recordó que aclamados literatos eran más conocidoas por las circunstancias de su muerte que por la calidad de su obra. Pero matándose, tampoco alcanzó la gloria, sino el olvido.
Aún era muy joven cuando Eudes se convirtió en un poeta aclamado y citado en todas partes. Sobre todo, le debe su gloria a un maravilloso poema titulado << una rata azul haciendo justicia. >> Cuando le preguntan que quién le había servido de inspiración para escribir tan genial poema, siempre contesta lo mismo: << un pobre hombre que conocí. Un poeta mediocre. Tanta era su mediocridad que se creía un poeta genial. >>

Eladio Parreño Elías

15-Junio-2011


Dulcinista
Siempre es un placer visitarte y leerte en las extraordinarias obras que nos presentas
creo, que es una virtud del ser humano -poeta o no - el reconocerse con sus virtudes
y defectos (humildad) eso sin duda nos permite crecer en cualquier ámbito, lamentablemente
hay seres humanos cuyo ego no les permite verse tal cual son.
Gracias por invitarme a leerte, escribes maravillosamente
te dejo mis estrellas sencillas en tu cielo infinito
cariños
Ana
 
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Llorsuema Paquincac, insigne poeta tan poco leído como incomprendido, cargaba a sus espaldas un ego del tamaño del veneno que guardaba en su corazón. Decidió que al carecer su alma del verdadero soplo de la genialidad, revestiría su cuerpo de todas las excentricidades posibles para llamar la atención. Una larga cabellera cubría su vacía cabeza. Innumerables pendientes de abigarrados colores colgaban de sus orejas. Vestía pantalones y camisas de llamativos colores. Para cubrir sus pies siempre elegía un zapato de cada color, cual payaso de circo. Algunos de sus escasos lectores le aplaudían con la convicción de que estaban haciendo una obra de caridad, otros, sin embargo, lo halagaban por el miedo de ser tomados por incultos; y así, gracias a estas mentiras, el ego de nuestro poeta aumentaba y aumentaba, hasta hacerse tan grueso que él mismo llegó a temer que de reventar quedaría su alma impregnada para siempre de un olor nauseabundo e insoportable.
Ahora vemos a nuestro poeta Llorsuema Paquincac sentado a la mesa de un colega de letras llamado Elino, para dar cuenta de una opípara cena. Con ellos, setado a la misma mesa, Eudes, el hijo de Elino, de diez años de edad.
Triste fue la vida del poeta Llorsuema Paquincac, despertado de su sueño por un niño, devuelto a la realidad de golpe.
Se pasó toda la cena declamando poemas de su autoría, como el titulado << caballos sentados en un árbol >> o el que había escrito esa misma tarde << rosa helada en un cielo verde. >> Al terminar el postre, Eudes sintió tal acaloramiento para la cara, que tuvo que abrir la ventana para que entrara aire fresco, aunque su malestar no disminuyó, sino que fue en aumento. De pronto, sintió como un mareo y vomitó sobre el cuerpo de Llorsuema Paquincac una gran rata azul ensangrentada. Nuestro poeta pegó un grito y cayó al suelo de bruces al ver que la rata comenzaba a roerle su mano derecha. En la caída se partió la lengua. El trozo de lengua ensangrentado permaneció en el suelo, bailando cual rabo de lagartija cortado, hasta que la rata se lo comió. Eudes se apresuró a introducir su mano en la boca ensangrentada, y milagrosamente la herida dejó de sangrar.
La proxima vez que venga usted, le cortaré las manos, dijo Eudes. Deberías ser más respetuoso con nuestro invitado. Así no se trata a un gran poeta, comentó su padre. Perdona papá, es que al acercarme a él he notado su olor nauseabundo y me han entrado unas irresistibles ganas de vomitar, informó Eudes.
Desde ese día Llorsuema Paquincac no pudo conciliar el sueño y su vida fue una constante huída hacia la muerte. Buscó en el suicidio la gloria que le habían negado los hombres. Recordó que aclamados literatos eran más conocidoas por las circunstancias de su muerte que por la calidad de su obra. Pero matándose, tampoco alcanzó la gloria, sino el olvido.
Aún era muy joven cuando Eudes se convirtió en un poeta aclamado y citado en todas partes. Sobre todo, le debe su gloria a un maravilloso poema titulado << una rata azul haciendo justicia. >> Cuando le preguntan que quién le había servido de inspiración para escribir tan genial poema, siempre contesta lo mismo: << un pobre hombre que conocí. Un poeta mediocre. Tanta era su mediocridad que se creía un poeta genial. >>

