Perdona que me encuentres de esta manera. Que aún en desparpajo, no me ponga de pie con tu visita.
¿Sabes? Te esperaba. No puedo decir el porque ni explicarlo de manera audible pero estaba seguro de tu visita.
Creí ser claro en mis anteriores misivas. Tal vez la última, la definitiva, nunca visitó al cajón de correo y por ello no llegó a tus manos. Pero a fin de cuentas, no importa pues el resultado no podría variar hacia ninguna tangente de la imagen que ahora tienes ante ti.
En la desesperanza y falta de cordura se reventó la balanza y se distorsionó la partitura.
Puedo decirte, mi amiga, que encontré la cuadratura del círculo y bebí de los manantiales de la inmortalidad. La alquimia se develó dejando las cartas boca arriba, pero en mi arrogancia fui más lejos de lo que permitían las escrituras y pagué un precio descomunal.
Tanto es así que empecé a perder la vista y el control de mis extremidades se fue de viaje.
Conocedor del resultado ineludible busque postergar y aferrarme a los restos de cordura (cuando llegaba) en tramos, solo en pequeños tramos, fui redactando estas líneas que descansan en mi lecho.
Ya que no puedo tener control de mi resultado, sí puedo conservar la decisión del cómo y el cuando.
Que te bendigan todos los cielos y astros.
Las instrucciónes y cuentas de la incineración están pagadas. Solo avisa para que vengan por lo que queda.
Hasta siempre. Tu amigo, Eduardo.
¿Sabes? Te esperaba. No puedo decir el porque ni explicarlo de manera audible pero estaba seguro de tu visita.
Creí ser claro en mis anteriores misivas. Tal vez la última, la definitiva, nunca visitó al cajón de correo y por ello no llegó a tus manos. Pero a fin de cuentas, no importa pues el resultado no podría variar hacia ninguna tangente de la imagen que ahora tienes ante ti.
En la desesperanza y falta de cordura se reventó la balanza y se distorsionó la partitura.
Puedo decirte, mi amiga, que encontré la cuadratura del círculo y bebí de los manantiales de la inmortalidad. La alquimia se develó dejando las cartas boca arriba, pero en mi arrogancia fui más lejos de lo que permitían las escrituras y pagué un precio descomunal.
Tanto es así que empecé a perder la vista y el control de mis extremidades se fue de viaje.
Conocedor del resultado ineludible busque postergar y aferrarme a los restos de cordura (cuando llegaba) en tramos, solo en pequeños tramos, fui redactando estas líneas que descansan en mi lecho.
Ya que no puedo tener control de mi resultado, sí puedo conservar la decisión del cómo y el cuando.
Que te bendigan todos los cielos y astros.
Las instrucciónes y cuentas de la incineración están pagadas. Solo avisa para que vengan por lo que queda.
Hasta siempre. Tu amigo, Eduardo.
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