Eladio Parreño Elías

15-Junio-2011


Así viviría Panincac, alabándose y en las nebulosas, que recitó, recitó, recitó y se tragó el postre entero; la pagó bien caro Dulcinista, no apliques castigos tan severos. ¡Qué ingenio tienes!, eres ¡Maravilloso!. Recibe aplausos, estrellas, besos y abrazos de Dilia.
 
El ego nos infla y nos deshinfla...como un globo

Eres admirable poeta!!!
mis aplausos fuertes
y un cielo de estrellas.
 
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Llorsuema Paquincac, insigne poeta tan poco leído como incomprendido, cargaba a sus espaldas un ego del tamaño del veneno que guardaba en su corazón. Decidió que al carecer su alma del verdadero soplo de la genialidad, revestiría su cuerpo de todas las excentricidades posibles para llamar la atención. Una larga cabellera cubría su vacía cabeza. Innumerables pendientes de abigarrados colores colgaban de sus orejas. Vestía pantalones y camisas de llamativos colores. Para cubrir sus pies siempre elegía un zapato de cada color, cual payaso de circo. Algunos de sus escasos lectores le aplaudían con la convicción de que estaban haciendo una obra de caridad, otros, sin embargo, lo halagaban por el miedo de ser tomados por incultos; y así, gracias a estas mentiras, el ego de nuestro poeta aumentaba y aumentaba, hasta hacerse tan grueso que él mismo llegó a temer que de reventar quedaría su alma impregnada para siempre de un olor nauseabundo e insoportable.
Ahora vemos a nuestro poeta Llorsuema Paquincac sentado a la mesa de un colega de letras llamado Elino, para dar cuenta de una opípara cena. Con ellos, setado a la misma mesa, Eudes, el hijo de Elino, de diez años de edad.
Triste fue la vida del poeta Llorsuema Paquincac, despertado de su sueño por un niño, devuelto a la realidad de golpe.
Se pasó toda la cena declamando poemas de su autoría, como el titulado << caballos sentados en un árbol >> o el que había escrito esa misma tarde << rosa helada en un cielo verde. >> Al terminar el postre, Eudes sintió tal acaloramiento para la cara, que tuvo que abrir la ventana para que entrara aire fresco, aunque su malestar no disminuyó, sino que fue en aumento. De pronto, sintió como un mareo y vomitó sobre el cuerpo de Llorsuema Paquincac una gran rata azul ensangrentada. Nuestro poeta pegó un grito y cayó al suelo de bruces al ver que la rata comenzaba a roerle su mano derecha. En la caída se partió la lengua. El trozo de lengua ensangrentado permaneció en el suelo, bailando cual rabo de lagartija cortado, hasta que la rata se lo comió. Eudes se apresuró a introducir su mano en la boca ensangrentada, y milagrosamente la herida dejó de sangrar.
La proxima vez que venga usted, le cortaré las manos, dijo Eudes. Deberías ser más respetuoso con nuestro invitado. Así no se trata a un gran poeta, comentó su padre. Perdona papá, es que al acercarme a él he notado su olor nauseabundo y me han entrado unas irresistibles ganas de vomitar, informó Eudes.
Desde ese día Llorsuema Paquincac no pudo conciliar el sueño y su vida fue una constante huída hacia la muerte. Buscó en el suicidio la gloria que le habían negado los hombres. Recordó que aclamados literatos eran más conocidoas por las circunstancias de su muerte que por la calidad de su obra. Pero matándose, tampoco alcanzó la gloria, sino el olvido.
Aún era muy joven cuando Eudes se convirtió en un poeta aclamado y citado en todas partes. Sobre todo, le debe su gloria a un maravilloso poema titulado << una rata azul haciendo justicia. >> Cuando le preguntan que quién le había servido de inspiración para escribir tan genial poema, siempre contesta lo mismo: << un pobre hombre que conocí. Un poeta mediocre. Tanta era su mediocridad que se creía un poeta genial. >>

Eladio Parreño Elías

15-Junio-2011



Ha sido enorme placer el leer este relato qe podría muy bien retratarnos a muchos de nosotros jejejejeje auch!!! me mordí la lengua. jejeje
un saludo.
 
Muchas gracias por compartir tu escrito, realmente lleno de imaginación y con un fondo que da mucho que pensar.
Me ha encantado leerte.
Besos y estrellas.
 
¡vaya destino de Llorsuema Paquincac! Como dicen por ahí : "Unos nacen con estrella y otros nacen estrellados", a él le corresponde la segunda parte de esta sentencia. Como siempre amigo Eladio, tu capacidad narrativa se pone de manifiesto en este entretenido relato, es para el disfrute del lector.
 
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Llorsuema Paquincac, insigne poeta tan poco leído como incomprendido, cargaba a sus espaldas un ego del tamaño del veneno que guardaba en su corazón. Decidió que al carecer su alma del verdadero soplo de la genialidad, revestiría su cuerpo de todas las excentricidades posibles para llamar la atención. Una larga cabellera cubría su vacía cabeza. Innumerables pendientes de abigarrados colores colgaban de sus orejas. Vestía pantalones y camisas de llamativos colores. Para cubrir sus pies siempre elegía un zapato de cada color, cual payaso de circo. Algunos de sus escasos lectores le aplaudían con la convicción de que estaban haciendo una obra de caridad, otros, sin embargo, lo halagaban por el miedo de ser tomados por incultos; y así, gracias a estas mentiras, el ego de nuestro poeta aumentaba y aumentaba, hasta hacerse tan grueso que él mismo llegó a temer que de reventar quedaría su alma impregnada para siempre de un olor nauseabundo e insoportable.
Ahora vemos a nuestro poeta Llorsuema Paquincac sentado a la mesa de un colega de letras llamado Elino, para dar cuenta de una opípara cena. Con ellos, setado a la misma mesa, Eudes, el hijo de Elino, de diez años de edad.
Triste fue la vida del poeta Llorsuema Paquincac, despertado de su sueño por un niño, devuelto a la realidad de golpe.
Se pasó toda la cena declamando poemas de su autoría, como el titulado << caballos sentados en un árbol >> o el que había escrito esa misma tarde << rosa helada en un cielo verde. >> Al terminar el postre, Eudes sintió tal acaloramiento para la cara, que tuvo que abrir la ventana para que entrara aire fresco, aunque su malestar no disminuyó, sino que fue en aumento. De pronto, sintió como un mareo y vomitó sobre el cuerpo de Llorsuema Paquincac una gran rata azul ensangrentada. Nuestro poeta pegó un grito y cayó al suelo de bruces al ver que la rata comenzaba a roerle su mano derecha. En la caída se partió la lengua. El trozo de lengua ensangrentado permaneció en el suelo, bailando cual rabo de lagartija cortado, hasta que la rata se lo comió. Eudes se apresuró a introducir su mano en la boca ensangrentada, y milagrosamente la herida dejó de sangrar.
La proxima vez que venga usted, le cortaré las manos, dijo Eudes. Deberías ser más respetuoso con nuestro invitado. Así no se trata a un gran poeta, comentó su padre. Perdona papá, es que al acercarme a él he notado su olor nauseabundo y me han entrado unas irresistibles ganas de vomitar, informó Eudes.
Desde ese día Llorsuema Paquincac no pudo conciliar el sueño y su vida fue una constante huída hacia la muerte. Buscó en el suicidio la gloria que le habían negado los hombres. Recordó que aclamados literatos eran más conocidoas por las circunstancias de su muerte que por la calidad de su obra. Pero matándose, tampoco alcanzó la gloria, sino el olvido.
Aún era muy joven cuando Eudes se convirtió en un poeta aclamado y citado en todas partes. Sobre todo, le debe su gloria a un maravilloso poema titulado << una rata azul haciendo justicia. >> Cuando le preguntan que quién le había servido de inspiración para escribir tan genial poema, siempre contesta lo mismo: << un pobre hombre que conocí. Un poeta mediocre. Tanta era su mediocridad que se creía un poeta genial. >>

Eladio Parreño Elías

15-Junio-2011


Querido amigo Eladio, que maravillosa imaginación tienes para escribir relatos alucinantes y terribles que por añadidura te invitan a recapacitar sobre la estupidez del hombre, magnifico relato que nos deja ese sabor agri mas que dulce y decirnos que la vanidad no conduce mas que al ridiculo, si me deja te reputo y te doy mis estrellas para tu imaginación desbordante. besos de mar
 
Buenas noches dulcinista. Una vez más nos deleitas con una narración muy elaborada, muy detallista e impregnada de sutiles imágenes que, quieras que no, dan buena cuenta de tu dominio de la escena dramática y surrealista. Ciertamente me has impresionado con esta historia (como casi siempre), y sin lugar a dudas me he visto desbordado por el ritmo que le imprimes a la narración. Una vez empiezas no te descuelgas de la trama hasta el final. Pocos personajes pero gran variedad de lecturas. Moraleja con soltura e indiscutible puesta en escena. Así que te doy estrellas y si me dejan reputación. Todo un placer leerte :)
 
Querido poeta, la verdad extrañaba pasear por este mundo que dibujas, un mundo donde las ideas, los sentidos se dibujan a veces con inquietantes imágenes pero siempre con genialidad, me dejas temblando, encantada de leerte, un abrazo y mi admiración!!! y claro ESTRELLAS!!!
 
Excelente aporte amigo dulcinista
el ego destruye y a veces termina mal
como esto un vivo ejemplo.

Amo sus historias no deje de enviarme
su links ...estrellas y reputación.

Saludos
 
Ay Dulcinista , qué maravilla de prosa escribes. Es un goce para mis sentidos leerte y ver que hay tanta belleza dentro de tu mente. No hay que engañarse ni tratar de engañar, que la realidad es una y nada más. Besos, estrellas y reputación a tus bellas letras, que son la más de ciertas. Te aprecio Dulcinista o Eladio, te llames como te llames, vales a montones.

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Llorsuema Paquincac, insigne poeta tan poco leído como incomprendido, cargaba a sus espaldas un ego del tamaño del veneno que guardaba en su corazón. Decidió que al carecer su alma del verdadero soplo de la genialidad, revestiría su cuerpo de todas las excentricidades posibles para llamar la atención. Una larga cabellera cubría su vacía cabeza. Innumerables pendientes de abigarrados colores colgaban de sus orejas. Vestía pantalones y camisas de llamativos colores. Para cubrir sus pies siempre elegía un zapato de cada color, cual payaso de circo. Algunos de sus escasos lectores le aplaudían con la convicción de que estaban haciendo una obra de caridad, otros, sin embargo, lo halagaban por el miedo de ser tomados por incultos; y así, gracias a estas mentiras, el ego de nuestro poeta aumentaba y aumentaba, hasta hacerse tan grueso que él mismo llegó a temer que de reventar quedaría su alma impregnada para siempre de un olor nauseabundo e insoportable.
Ahora vemos a nuestro poeta Llorsuema Paquincac sentado a la mesa de un colega de letras llamado Elino, para dar cuenta de una opípara cena. Con ellos, setado a la misma mesa, Eudes, el hijo de Elino, de diez años de edad.
Triste fue la vida del poeta Llorsuema Paquincac, despertado de su sueño por un niño, devuelto a la realidad de golpe.
Se pasó toda la cena declamando poemas de su autoría, como el titulado << caballos sentados en un árbol >> o el que había escrito esa misma tarde << rosa helada en un cielo verde. >> Al terminar el postre, Eudes sintió tal acaloramiento para la cara, que tuvo que abrir la ventana para que entrara aire fresco, aunque su malestar no disminuyó, sino que fue en aumento. De pronto, sintió como un mareo y vomitó sobre el cuerpo de Llorsuema Paquincac una gran rata azul ensangrentada. Nuestro poeta pegó un grito y cayó al suelo de bruces al ver que la rata comenzaba a roerle su mano derecha. En la caída se partió la lengua. El trozo de lengua ensangrentado permaneció en el suelo, bailando cual rabo de lagartija cortado, hasta que la rata se lo comió. Eudes se apresuró a introducir su mano en la boca ensangrentada, y milagrosamente la herida dejó de sangrar.
La proxima vez que venga usted, le cortaré las manos, dijo Eudes. Deberías ser más respetuoso con nuestro invitado. Así no se trata a un gran poeta, comentó su padre. Perdona papá, es que al acercarme a él he notado su olor nauseabundo y me han entrado unas irresistibles ganas de vomitar, informó Eudes.
Desde ese día Llorsuema Paquincac no pudo conciliar el sueño y su vida fue una constante huída hacia la muerte. Buscó en el suicidio la gloria que le habían negado los hombres. Recordó que aclamados literatos eran más conocidoas por las circunstancias de su muerte que por la calidad de su obra. Pero matándose, tampoco alcanzó la gloria, sino el olvido.
Aún era muy joven cuando Eudes se convirtió en un poeta aclamado y citado en todas partes. Sobre todo, le debe su gloria a un maravilloso poema titulado << una rata azul haciendo justicia. >> Cuando le preguntan que quién le había servido de inspiración para escribir tan genial poema, siempre contesta lo mismo: << un pobre hombre que conocí. Un poeta mediocre. Tanta era su mediocridad que se creía un poeta genial. >>

Eladio Parreño Elías

15-Junio-2011
 
Dulcinista
Siempre es un placer visitarte y leerte en las extraordinarias obras que nos presentas
creo, que es una virtud del ser humano -poeta o no - el reconocerse con sus virtudes
y defectos (humildad) eso sin duda nos permite crecer en cualquier ámbito, lamentablemente
hay seres humanos cuyo ego no les permite verse tal cual son.
Gracias por invitarme a leerte, escribes maravillosamente
te dejo mis estrellas sencillas en tu cielo infinito
cariños
Ana
Gracias amiga Cisne por tu comentario. Hay quien se cree superior a los demas tan solo porque escribe de una forma incomprensible. Quien así obra no es poeta ni es nada, tan sólo un tarugo de cabeza cuadrada. Besos para tu alma bella.
 
Así viviría Panincac, alabándose y en las nebulosas, que recitó, recitó, recitó y se tragó el postre entero; la pagó bien caro Dulcinista, no apliques castigos tan severos. ¡Qué ingenio tienes!, eres ¡Maravilloso!. Recibe aplausos, estrellas, besos y abrazos de Dilia.
Gracias mi estimada Dilia. Cada uno tiene el castigo que se merece. Un beso.
 
Hayyyy me parece que alguna vez me he topado con Llorsuema Paquincac...no sé si fué por aquí o en donde, el caso es que una rata azul me hizo subir encima de una mesa, jejeje les tengo pavor!!!
Que brillante relato querido amigo, eres genial...!!!
abrazos cafeteros y estrellas por millares
Alzahara
 
Victor Ríos;3473077 dijo:
¡vaya destino de Llorsuema Paquincac! Como dicen por ahí : "Unos nacen con estrella y otros nacen estrellados", a él le corresponde la segunda parte de esta sentencia. Como siempre amigo Eladio, tu capacidad narrativa se pone de manifiesto en este entretenido relato, es para el disfrute del lector.
Gracias mi estimado Victor. Este Llorsuema Paquincac recogió lo que había sembrado. Un abrazo.
 
Genial es tu relato, desborda imaginación creativa propia de ti.Me aplico la moraleja,aunque en mi defensa y de la mayoría de los que aquí escriben tienen otros oficios, esto que hacemos es por hacer algo y no pretendemos ni, si nos lo proponemos no lo consigiriamos, subir al olimpo.
Como bien apunta Ranula espero tu libro. Seguro que será genial.
Un fraternal abrazo.
castro.
 
Querido amigo Eladio, que maravillosa imaginación tienes para escribir relatos alucinantes y terribles que por añadidura te invitan a recapacitar sobre la estupidez del hombre, magnifico relato que nos deja ese sabor agri mas que dulce y decirnos que la vanidad no conduce mas que al ridiculo, si me deja te reputo y te doy mis estrellas para tu imaginación desbordante. besos de mar
Gracias mi estimada Conxa. Tienes razón, la vanidad sólo conduce al ridículo, sobre todo cuando lo único que se posee es mucha vanidad. Un beso.
 
Buenas noches dulcinista. Una vez más nos deleitas con una narración muy elaborada, muy detallista e impregnada de sutiles imágenes que, quieras que no, dan buena cuenta de tu dominio de la escena dramática y surrealista. Ciertamente me has impresionado con esta historia (como casi siempre), y sin lugar a dudas me he visto desbordado por el ritmo que le imprimes a la narración. Una vez empiezas no te descuelgas de la trama hasta el final. Pocos personajes pero gran variedad de lecturas. Moraleja con soltura e indiscutible puesta en escena. Así que te doy estrellas y si me dejan reputación. Todo un placer leerte :)
Gracias mi estimado Razanobu por tu comentario y tu fidelidad con mis letras. Un abrazo.
 
Dulcinista
Siempre es un placer visitarte y leerte en las extraordinarias obras que nos presentas
creo, que es una virtud del ser humano -poeta o no - el reconocerse con sus virtudes
y defectos (humildad) eso sin duda nos permite crecer en cualquier ámbito, lamentablemente
hay seres humanos cuyo ego no les permite verse tal cual son.
Gracias por invitarme a leerte, escribes maravillosamente
te dejo mis estrellas sencillas en tu cielo infinito
cariños
Ana
Muchas gracias por tu comentario. Un beso.
 
Así viviría Panincac, alabándose y en las nebulosas, que recitó, recitó, recitó y se tragó el postre entero; la pagó bien caro Dulcinista, no apliques castigos tan severos. ¡Qué ingenio tienes!, eres ¡Maravilloso!. Recibe aplausos, estrellas, besos y abrazos de Dilia.
Gracias dilia por tu comentario. El castigo se lo aplicó el mismo siendo tan egocentrico. un beso.
 
Querido poeta, la verdad extrañaba pasear por este mundo que dibujas, un mundo donde las ideas, los sentidos se dibujan a veces con inquietantes imágenes pero siempre con genialidad, me dejas temblando, encantada de leerte, un abrazo y mi admiración!!! y claro ESTRELLAS!!!
Gracias mi estimada poetisa por tu comentario. Inquietar es mi propósito. Un beso.
 

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